Obras

Vida

El año 480 a.C., los persas son derrotados por los griegos en la batalla naval de Salamina. Según la tradición, Eurípides nació el mismo día de este combate, Esquilo tomó parte en él y Sófocles, aún adolescente, dirigió el coro que celebró la victoria. La tradición intenta solamente reunir a los tres representantes más eximios de tres generaciones distintas, las de los valerosos ciudadanos que se jugaron la vida por la libertad de Grecia y la democracia, la de los que disfrutaron de los beneficios de la victoria y la de los que, como Eurípides, añoraban los tiempos gloriosos de Atenas y veían ya recortarse, en el horizonte, los negros nubarrones que presagiaban las guerras del Peloponeso, que abocarían a la decadencia de su patria.

El Marmor Parium, en cambio, señala como fecha del nacimiento del poeta el año 484 a.C.

Según las malas lenguas de algunos comediógrafos, que le amargaron la vida con sus burlas, fue hijo de un buhonero y una verdulera; versión maliciosa refutada ya en el s. III a.C. por el historiador Filocoro.

Su origen humilde queda desmentido por la actuación del poeta, en su juventud, como copero de las danzas sacras organizadas en torno del santuario de Apolo en la isla de Délos y como pyrfóros o portaantorchas de este dios, cargos reservados a los hijos de ciudadanos de noble linaje y elevada posición social. Recibió, pues, una educación religiosa tradicional, acorde con la clase y posición económica de su familia.

En realidad, Eurípides fue hijo del mercader Nearco y nació en Flía, en el corazón del Ática. El año 466 cumplió en la "efebía" sus deberes militares.

Aristóteles (Rhet. III, 1416 a, 29) dice que, al organizarse una ceremonia religiosa, un ciudadano, a quien correspondía financiarla, pidió la antídosis, es decir, el "intercambio de bienes", con Eurípides. Ateneo (I, 3 a) indica que fue el primero en Atenas que poseyó una biblioteca.

Sus tragedias reflejan la influencia de los sofistas y filósofos en la formación del poeta. Los antiguos lo consideraban discípulo de Arquelao, Anaxágoras, Protágoras y Pródico. Mantuvo una estrecha relación con Sócrates, que, según la tradición, sólo acudía al teatro cuando se representaban obras de Eurípides, en las que éste procuraba reflejar los problemas intelectuales del momento.

Probablemente conoció a todos los personajes mencionados y experimentó su influencia, sin adherirse a una filosofía específica. Algunos ecos de los pitagóricos y de Jenófanes, Heráclito y Parménides, que laten en sus obras, evidencian un espíritu curioso y reflexivo, abierto a todas las corrientes del pensamiento.

Como lector incansable y atento, hace en sus obras frecuentes alusiones a Homero, Solón y Teognis y en sus tragedias muestra un profundo conocimiento de Hesíodo y los poetas líricos griegos. Algunos de sus pasajes permiten creerlo familiarizado incluso con los logógrafos, precursores de los grandes historiadores griegos.

Su gran apego a los libros lo convirtió en un amante de la vida retirada y solitaria. Según se decía, en Salamina pasaba gran parte del día en una gruta, frente al mar, entregado a sus meditaciones y a la creación de sus tragedias. Consideraba necesario en el sabio tal aislamiento. Sin embargo, sus conciudadanos veían en su actitud un gesto de soberbia, de donde surgió su antipatía y desprecio hacia él.

La simpatía y afecto de Eurípides se orientó, aparte de los autores mencionados, hacia personajes tan impopulares como él; entre ellos figuran Agatón, el trágico, a quien Aristófanes ridiculizó en vida y honró después de muerto (Ranas, V 83-84); el político Alcibíades; Timoteo, el renovador de la música griega.

En tres de sus once comedias conservadas (Las Ranas, Las Tesmoforiantes y Las Asambleístas), Aristófanes lo ataca sin piedad, tanto desde el punto de vista de su vida, como de su pensamiento. El racionalismo de Eurípides, lo mismo que el de Sócrates, contrastaba con el espíritu conservador del gran comediógrafo, reflejo de un sector de la sociedad. Con sus virulentos ataques a Sócrates y a Eurípides, Aristófanes sólo trata de provocar la risa de un público conservador y contrario a toda novedad. En Las Ranas, Eurípides defiende sus obras de las censuras de Esquilo; en Las Tesmoforiantes, un grupo de mujeres, ofendidas por el trato que reciben en las obras de este poeta, acuerdan darle muerte. Autores como Sátiro y Aulo Gelio refieren anécdotas semejantes.

A diferencia de Sófocles, no participó activamente en la vida política, aunque en sus obras no faltan alusiones a ésta.

