Pseudolus / Trapisondista

Estrenada el 191 a. C.

La acción de esta comedia se desarrolla en Atenas. Comedia estrenada el año 191 a.C.

Pséudolo (Trapisondista'), esclavo de Simón, adjudicado a Calidoro, hijo de éste, quiere ayudar a su joven amo, enamorado de Fenicia, muchacha que el alcahuete Balión ha prometido vender, por 20 minas, al soldado Polimaqueroplágides.

Calidoro necesita veinte minas para adelantarse a rescatar a su amada, cuya situación expone ésta a Calidoro, en una carta que lee Pséudolo: "El rufián me ha vendido en veinte minas a un militar de Macedonia y va a enviarme al extranjero... Antes de partir de aquí, el militar ha pagado de anticipo 15 minas; no quedan más que cinco por pagar; sólo estas cinco minas me retienen aquí. También el militar ha dejado aquí una señal de reconocimiento, la impronta sobre cera de su retrato grabado sobre su anillo, para que el rufián me entregue a quien traiga de su parte una contraseña semejante. El día de la entrega se ha fijado en las próximas Dionisias... Ahora te pondré a prueba; sabré si me amas o sólo lo simulas".

Calidoro queda anonadado y, en su desesperación, piensa en el suicidio. Pero Pséudolo le promete su ayuda: "Si no puedo engañar a otro, engañaré a tu propio padre".

El rufián, llamado Balión, muestra, látigo en mano, su brutalidad con los esclavos y cortesanas que tiene en su poder. Al oirle hablar, Pséudolo arde en deseos de eliminar a semejante indeseable. Dice que va a enviar un"regalo" al rufián, por ser el cumpleaños de éste.

A pesar del odio que sienten hacia Balión, Pséudolo y Calidoro intentan conseguir de él que les venda a crédito a la bella esclava o que, al menos, espere unos días antes de venderla a otro. Así se lo propone Pséudolo: "Calidoro pagará... Espera sólo algunos días. Porque teme que tú la vendas a causa de sus diferencias contigo".

El rufián contesta que no sólo no espera, sino que incluso la ha vendido ya. Calidoro y Pséudolo colman de insultos al rufián, que los escucha con una calma cínica. Más aún, movido por cierta admiración hacia unas personas que poseen tan rico tesoro de improperios, les promete con ironía: "A pesar de todas las injurias que me habéis lanzado, si el militar no me ha traído las cinco minas que me debe, hoy, último día fijado para la entrega,... pienso que puedo ejercer mi oficio... Si tú me traes el dinero, romperé mi trato con él".

Pséudolo entra en acción: "Como el poeta, cuando toma sus tablillas, busca lo que no existe en ninguna parte del mundo y lo encuentra sin embargo, dando una apariencia de verdad a lo que es mentira, yo también seré poeta: acabaré por encontrar las 20 minas, que hasta ahora en ninguna parte del mundo existen..."

En primer lugar intenta sacárselas al padre de Calidoro; encuentra al viejo, cuando éste vuelve del foro con su amigo Califón. Está muy furioso, porque su hijo pretende rescatar a su amante. Califón trata de calmar su ira, recordándole sus correrías de joven. Ambos viejos intentan sonsacar a Pséudolo si es cierto que pretende birlar a Simón las 20 minas necesarias para el rescate. Pséudolo reconoce que está dispuesto a ello. Simón le dice que va a dar orden a todo el mundo para que no se le preste ni un denario.

Pséudolo asegura que el propio Simón le dará las 20 minas para premiarle por el éxito de sus intrigas; dice a Simón:
"Eres tú... quien me darás el dinero; de ti lo cogeré... procura recordarlo... Me darás hoy el dinero... Antes de librar un combate contra ti, entablaré... otro glorioso y memorable... contra el rufián, tu vecino; por mis intrigas... la flautista de la que está... enamorado tu hijo... se la birlaré al rufián de modo divertido... Habré acabado ambas tareas esta misma tarde".

Simón promete a Pséudolo;: "Si verdaderamente llevas a cabo estas operaciones... habrás sobrepasado en valentía al rey Agatocles. Pero si fracasas, ¿no tengo derecho a encerrarte en el campo, en el molino?".

