Νεφέλαι / Las nubes

Estrenada el 423 a. C. Comedia que sólo consiguió el tercer premio en las Dionisias urbanas del año 423 a.C. La segunda versión, no representada, pero que se ha conservado, fue compuesta entre los años 420 y 417. Quedó inacabada. Como en Las Aves, Aristófanes se mueve en un mundo fantástico, simbolizado por las nubes.

Al comienzo de la obra, un humilde campesino, Estrepsíades, un pobre diablo casado con una mujer que presume de rango, expone su precaria situación: "Hace algún tiempo que he oído el canto del gallo... ¡Pobre de mí! No puedo conciliar el sueño...: me reconcomen... los gastos, la cuadra, las deudas, por culpa de este hijo mío. Él, con su frondosa melena, monta a caballo, guía su carro, sueña con caballos. Yo, en cambio, me veo morir, al ver como se va acercando el fatídico día veinte, por­que los intereses no paran de subir y subir... Ya me han condenado varias veces a pagar y otros acreedores amenazan con tomar garantías sobre los intereses... Yo me pegaba la vida padre en el campo,... pero me casé..., yo, un campesino, con una señoritinga de la ciudad, habituada al lujo... Cuando acababa de nacernos este hijo que aquí veis, el nombre que íbamos a ponerle provocó una trifulca conyugal entre mi distinguida esposa y un servidor. Ella quería ponerle un nombre en el que entrara un caballo, como Jantipo, Jaripo o Calípides... Por fin acordamos llamarle Fidípides... Ahora, tras no haber pegado ojo en toda la noche, he dado con la única solución, una salida maravillosa... Si la sigo, estoy salvado..."

Despierta a su hijo Fidípides y le dice: "¿Ves esta puerta y esta casita?... Es la escuela de las mentes geniales, el Pensadero... Dentro viven unos hombres que..., si se les paga dinero por ello, enseñan a triunfar con la palabra en todos los pleitos, sean justos o injustos".

Fidípides contesta: "¿Te refieres a esos charlatanes, a esos rostros-pálidos, a esos pies-desnudos, de los que forman parte ese desdichado de Sócrates y Querofonte?"

Su padre le pide que vaya a estudiar al Pensadero, para aprender los trucos con que se vence en los pleitos más difíciles e injustos: "No digas niñerías. Si te preocuparas lo más mínimo de que tu padre tenga pan que llevarse a la boca, te convertirías en uno de ellos y mandarías a paseo a tus caba­llos... Por favor,... Vete y déjate enseñar... Se dice que se encuentran entre ellos los dos razonamientos, el bueno... y el malo... El malo, según dicen, es capaz de triunfar en las causas injustas... Si tú me hicieras el favor de aprenderte este razonamiento, es decir, el injusto, yo no pagaría a nadie, ni siquiera un óbolo, de todas las deudas que llevo contraídas por culpa tuya..."

Como su hijo se niega a complacerle, el viejo decide ponerse a estudiar él mismo: "Dirigiré mis pasos hacia el Pensadero para que me instruyan a mí".

Llama a la puerta y acude a recibirlo uno de los discípulos de Sócrates, que le explica que el maestro investiga sobre cuántos pies es capaz de saltar una pulga, si los mosquitos zumban por la boca o por el trasero, las trayectorias de la luna y sus revoluciones...

Asombrado ante semejantes maravillas, Estrepsíades ansia ser alumno de Sócrates y entra en el Pensadero, en donde otros discípulos "investigan las cosas que se encuentran bajo tierra... Sondean las profundidades del Erebo, bajo el Tártaro."

Contempla algunos extraños aparatos y pregunta para qué sirven. El discípulo contesta: "Ésta es la astronomía...; la geometría, para medir la tierra... entera; un mapa de toda la tierra..."

Estrepsíades pregunta qué hace un hombre subido al tejado. Sócrates, el aludido, contesta: "Yo camino por los aires y contemplo el sol... Jamás habría podido yo analizar con precisión los fenómenos celestes, si no hubiera puesto en suspensión mi mente y mezclar mi sutil pensamiento con el aire, que tiene una similar naturaleza..."