Los cómicos hacen alusiones irónicas y burlescas a su vida conyugal, en la que, según ellos, no fue muy afortunado. Este fracaso podría explicar, tal vez, su misoginia, real o ficticia; los atenienses de su tiempo no veían con buenos ojos la audacia con que presenta a las mujeres, porque no estaban habituados a analizar seriamente la mentalidad femenina, y en las obras de Eurípides las mujeres actúan y filosofan con la mayor desenvoltura. En Las Ranas se alude a esta misoginia.


El año 1911 se descubrieron unos papiros egipcios en los que aparece una extraña biografía de Eurípides. En un diálogo entre éste y una mujer pueden verse varias anécdotas festivas sobre su vida. Se trata probablemente de un eco de Las Ranas de Aristófanes, por lo que los datos que aportan son poco fiables.

Poco se sabe, pues, acerca de su vida, salvo las fechas en que se representaron algunas de sus tragedias, el año de su nacimiento, el de su marcha, a los 71 años de edad, de Atenas a Magnesia de Tesalia y después a Pella, a la corte del rey Arquelao de Macedonia (408); allí murió dos años después (406 a.C.).

Su muerte estuvo rodeada de algunas leyendas; según una de ellas, murió desgarrado por una jauría.

Al enterarse de la muerte de su rival, más joven que él, el ya nonagenario Sófocles, en las Dionisias del año 406, se presentó ante el público de luto y sin corona; lo mismo hicieron los actores y coreutas, en señal de duelo. Se le erigió un cenotafio y se otorgó el premio del certamen a sus obras, representadas postumamente.

Así como Sófocles es un poeta que irradia serenidad, Eurípides es un espíritu atormentado y agresivo, que refleja una época de fracasos para Atenas, enzarzada en una desastrosa contienda contra Esparta. Con él se inicia la decadencia de la tragedia.

Tuvo más suerte en muerte que en vida, en la que sólo alcanzó cuatro victorias, la primera cuando ya contaba 43 años. La misma Medea, que fue descalificada, quedando en tercer lugar en el concurso, fue una de las obras más imitadas posteriormente. Aristófanes, en Las Ranas, hace decir a Esquilo en el Hades, que él no tenía consigo sus dramas, porque seguían viviendo en el mundo, y que, en cambio, Eurípides tenía allí los suyos, porque habían muerto con él. De hecho, sucedió todo lo contrario, ya que su prestigio y su fama fueron postumos y su popularidad fue increíble. Se convirtió en el padre literario de la época sucesiva, en el gran modelo a imitar. Se le llamó el trágico por antonomasia.

Aristóteles dijo de él: "Aunque por lo demás no construye bien, es el más trágico de los poetas".

La Comedia Nueva se benefició de su rica temática. Más tarde, se convirtió en el dramaturgo predilecto del helenismo.

Influyó, como acaso ningún otro poeta, en las literaturas posteriores, directamente o a través de los poetas latinos, ya que, desde Ennio a Séneca, los trágicos siguieron su pauta. Su tragedia Hécuba fue repuesta por Ennio, Accio y Séneca; Medea, por Ennio, Ovidio, Séneca y algunos más.

Los maestros de Retórica, como Quintiliano, lo recomiendan como fuente inagotable para el estudio y manejo de las pasiones humanas.

Los autores cristianos lo citan y elogian; ven en él una especie de precursor del cristianismo.

En el Imperio Bizantino, Hécuba y Las Fenicias fueron las tragedias más leídas. En la Edad Media aparece el Christus patiens (ss. XI-XII), centón de pasajes de Eurípides, en los que la Virgen habla con las palabras de Medea y de Hécuba.

El Renacimiento lo descubre antes que a Esquilo y Sófocles; muestra interés por él, aunque no lo estima mucho.

La invención de la imprenta favoreció, en grado sumo, las ediciones y traducciones en latín de sus obras.

Los trágicos italianos del s. XVI y los grandes autores del género del s. XVII, experimentaron su influencia, a través de Séneca.

Los poetas franceses del clasicismo compusieron obras en las que se repiten los temas tratados por Eurípides: Corneille (Médée); Racine (Andromaque, Thébaide, Phédre, Iphigénie en Aulide).

Además de Racine, lo apreciaron y admiraron Lessing, Schiller y Goethe.

Schiller, que tradujo Ifigenia en Aulide, piensa que el mayor mérito de Eurípides consistió en haber sido "poeta de su época". En efecto, Eurípides fue un auténtico "Filósofo de la escena", como se le llamó en la antigüedad. Era consciente de que la poesía, la tragedia, debía estar al servicio de las nuevas ideas y servirles de vehículo. Amigo de Sócrates, quiso convertir el teatro en tribuna desde donde se impartieran al público esas nuevas ideas.