Pséudolo replica: "Para todos los días que me quedan de vida. Pero, si triunfo, ¿no me darás el dinero para pagar al rufián, inmediatamente y de grado?"

Califón garantiza el pago: "Si le veo negarse a darte el dinero,... yo mismo te daré esa suma".

El azar favorece el plan de Pséudolo, ya que éste se topa en su camino con Hárpax, el enviado del militar que ha comprado a Fenicia. Trae una carta de su amo, que le autoriza a hacerse cargo de la joven, tras pagar a Balión las cinco minas que quedaban por pagar. Hárpax comenta: "Aquí vive el lenón a quien (mi amo) me ha encargado llevarle este sello y este dine­ro. (A Pséudolo) ¿Eres tú Bailón?"

Pséudolo contesta: "No, pero soy su... despensero, el administrador de los víveres... Soy quien da órdenes al intendente... ¿Vienes, sí o no, de parte de ese militar de Macedonia? ¿No eres tú el esclavo de ese militar que nos ha comprado una mujer y que había dado quince minas a cuenta al lenón, mi amo? ¿Y que debe aún cinco?... He adivinado... que venías de su parte; porque, además, en el momento de su partida, se fijó el día de hoy como último plazo del pago y aún no se ha pagado... Si estuviera aquí mi amo, yo lo llamaría; pero, si tú quieres darme el dinero, tu pago estará más seguro que si se lo hubieras hecho en propias manos".

Hárpax entrega a Pséudolo la carta de presentación, pero no las cinco minas. Pséudolo explica a Calidoro: "Acabo de interceptar esta carta, con el sello de reconocimiento... que el militar ha enviado..."

Carino, joven amigo de Calidoro, le presta las cinco minas precisas y a un esclavo suyo, que se hará pasar por Hárpax. Pséudolo explica su plan: "Una vez que yo haya disfrazado a nuestro hombre, quiero convertirlo en el esclavo supuesto del militar. Llevará al rufián este sello con las cinco minas y se llevará a la mujer..."

Balión está en guardia: "Mi vecino, el padre de Calidoro,... me ha recomendado... ponerme en guardia contra su esclavo Pséudolo y desconfiar de él; porque éste procurará robarme a Fenicia. Simón me ha dicho que Pséudolo se había obligado en serio a encontrar una combi­nación para llevársela de mi casa... Ordenaré a mis gentes que no escuchen a Pséudolo, diga lo que diga".

A pesar de estar alerta, Balión cae en la trampa y entrega la joven a Simia, el falso mensajero. Tras haber entregado a Fenicia, Balión, satisfecho por lo que considera un éxito, pretende reírse de Pséudolo y dice a Simón: "No tienes nada que temer... conservas sanas y salvas las 20 minas que has apostado hoy con Pséudolo... Pídeme 20 minas, si consigue hoy apoderarse de la mujer y se la da a tu hijo, como ha prometido... Porque no me quitará jamás a la joven; es imposible;... ¿Te acuerdas de que yo te he dicho... que la había vendido a un militar de Macedonia?... Su esclavo acaba de traerme el dinero, con el sello, en señal de reconocimiento... como había sido convenido entre el militar y yo. El esclavo acaba de llevarse a la joven hace sólo un momento... La joven está ya fuera de la ciudad, en el camino de Sicione, con el que ha venido a buscarla".

Se presenta Hárpax, el auténtico mensajero del militar, entrega a Balión la bolsa con las cinco minas y le dice:
"Toma; dentro hay cinco buenas minas de plata bien contadas, suma que me ha encargado que te entregue mi amo... para pagar su deuda y para que me entregues a Fenicia... Pero apresúrate, porque tengo prisa..."

Balión lo toma por Pséudolo. Simón le anima a divertirse a costa de él. Hárpax insiste en su reclamación: "Yo te he pagado el dinero a ti mismo... He entregado a tu esclavo la contraseña acordada, la carta sellada con el retrato de mi amo... Soy yo quien se llama Hárpax; soy yo el esclavo del militar de Macedonia..."