Estrepsíades pide a Sócrates: "Yo quiero aprender a hablar... Pero enséñame uno de tus dos razonamientos, el que sirve para no restituir nada de lo debido. Juro por los dioses que te pagaré los honorarios que me exijas".

Sócrates responde: "¡Qué es eso de jurar por los dioses!... Los dioses no son moneda de curso legal entre nosotros".

Después invoca a las Nubes. Acude el coro de Nubes, que, según Sócrates: "Son grandes diosas para todos aquellos que están liberados del trabajo; ellas nos dispensan la inteligencia, la dialéctica, el entendimiento, la imaginación, la elocuencia, el arte del ataque y del contraataque... ¿No sabías tú que ellas fueran diosas? ¿No creías en ellas?... Ellas son las únicas divinidades. Todo lo demás es puro came­lo... El propio Zeus ni siquiera existe... A partir de ahora, ¿no debes reconocer más dioses que los nuestros: el Vacío que nos rodea, las Nubes y la Lengua; sólo estos tres?"

Estrepsíades dirige su súplica a las Nubes: "¡Oh señoras mías! Os pido un favor pequéñito: haced que yo aventaje, en cien estadios, a todos los helenos en elocuencia... Lo que yo quiero especialmente es poner de mi parte a la justicia y escapar de las manos de mis acreedores".

Sócrates sale del Pensadero y, refiriéndose a Estrepsíades, exclama: "Jamás he visto un hombre tan bruto, tan inepto,... tan olvidadizo... A pesar de todo, voy a llamarle aquí fuera, a la luz del día".

Tras un prolijo diálogo con Estrepsíades, Sócrates lo expulsa de su Pensadero. El corifeo le habla así: "Nosotros te aconsejamos, anciano, que, si tienes algún hijo ya crecido, lo envíes a aprender en tu lugar".

Siguiendo el consejo del corifeo, Estrepsíades propone de nuevo a su hijo que acuda a instruirse al Pensadero. El hijo protesta, pero su padre consigue convencerlo: "Modera tu lengua y no hables mal de unos hombres tan hábiles y sensatos, tan ahorrativos, que ninguno de ellos ha visitado jamás una barbería, ni se ha dado friegas con aceite, ni ha ido a los baños a bañarse. Tú, por el contrario,... con tanto baño, me limpias la hacienda. Así que vete cuanto antes y aprende en mi lugar..., (acercándose al Pensadero) Sócrates,... aquí te traigo a mi hijo, a quien he persuadido, a pesar suyo... Instruyemelo. Es un chico avispado por naturaleza... Trata tú de que aprenda los dos razonamientos: el bueno, sea el que sea, y el malo, es decir, el que, al defender una causa injusta, vence al bueno. Si no aprende los dos, que aprenda, al menos, el injusto".

Sócrates deja a padre e hijo entre dos entes abstractos, el Discurso Bueno y el Discurso Malo, para que Fidípides elija entre los dos tipos de educación, la tradicional y la nueva.

El corifeo invita al Discurso Bueno a exponer su naturaleza:
"Vamos, tú que coronaste a los antiguos con tantas costumbres decentes, haznos oir la voz que te alegra el ánimo y dinos cuál es tu naturaleza".

El Discurso Bueno explica cómo era la educación tradicional:
"Explicaré, pues, en qué consistía la antigua educación, cuando yo florecía profesando la justicia y la templanza ocupaba el puesto de honor... Para empezar, un niño no se tomaba la libertad de pronunciar una sola palabra. Se veía a los muchachos del mismo barrio caminar todos juntos, sin manto y en apretadas filas, por la calle, en buen orden, aunque cayeran copos de nieve copiosos como harina, a casa del maestro de música... Con estas antiguallas, gracias a mi sistema educativo, se forjaron los combatientes de Maratón... Por ello, muchacho, escógeme a mí con toda confianza... Aprenderás a detestar el Agora..., a avergonzarte de lo que es vergonzoso..., a levantarte de tu asiento y a ceder el sitio a las personas mayores, a no portarte mal con tus padres y a no cometer acciones reprobables... Pasarás tu tiempo en los gimnasios; tu aspecto será espléndido, fresco como una flor, en lugar de estar parloteando en el Agora sobre temas espinosos y diciendo naderías sin pies ni cabeza, como se hace hoy en día,... Si haces lo que te digo y te aplicas a ello con entusiasmo, tendrás siempre un pecho robusto, color saludable, anchas espaldas y lengua corta..."