En el s. XIX, tras un duro juicio de Schelegel, reiterado por Nietzsche, disminuyeron sensiblemente tales simpatías. Sin embargo, lo imitaron, entre otros, Grillparzer (Medea), Leconte de Lisie y Swinburne.

Wilamowitz reivindicó su figura a principios del s. XX. En él se inspiraron, entre otros, Elliot, Gide y Giraudoux. Los temas trágicos tratados por Eurípides siguen vigentes en la música y en las artes plásticas.

De las numerosas obras que se le atribuyen, nos quedan 17 tragedias y un drama satírico, El Cíclope. Es discutible la atribución de Resos, que parece más bien obra de un imitador del s. IV.

En su técnica teatral se muestra rebelde frente a la tradicional, consolidada por Esquilo y Sófocles.

El conservador Aristófanes ataca, con apasionada furia, al progresista Eurípides; en Las Ranas somete a una crítica despiadada toda su creación dramática, parodia burlescamente sus más aterradoras escenas, ridiculiza su presunta sabiduría, su música excesiva, sus largos y rebuscados prólogos y lo populachero de sus cantos.

Eurípides, gran aficionado a la música, no la supedita a la letra; ofrece una gran variedad de composiciones. El Coro ya no es personaje dramático e interviene poco en la acción. Nunca es personaje, a juicio de Aristóteles. Siempre es lírico, nunca actúa y, como elemento dramático, desempeña un papel puramente externo; introduce a los personajes, da tiempo para las acciones que se suponen acaecidas fuera de la escena, marca los cortes en una discusión, etc. Formado generalmente por mujeres, suele estar vinculado con el protagonista por cierta relación afectiva.

En los prólogos, que suelen aludir a hechos pasados, pero que condicionan el presente, un personaje, a veces un dios (incluso ajeno a la tragedia), informa al público sobre los antecedentes del drama y otros aspectos del mismo que el autor considera necesarios para descongestionar el cuerpo de la obra.

Frente a las tragedias de Esquilo y Sófocles, obras con escasa intriga, cuyo interés radica, sobre todo, en la exposición de los horribles sufrimientos del protagonista, víctima de su infausto sino, Eurípides prefiere la acción, la anécdota, la intriga, lo novelesco, la "anagnórisis" y otros elementos que podemos ver, acumulados, por ejemplo, en Ifigenia en Táuride.

Además de las innovaciones técnicas ya reseñadas, recurre con frecuencia al deus ex machina, raramente empleado por sus predecesores. Son también características suyas la creación de nuevos esquemas y formas, la tendencia a complicar la acción y la libertad en el tratamiento de los mitos.

La estructura de sus tragedias difiere también de la empleada por Esquilo y Sófocles. En Las Troyanas, más que una acción, hay una serie de episodios yuxtapuestos, unidos tan sólo por la presencia en escena de Hécuba, la viuda de Príamo. Hércules loco y Hécuba constan de dos mitades mal conjuntadas. Andrómaca ofrece una acción muy escasa, sin conexión entre sus dos partes. En Los Heráclidas sólo vemos un episodio interesante, protagonizado por la joven heroína Macaria. Alcestis presenta dos mitades de tono opuesto y una acción y lenguaje de tipo burlesco, a cargo de Heracles, que lo acerca al drama satírico.

En cuanto a la temática de su teatro, Eurípides se siente condicionado por la costumbre de tratar los temas mitológicos o épicos tradicionales. No cree en ellos ni quiere que los crea su público, por lo que procura "modernizar" a los personajes convencionales. Toma sus nombres, pero modifica sus caracteres, sus leyendas y hasta su lenguaje, acercándolos lo más posible a la actualidad.

Ya hemos visto que Eurípides se debate entre una sociedad conservadora y el progresivo avance del racionalismo, que pugna por erradicar los valores tradicionales. La guerra del Peloponeso contribuía a la desintegración de éstos, ya que los fracasos militares iban minando la confianza de los atenienses en los ideales que habían propiciado su creencia en una democracia en la que imperaba la libertad de pensamiento y de expresión.

Aristófanes fustiga a Sócrates y los sofistas, a quienes considera responsables de este conflicto ideológico. Eurípides no podía rechazar el mito, base del teatro griego, pero procuró adaptarlo a la problemática de su tiempo.

