La
hidra de Lema
Escribo esto con tal
de protestar, de alzar mi voz hasta el
cielo divino para que hasta el conocedor de todo me escuche: ¡Basta
ya! ¡Detened esta aberración! Algunos descreídos.
se atreven a llamarme “ecologista”.
Qué sabrán ellos, qué ridículo resulta. A mí no me importa cuántos
sean los bosques que ese engreído de Heracles pudiese quemar, ni cuántas flechas debería disparar, ni cuántas tierras dejaría maltrechas al pisotearlas con sus
sucias sandalias. No me importan, en absoluto. Yo sólo defiendo aquello
que aprecio, y eso me implica un enorme sacrificio, ¿o no lo es ocultar a ¡ni querida
amiga en una cueva, próxima a las aguas
que manan de la fuente de Ainimone, danaide bendita por Poseidón?
Ella no es un
monstruo. ¿Merece acaso ser llamado “monstruo” aquél que caza y se alimenta de carne para sobrevivir? ¡Por Hera,
que toda la raza humana habría de ser llamada “monstruosa” si así fuera,, que mata por placer y no por necesidad! ¿Es un engendro aquél
provisto de colmillos y garras para
defenderse, y un devastador hálito para ahuyentar a los que quieran hacerle
daño? ¡Por Apolo, que no es cierto eso!
Como ninfa de los bosques observo día a
día meticulosamente, y no es cierto.
Ella no es un
monstruo, la gente sólo se asusta de lo
que ve, de todas esas escamas que cubren su enorme cuerpo, que se
sostiene orgulloso sobre sus dos garras
afiladas. Su cuello es largo, como de cisne escamado, surcado por la cresta más perfecta, que la convierte en la reina de las serpientes. Su cuerpo brilla al sol del pantano y bajo el agua
del mar cercano, al que sabe que tiene prohibido ir por su propia
seguridad. Sus escamas empapadas de agua dulce dejan escapar destellos
hechizadores. Sus sonrisas están llenas de colmillos. Sus dos refulgentes ojos
negros muestran curiosidad e incomprensión, pues también ella debe preguntarse
acerca de por qué es temida o de por qué debe ser eliminada.
No podía ser de otra manera; la madre Hera, que la crió, dice a menudo que su destino es acabar con Heracles. ¿Pero qué hizo ella, madre de níveos brazos, para ser tenida por cruel, para ser tratada como un ser vil y despiadado que no es? Sé que ella no es así, es de otra manera.
Cada día voy a verla, la visito siempre al caer del sol, cuando sabe que puede salir de su escondite sin problemas y la veo refrescarse en las aguas de la fuente de la danaide Amimone. Mi presencia le agrada, como si viera en mí el último resquicio de comprensión de los hombres, que es capaz de ir más allá y de contemplar el pozo de emociones de sus ojos. La magnífica hidra, la hidra de Lerna.
Todavía no he encontrado para ella un nombre que le convenga; no es un tema para tomarlo a la ligera. Cuando me dirijo a ella pocas veces empleo un nombre, y si lo hago tan sólo la llamo “amiga”. Ella es mi amiga. Me escucha, me comprende, o eso quiero pensar, pues a pesar de ser muy superior a sus parientes lejanos, los reptiles, no deja de ser una criatura sin capacidad de hablar, pero estoy convencida de que comprende lo que digo. Y es eso lo que más temo.
Cada día me asusta más la idea de que Heracles está cada vez más cerca, dispuesto a matarla, pues debe cumplir con sus doce dichosos trabajos. Me desanima pensarlo cuando me acerco a ella siempre por detrás, pero no por la cola, para que me reconozca y no me ataque. Es algo parecido a una contraseña, una señal entre las dos. Al acariciar sus suaves escamas pienso: “¿y qué tiene ella que ver con los doce trabajos?” es terrible pensar que los “monstruos del mundo conocido”, como la gente se permite llamarlos, desaparecen día a día a manos de engreídos y orgullosos deseosos de alcanzar la fama y la inmortalidad en los poemas épicos a costa de sus pobres vidas. Son maravillas, no horrores que merezcan ser exterminados por completo. ¿Cuándo lo van a entender, si
cada vez
que lo digo se tapan los oídos o me rechazan con amenazas, insultos y cosas
peores que esas?
A veces creo sentir las
lágrimas de la hidra al beber como si ella también supiese lo que le espera. Hera tuvo que escogerla a ella, ¿por qué? ¿Por qué una vida
por un capricho? Sus escamas se secarán con el tiempo y su nombre morirá entre
los años, quedará olvidado en el tiempo, a pesar de las lágrimas que yo
derramaré y de los esfuerzos que haré por hacer perdurar su historia. Pero ella
se defenderá, plantará cara a su adversario con el honor que ostenta su
especie. Pero es única, jamás habrá ninguna como ella y por eso tiemblo al
pensar que puede morir. El mundo se libraría de un “monstruo”, a pesar de que
odie usar este término, pero yo perderé una amiga. Me arrebatarán a un ser muy
querido, pero, a fm de cuentas, a quién puede
importarle.
Hago un llamamiento a la
cordura, ¡debe detenerse esta locura! ¡Los monstruos nunca hicieron daño a
nadie! Tratan de defenderse con lo que se les ha dado de los constantes ataques
que sufren, de los cuales ninguno entienden; es sólo eso. La hidra jamás me
tocó el más mínimo centímetro de piel con sus garras y colmillos, jamás me
hirió. Ella no es un monstruo. Te odio, Heracles, porque es tu destino matarla
y no me importa que no tengas otro remedio. Y te maldigo, Hera,
por haberla criado para tus propios fines, ignorando lo que fuese mejor, diosa
caprichosa.
Ya comienza a amanecer... el
sol está precioso esta mañana, ojalá pudieras verlo,
amiga mía. Pero tendrá que ser esta noche, lo sabes. No te aflijas, permaneceré
a tu lado esta noche. Ahora sólo duerme, mi querida hidra; duerme.
Una defensora de las
fantásticas criaturas del mundo conocido