El Discurso Malo replica al Discurso Bueno: "En primer lugar, dice el razonamiento justo, no podrás bañarte en agua caliente... ¿En virtud de qué principios censuras tú los baños calientes?... ¿Dónde has visto tú 'baños de Heracles' fríos? Y sin embargo, ¿quién ha existido más varonil que Heracles?... Censuras también el pasar el tiempo en el Agora; yo, en cambio, lo apruebo. Si fuera algo malo, jamás Homero habría hecho de Néstor un orador... Paso ahora a hablar de la lengua: según éste, los jóvenes no deben ejercitarla; yo afirmo lo contrario. Dice también que deben ser recatados. Ambas cosas son dos males muy grandes. Porque, ¿dónde has visto que el recato sea un bien para nadie?... Hipérbole, el mercader de lámparas, ha amasado con sus negocios una gran fortuna..."

Vence el Discurso Malo. Estrepsíades muestra su contento y le confía la educa­ción de su hijo: "Instruyelo, castígalo y acuérdate de afilármelo bien".

El Discurso Malo acepta el encargo: "Descuida. Te lo devolveré hecho un sofista primoroso".

Estrepsíades se muestra optimista ante la perspectiva de librarse de sus acreedores. Así se lo asegura Sócrates: "Podrás escaquearte de cuantos juicios te venga en gana".

Acabado el aprendizaje de su hijo, Estrepsíades acude al Pensadero a recogerlo y, gracias a la ciencia jurídica adquirida por éste, se libera sucesivamente de dos acreedores.

El Coro comenta: "Nuestro viejo pretende escamotear a sus acreedores el dinero que éstos le prestaron. No puede menos de sucederle hoy algún percance, que haga que este sofista, en castigo de las maldades que está tramando, sufra muy pronto un serio disgusto".

En efecto, discute con su hijo sobre poesía y éste le golpea.Así lo cuenta al corifeo: "Voy a contarte por qué comenzamos a reñir. Estábamos ambos celebrando un banquete... Primero le dije que tomara la lira y entonase una canción de Simónides... Inmediatamente él pretendió que eso de tocar la lira y cantar mientras se bebe... era una antigualla... Después le invité... a recitarme algo de Esquilo. Y le faltó tiempo para decirme: 'Esquilo para mí, es el más excelso de los poetas... por estar lleno de ruidos, por ser incoherente, altisonante y creador de palabras abruptas como riscos'. Y entonces, ¡imaginaos cómo se puso a galopar mi corazón! Sin embargo, tragándome mi cólera, le digo: 'recítame al menos algún poema de esos modernos, alguno de esos pasajes tan ingeniosos que tú conoces'. Y él, al instante, va y me recita una larga ristra de versos de Eurípides... Esta vez sí que ya no pude contenerme y le aplasté con una lluvia de insultos y de ultrajes... Entonces él saltó sobre mí y se puso a golpearme,..."

Fidípedes trata de justificar su conducta para con su padre:
"Con razón... Creo que podré demostrar que es justo castigar al propio padre... ¿Es que tú no me pegabas, cuando yo era niño?"

Estrepsíades objeta: "Claro, con buena intención y por tu bien"

Fidípides prosigue su argumentación: "Dime, pues, ¿no es justo que yo, a mi vez, muestre por tí un interés semejante y te pegue...? Tú me dirás que es costumbre que un niño sea tratado así. Pero yo podría responderte que los viejos son dos veces niños. Y es más natural que sean los vie­jos y no los jóvenes los que lloren, dado que sus equivocaciones son menos excusables".

Estrepsíades protesta: "Pero en ningún lugar dictan las leyes que el padre pase por este trance".