En sus tragedias no está presente la rigidez heroica. Sus protagonistas son hombres de carne y hueso, cuyos problemas son similares a los de la sociedad circundante. Aparecen mendigos, desheredados de la fortuna,... Se tratan temas de actualidad: esclavitud, guerra, matrimonio,... Aparece también la Retórica, enseñada por los sofistas, en sus diálogos, en los que vemos una exposición fría y lógica de argumentos, destinados a conseguir la victoria sobre el adversario.

Para Eurípides, el teatro tiene un valor educativo, gracias a su crítica del legado mítico y a su escepticismo. Esta actitud le valió fama de ateo.

En sus obras el hombre no es ya esclavo de su destino, como sucedía en las de sus predecesores. Por ejemplo, en Las Bacantes e Hipólito, sus protagonistas son los que provocan personalmente su propia ruina. En Las Suplicantes, el mito apenas tiene interés en sí; lo verdaderamente importante es la creencia en un mundo basado en la ley y el orden, encarnado por Teseo; en Los Heráclidas, el mito es lo de menos; se insiste en los derechos del suplicante y en la actitud y relaciones mutuas entre atenienses, espartanos y argivos.

El mito, secularizado, refleja simplemente la realidad de su época; en la guerra de Troya se vislumbra la del Peloponeso (431-404 a.C.), durante la cual Eurípides escribió muchas de sus obras. En algunas de ellas el tema era realmente la guerra que se estaba llevando a cabo y en la escena revivían los espartanos que habían tomado parte en la guerra de Troya, especialmente Helena y Menelao, atribuyéndoles cuantos defectos censuraban los atenienses en sus enemigos. Las tragedias Andrómaca y Las Troyanas se representaron en el momento en que Atenas enviaba una desdichada expedición a Sicilia, por lo que constituían una denuncia de la locura que suponían las aventuras a lejanas tierras.

En el tratamiento de los temas míticos suele seguir la versión de Homero o mezcla los datos de la tradición, adoptando una actitud crítica. En sus últimas obras prefiere las variantes menos conocidas, que, en ocasiones, permitían a sus personajes entablar discusiones sobre ciertos temas: en Las Troyanas discuten sobre si Afrodita intervino o no en el rapto de Helena.

Su actitud racionalista le impide crear figuras gigantescas, que opongan su grandeza al ineluctable destino; no crea personajes arrebatados por una sola pasión, de la que son esclavos; sus criaturas poéticas presentan, más bien, rasgos de ternura y debilidad. Eurípides es el poeta antiheroico, el cantor de los sentimientos delicados, afectuosos, humanos; por esta razón sólo es comparable, en la literatura clásica, a Virgilio.

En sus tragedias sobresale el estudio de las pasiones humanas, en sus múltiples facetas, especialmente en sus momento de exaltación y paroxismo. Representa un notable progreso psicopatológico en la profundización psicológica del corazón humano: el amor (en sus infinitas modalidades), los celos, la venganza, la fidelidad, el sacrificio por la familia o por la patria,... Esta pasión tan humana se manifiesta en el sacrificio generoso y voluntario de sendas vírgenes en ¿Los Heráclidas, Hécuba, Las Suplicantes e Ifigenia en Áulide.

Otras veces, el amor se manifiesta en su vertiente negativa, como pasión irrefrenable y destructiva. La pugna violenta entre el amor incestuoso de Fedra y la pureza de su hijastro constituye el núcleo de Hipólito. Los celos de Medea, herida en su amor propio por Jasón, la llevan a una inconcebible venganza. Hermíone actúa también movida por los celos. Frente a estos ejemplos aparecen pasajes llenos de ternura y delicadeza, entre los que destaca especialmente el amor de esposa y madre.

Otra innovación de Eurípides es la intervención del niño en el juego de las pasiones humanas de los adultos, la descripción de obras de arte y la exposición frecuente del dolor físico y del sueño que lo repara, así como de la locura, descrita con gran realismo en Orestes, Heracles loco e Ifigenia entre los Tauros.

Casi todos sus coros están formados por mujeres, que son también protagonistas de muchas de sus obras. En algunas de ellas, a pesar de su presunta misoginia, las presenta con rasgos admirables, convirtiéndolas en heroínas magníficas (Andrómaca, Macaría, Evadne, Ifigenia,...). En Las Fenicias, Yocasta encarna la delicada ¡dea de la madre; incluso Clitemnestra, en Ifigenia en Áulide, aparece como madre amantísima y esposa irreprochable. Otras mujeres, como Medea y Agave constituyen un extraordinario estudio de la mujer en su estado más furioso de exaltación o de locura.

El estilo de Eurípides, esmaltado de sentencias filosóficas o fruto de su experiencia de la vida, le hizo figurar en todas las antologías paremiológicas y de apotegmas morales de la época alejandrina, del mundo romano y de la Edad Media.