Ἀχαρνεῖς / Los acarnienses

Estrenada el 425 a. C.

Comedia representada en las fiestas Leneas, el año 425 a.C. Con ella consiguió Aristófanes el primer premio en los certámenes de Atenas, antes de cumplir sus 20 años. El año anterior había provocado un gran escándalo con su comedia Los Babilonios, en la que atacaba a Cleón, que procesó al poeta.

En esta obra ataca ahora al general Lámaco, lider del partido belicista, vencedor en las elecciones del año anterior.

Su rival, el héroe cómico Diceópolis ("EI que hace justa la ciudad"), un campesino del Ática, harto de privaciones e indignado por los manejos de políticos y belicistas, declara en un monólogo: "Y yo, como siempre, llego el primero a la Asamblea, tomo asiento; después, como estoy solo, gimo, bostezo, me estiro,... no sé qué hacer,... sólo deseo la paz, estoy harto de vivir en la ciudad, añoro mi aldea... He venido esta vez dispuesto a gritar, a interrumpir, a proferir improperios contra todo orador que hable de otra cosa que no sea la paz".

Se expone a continuación el informe de una embajada bufa enviada al rey persa por los atenienses y el envío de otra embajada a Sitalces, rey de Tracia.

Diceópolis aprovecha la presencia de un tal Anfiteo, que se cree elegido por los dioses para hacer la paz con Esparta y le pide: "Concluye tú una tregua con los lacedemonios para mí solo, para mis hijos y para mi querida parienta".

Mientras tanto, en la Pnix, lugar donde se celebran las asambleas públicas, siguen debatiéndose temas absurdos.

Vuelve de Esparta Anfiteo y dice a Diceópolis: "Yo venía aquí a traerte una tregua a toda prisa; pero se lo han olido unos ancianos, unos verdaderos acarnienses, de corazón duro como la encina,... combatientes de Maratón,... todos se pusieron a gritarme: 'maldito, ¿eres portador de una tregua, mientras mis viñedos están aún talados?' Y recogían piedras en sus mantos. Y yo, venga huir y ellos, venga perseguirme lanzando gritos".

Después ofrece a Diceópolis varias propuestas de tratados, simbolizados en otros tantos jarros de vino. Uno de ellos significa una paz por 30 años por tierra y mar. Es la paz que Diceópolis acepta encantado: "La confirmo con una libación... Mando a paseo... a los acarnienses. Y yo, libre de guerras y de desgracias, me voy a casa a celebrar las Dionisias del campo".

El Coro, compuesto de viejos carboneros de Acama, demo del Ática, envidiosos de la suerte de Diceópolis, muy castigados por las incursiones de los espartanos y refugiados en Atenas, se opone a la paz en estos términos: "Presentadme denuncia, si alguien sabe dónde piensa ir el portador de la paz... Persigámoslo; no permitamos que se ría de nosotros, con lo viejos que somos, por haber escapado de los acarnienses... Ha concluido la paz con nuestros odiosos enemigos, contra los que crece sin cesar mi ardor guerrero, mi hostilidad, por haberme arrasado los campos".

Sale de casa de Diceópolis la procesión de las Dionisias campestres. Diceópolis canta: "He concluido una tregua para mí solo; me he librado de los sinsabores, de los com­bates y de los Lámacos".

El Coro de carboneros ataca a los que participan en la procesión, que huyen asustados. Sólo Diceópolis, dispuesto a convencer dialécticamente a los acarnienses, recurre a la oratoria. Ahora bien, necesita presentarse ante ellos con el atuen­do adecuado. Para conseguirlo recurre al poeta Eurípides, a quien pide los harapos puestos de moda entre los personajes más andrajosos de sus tragedias: "Te lo ruego... dame algún pequeño harapo de tu viejo drama. Debo dirigir al coro una larga perorata; me juego la vida, si me sale mal... Dame, te lo suplico, los trapajos de Télefo".

Eurípides accede a su petición: 'Te los daré, porque tu ingenio es sutil y tus ideas son agudas".

Para conmover a su auditorio, Diceópolis pide de nuevo a Eurípides otros elementos de sus tragedias. Después comienza así su discurso: "Yo odio de todo corazón a los lacedemonios... pues a mí también me han talado los viñedos..."

A continuación va enumerando las causas de poca monta que sirvieron de pretexto para emprender la guerra: "Desde ese momento, el olímpico Perícles se puso a lanzar rayos, a tronar, a alborotar a Grecia, a promulgar leyes... Desde entonces resuena el entrechocar de los escudos..."

Entre chistes y bufonadas expone una serie de verdades: la guerra arruina al pueblo, engañado por los demagogos y soldados profesionales, que sólo sirven a sus propios intereses.

En el Coro se produce una división de opiniones. Llega el general belicista Lámaco y dice a Diceópolis: "Yo pretendo hacer siempre la guerra a los peloponesios, quiero ponerlos en aprieto por doquier con mis naves, con mi infantería, con todo mi poderío".

A lo que replica Diceópolis: "Y yo,... invito a todos los peloponesios, a los megarenses y a los beocios a que comercien... conmigo, pero no con Lámaco".

Conseguida la aprobación de los acarnienses y satisfecho de haber conseguido su paz, que le permitirá vivir en la opulencia en medio del hambre y la miseria de la guerra, establece en Atenas un mercado en exclusiva, para comerciar por su cuenta. Coge piedras y señala con ellas un espacio acotado fuera de su casa, diciendo: "He aquí los límites de mi mercado. Aquí tienen derecho a comerciar todos los pelo­ponesios, los megarenses y los beocios, con la condición de que sólo comercien conmigo y no con Lámaco...".