Simón y el rufián tienen que reconocer que ambos han sido engañados. Balión pretende que su apuesta con Simón era en broma. Simón no está de acuerdo y exige sus 20 minas. A su vez, Hárpax exige al rufián la devolución de otras veinte. Simón se apresta a pagar a Pséudolo la cantidad apostada: "Voy a buscar en mi casa las 20 minas prometidas a Pséudolo en caso de éxito. Se las ofreceré, sin esperar a que me las pida... Pséudolo se ha mostrado más ingenioso que Ulises".

Balión debe restituir las 20 minas al militar y pierde las otras 20 que ha apostado con Simón.

Aparece en escena Pséudolo, borracho, tambaleándose y con una corona de flores en su cabeza. Simón le entrega las 20 minas apostadas. Para consolar a Simón, Pséudolo le invita a beber con él y, en un ataque de generosidad, le dice: "Si vienes, tendrás la mitad de esto (le muestra la bolsa) o incluso más... ¿Estás aún enfadado conmigo?"

Simón le asegura que no lo está.

* * *

Según Cicerón, esta comedia era una de las preferidas por Plauto. En ella se repite el tema del joven enamorado y sin dinero para liberar de un rufián a su amada, que corre el riesgo de caer en manos de un rival más adinerado.

Se repite también el personaje del servus callidus, audaz y leal a su amo, al que procura los medios para rescatar al objeto de sus amores. Este tipo de criado servicial y taimado aparece en casi todas las comedias plautinas.

Fue Eurípides el primero que dio un papel importante a este personaje teatral, presentándolo como antítesis de lo trágico. La comedia latina desarrolló, junto a un tipo de criado torpe, el del servus callidus, "astuto", o fallax, "engañador, embaucador", que conduce la intriga, ayudando al amo joven en sus amoríos y sacándole al padre tacaño el dinero que el hijo necesita para financiarlos. Su curiosidad, locuacidad, pereza y glotonería son ampliamente compensadas por su inventiva y fidelidad al amo.

Varias obras de Plauto (Curculio, Epídicus, Pseudolus y Stichus) tienen como título el nombre del esclavo que en ellas interviene. Epídicus muestra su habilidad al actuar ante su señor y el hijo de éste, complaciendo a ambos, ya que, al final, presenta al viejo la hija que éste había perdido y al joven a su amante. Pseudolus engaña no sólo al rufián que ha vendido a la amante de su amo a un soldado, sino también al padre tacaño, que no ha querido dar al hijo el dinero necesario para rescatar a su amada.

En Rudens, el esclavo Trachilio descubre el rapto de la amada de su señor, moviliza a los vecinos y reúne de nuevo a los dos amantes y, además, al padre y a la hija. En pago, es manumitido. No menos importante es la misión que desempeña Palaestrio en el Miles Gloriosas y Tyndarus en Captivi.

También en Terencio vemos al esclavo ingenioso que conduce y resuelve la intriga. En Andria, Davus ayuda a su señor a conseguir a la joven de la que está enamorado y a evitar un matrimonio amañado por su padre. En Heautontimoroumenos, Syro logra que su joven señor y un amigo de éste consigan, a pesar de la oposi­ción paterna, a sus respectivas amadas.

En La Celestina, Sempronio, el criado de Calixto, se burla del apasionado amor de su señor y le aconseja que acepte los servicios de la alcahueta que da título a la obra. Sancho Panza, en el Quijote, sirve de contrapunto sensato de su insensato señor. El Scapin de Moliere (Las trapisondas de Scapin, 1671) sigue la misma línea de sus predecesores de Plauto. En la novela Gil Blas, de Lesage (1715-35), Gil domina como criado las debilidades de su señor. En la novela Robinson Crusoe (1719), el nativo Viernes, salvado de ser devorado por unos caníbales, se convier­te en el más fiel criado de su salvador.

Las apariciones de criados de este tipo son constantes en la literatura universal. Citaremos, a titulo de ejemplo, a Passepartout (La vuelta al mundo en 80 días, de J. Verne), a Ciutti (Dn. Juan Tenorio, de Zorrilla) y al astuto Crispín (Los intereses creados, de J. Benavente, 1907).