Su hijo sigue su razonamiento: "¿Acaso no era un hombre el primero que estableció esta ley, un hombre como tú y como yo...? ¿Me será, pues, menos permitido a mí establecer para el futuro una nueva ley, en virtud de la cual los hijos podrán zurrar a su vez a sus padres".

Estrepsíades se declara convencido por los argumentos de su hijo, el cual insiste: "Voy a pegar a mi madre, como te he pegado a tí... Quédate ahí divagando contigo mismo y diciendo bobadas..."

Estrepsíades reconoce su equivocación: "¡Qué loco estaba yo, cuando renegaba de los dioses, por culpa de Sócrates! (Dirigiéndose a la estatua de Mermes) Me das un buen consejo, al decirme que me deje de pleitos y prenda fuego, lo antes posible, a la casa de esos charlatanes".

Después coge una antorcha y prende fuego al Pensadero, de donde huyen despavoridos, entre la humareda, Sócrates y sus discípulos, perseguidos por Estrepsíades y Jantias, su esclavo.

* * *

En esta comedia, muy popular en la antigüedad, se ridiculiza la investigación científica, que trataba de encontrar una explicación racional a hechos considerados tradicionalmente como sobrenaturales.

Se presenta a Sócrates con su nombre y rasgos físicos característicos, pero caricaturizado como un hombre chiflado, entregado a experimentos absurdos en el campo de la astronomía, geografía, entomología y otras ciencias, algo que conducía a la pérdida de la fe en los dioses tradicionales y a aceptar la existencia de algunas divinidades que él se ha inventado, como las Nubes. La imagen de Sócrates aparece distorsionada, al ser presentado como uno de los sofistas, cuando, en realidad era contrario a la práctica de las nuevas técnicas retóricas, así como a enseñar por dinero. Su amor a la verdad y a la justicia pugnaba con la afición a las investigaciones científicas que en esta comedia se le atribuye. Aristófanes ignora lo que representaba Sócrates en el mundo complejo de las nuevas ideas propugnadas por los sofistas, de los que equivocadamente lo considera prototipo, asignándole todas las peculiaridades y miras interesadas de éstos. Se limitó a elegir al representante más popular de la cultura ateniense de su época, para hacerle objeto de sus bur­las y provocar la risa del público.

Aristófanes critica también las nuevas técnicas dialécticas de la oratoria forense y política propagadas por sofistas como Protágoras y Gorgias. El racionalismo y las nuevas formas de persuasión, base de los "modernos" métodos educativos, con­trastaban con la educación tradicional, en la que la música, la poesía y la gimnasia constituían lo que ahora se denominan "asignaturas troncales".

Estrepsíades, campesino pragmático e incapaz de asimilar un pensamiento abstracto, sometido a una iniciación que parodia los ritos propios de los cultos mistéricos, seguida de una invocación a las Nubes, deidades de los sofistas, reniega de los dioses y, al final, es expulsado del Pensadero.

En esta comedia no está presente el héroe cómico ingenioso, que con sus propios medios resuelve el problema planteado. Tampoco aparece la fiesta final para celebrar su triunfo sobre el antihéroe, ya que éste no existe. El protagonista carece de ingenio; es un tipo vulgar y necio, cuyas intenciones son inmorales, ya que sólo trata de burlar a sus acreedores y sólo se arrepiente, al comprobar que su hijo pretende demostrarle lo bueno y razonable que resulta pegar no sólo al padre, sino también a la madre y al ver que las Nubes le explican que está siendo justamente castigado por planear malas acciones. Comprende al fin lo razonable de la antigua educación. Este final moralizante constituye un precedente que anuncia la Comedia Nueva.

El Coro no es aliado del protagonista, sino que, como se ve al final, trata de castigarlo por su egoísmo y estupidez.

El núcleo de la obra lo constituye el agón entre el Discurso Bueno y el Discurso Malo, es decir, entre el concepto educativo tradicional, que había forjado el temple de los héroes de Maratón y el nuevo sistema racionalista y escéptico, que predica­ba el oportunismo y la victoria dialéctica a cualquier precio, promoviendo un individualismo egoísta y unas ansias de conquistar sin esfuerzo la riqueza y el poder. La disputa entre ambos discursos es una auténtica parodia de un diálogo socrático.