Acuden a su mercado unos cuantos personajes tan pintorescos como realistas. Unos son víctimas de la guerra; otros, arribistas que pretenden aprovecharse de las ventajas de su paz.

Un ciudadano de Mégara, para librar del hambre a sus dos hijas, quiere vendérselas pretendiendo que se trata de dos cerditas. Un sicofanta trata de acusar al megarense y éste le pone en fuga a correazo limpio. Siguen llegando clientes: un tebano, unos flautistas y el criado Ismenias, cargado con un gran fardo de provi­siones. A cambio de ello, carga., en un saco, con un tal Nicarto, sicofanta, y se lo lleva al hombro, como si fuera un mono.

Un servidor de Lámaco quiere comprar unos tordos para la fiesta de los Jarros y una anguila del lago Copáis, pero es ahuyentado por Diceópolis, que hace buenos negocios aprovechando la escasez de alimentos.

El heraldo anuncia la fiesta de los Jarros: "Escuchad, ciudadanos: según la usanza de nuestros padres, celebrad la fiesta de los Jarros bebiendo al son de la trompeta. El que haya vaciado el primero su jarro reci­birá un odre..., el odre de Ctesifonte".

Un labriego habla así a Diceópolis: "Querido amigo, puesto que la tregua sólo se ha hecho para ti, mídeme un poco de ella, aunque sólo sea para cinco años... Estoy arruinado, he perdido mi par de bueyes... Me los quitaron los beocios... y eran los que me mantenían... He echado a perder mis ojos a fuerza de llorar por mis bueyes... Frótame rápidamente los ojos con el bálsamo de la paz... Échame al menos una gota de paz; una sola gotita; viértela gota a gota en esta cañíta..."

Diceópolis le despide sin contemplaciones: "Vete a llorar a otra parte". Continúan los preparativos del banquete. Entran un padrino y una madrina de boda. El padrino dice a Diceópolis:
"Un joven recién casado te envía esta carne, procedente de su banquete nupcial... A cambio de ella, te ruega que le viertas, en este frasco de ungüentos, un vasito de paz, uno solo, para que no tenga que ir a la guerra y pueda quedarse en casa haciendo el amor..."

Diceópolis no le hace caso, pero la madrina le habla al oído, de parte de la novia, mujer al fin e inocente de la guerra; la novia le pide que le proporcione un ungüento, para untar con él, la noche de bodas, la polla del marido, para que ésta se quede en casa, si él se va a la guerra. Diceópolis, compasivo, accede a tan original pretensión.

Un mensajero comunica a Lámaco la orden de partir para la guerra: "Los estrategos ordenan que partas inmediatamente con tus batallones y tus penachos y vayas a defender, cubierto de nieve, los pasos fronterizos. Se les ha anunciado que, durante las fiestas de los Jarros y de las Ollas, van a hacer una incursión unos bandidos de Beocia".

Lámaco lamenta no poder participar en la fiesta. Otro mensajero anuncia a Diceópolis: "Ven rápido al banquete... Te invita el sacerdote de Dioniso... Ven lo más deprisa que puedas..."

Contraste entre los preparativos de Lámaco para ir a la guerra, cargado de armas y bagajes, y los de Diceópolis para participar en el banquete.

El Coro canta: "Marchad y buena suerte en vuestra campaña. ¡Qué caminos tan distintos vais a recorrer! Él va a beber, coronado de flores; tú, en cambio, aterido de frío, montarás guardia en las avanzadillas, mientras el dormirá con una atractiva mozuela..."

Un tercer mensajero llama a la puerta de Lámaco: "Servidores,... calentad agua! ¡Agua, sí!... Preparad vendas de hilo, ungüentos,... hilas para su tobillo. El gran hombre está herido. Al saltar una zanja, ha tropezado con una estaca y se ha producido un esguince en un tobillo; además, se ha hecho una herida en la cabeza al dar contra una piedra..."

A continuación, como contraste final, llega Lámaco, sostenido por dos soldados y profiriendo gritos de dolor. Diceópolis, en cambio, entra borracho, apoyado en dos alegras bailarinas. El Coro hace eco a su canción.

* * *

En esta comedia aborda su autor por vez primera el tema de la paz que se repite en las sucesivas.

En la parodia del Télefo de Eurípides se atreve a criticar a Pericles y a proponer la paz, equivalente a fiesta, abundancia y erotismo.

Diceópolis, con quien se identifica Aristófanes, encarna al pueblo ateniense, especialmente a los campesinos, que, bajo toscas apariencias, tienen mucho sentido común. Lámaco personifica a los belicistas.

Las fiestas Dionisias campestres y las de los Jarros, en cuyo concurso de bebedores triunfa el héroe, simbolizan la paz, en contraste con la cojera de Lámaco, que vuelve sostenido por dos soldados, mientras Diceópolis se apoya en dos alegres muchachas, tras haberse hartado de comida y de vino.

La obra, a pesar de su comicidad, ofrece un mensaje serio. Atenas atravesaba una situación muy grave y Aristófanes había sido procesado el año anterior por Cleón por los ataques que le había dirigido en Los Babilonios. Ahora dirige sus ataques contra Lámaco, pero, al defender Diceópolis a Esparta, lo hace parodiando humorísticamente a Télefo, el héroe que defendía a los troyanos frente a los caudillos aqueos. Tras este discurso sólo queda convencida la mitad del coro. El discurso de Lámaco, con sus llamadas a la guerra, resulta contrario a los fines que éste pretendía y el corifeo declara vencedor a Diceópolis.

Aristófanes muestra en esta obra sus ideales conservadores. En la parábasis expone su programa literario en cuanto a la Comedia; lamenta que se haya impues­to la novelería.