Ἡρακλῆς / Heracles
Estrenada el 416 a. C.Eurípides compuso varias tragedias basadas en el mito de Heracles, desde la tetralogía formada por Las Cretenses, Alcmeón en Psofide, Télefo y Alcestis (única conservada de esta tetralogía), hasta Los Heráclídas y, sobre todo Heracles, obra conocida también como Heracles loco.
Fue compuesta probablemente entre los años 422 y 415 a.C.
Durante el último de sus prodigiosos trabajos, en el que desciende al Hades y trae encadenado al can Cerbero, ha dejado en Tebas a su esposa Mégara y a sus hijos, muy niños, cuya custodia encomendó a Anfitrión, su padre putativo (ya que, en realidad, Heracles es hijo de Zeus). Un extranjero de Eubea, Lico, ha asesinado al rey Creonte, padre de Mégara, y se ha convertido en tirano de Tebas. Después, creyendo que Heracles ha muerto, puesto que está en el Hades, trata de aniquilar a toda su familia, a fin de eliminar a los posibles vengadores de la muerte de Creonte.
Al comenzar la obra, la familia de Heracles se ha refugiado en torno al altar de Zeus. En el prólogo, Anfitrión expone la situación: "Tras abandonar Tebas, donde he fijado mi residencia, mi hijo (Heracles) ha dejado aquí a Mégara y a sus suegros. Quiere vivir en Argos, la ciudad amurallada por los Cíclopes. Como yo he sido desterrado de ella, por haber matado a Electrión, intenta aliviar mi infortunio y conseguir que yo retorne a mi patria, por lo que está pagando a Euristeo un elevado precio, librar de sus monstruos a la tierra. Es posible que sea Hera la que, esclavizándolo con su aguijón, le obligue a llevar a cabo esta tarea; es también posible que se trate simplemente de una decisión del destino. Después de haber realizado los demás trabajos, como última prueba, ha tenido que descender... al Hades, para traer a la luz del día al can de tres cuerpos y no ha regresado aún... Mientras mi hijo se halla en las profundidades de la tierra..., el nuevo amo del país, Lico, que no es cadmeo, sino oriundo de Eubea, ha dado muerte a Creonte (padre de Mégara) y quiere matar a los hijos de Heracles, a la esposa de éste... y a mí... Teme que algún día estos niños cuando se hagan hombres, le ajusten las cuentas, por haber vertido la sangre de la familia de su madre".
En un diálogo con Mégara, Anfitrión asegura que aún mantiene ciertas esperanzas en el retorno de Heracles. Mégara, en cambio, no alberga ya esperanza alguna y, aunque llora la triste suerte que les espera a sus tiernos hijos, prefiere salir de una vez de la tutela de Zeus, aun a costa de una muerte segura.
El Coro, formado por ancianos de Tebas, deplora la desgracia de la familia y canta que aún confía en el regreso de Heracles.
Llega Lico y manda rodear de llamas el altar de Zeus, para matar, sin tocarlos, a los suplicantes que se han refugiado en torno a él. El corifeo defiende a las víctimas y declara que le gustaría luchar por ellas. Mégara afirma que es preferible morir noblemente a perecer abrasados.
Se produce un agón entre Anfitrión y el tirano Lico, Este asegura que va a matar a los niños para eliminar futuros vengadores, y añade que Heracles era un cobarde, ya que combatía valiéndose de su arco: "Aunque era un don nadie, adquirió una apariencia de valiente luchando contra animales, pero no fue capaz de llevar a cabo ninguna otra proeza. Jamás llevó un escudo en su brazo izquierdo, ni afrontó una lanza; manejando su arco, el arma de los cobardes, siempre estaba presto a emprender la fuga. Para un guerrero, la prueba de su valor no es el disparar un arco, sino el mantenerse a pie firme y no bajar ni desviar la mirada, al ver avanzar a la carrera hacia él toda una puntiaguda mies de lanzas, siempre clavado en su puesto".
Anfitrión defiende a Heracles de la acusación de cobardía; tras enumerar algunas de sus hazañas, habla del valor de los arqueros: "El hoplita es esclavo de su armadura. Si en su fila tiene camaradas poco valientes, sucumbe, víctima de la cobardía de sus vecinos. Si se quiebra su lanza, no puede desviar de sí la muerte, ya que carece de otro medio de defensa. En cambio, aquel cuyo brazo es hábil para disparar el arco posee la ventaja única de poder disparar mil flechas para proteger de la muerte a los demás. Manteniéndose a distancia, rechaza a los enemigos, que ven venir flechas ciegas, que les alcanzan con precisión. No expone su cuerpo al adversario, sino que se mantiene bien defendido. La habilidad suprema en el combate consiste en causar pérdidas al enemigo y mantenerse seguro, sin depender del azar".
Tras este diálogo, Anfitrión apela a los griegos para que lo defiendan. Lico decide eliminar, quemándola, a la familia de Heracles. El corifeo amenaza a Lico y, como Anfitrión, reconoce su impotencia. Mégara exhorta a Anfitrión a morir con honor. Ambos han perdido toda esperanza en el retorno de Heracles. Anfitrión llega a enfrentarse con el propio Zeus:
"Oh Zeus, has compartido en vano mi lecho conyugal... No eres el gran amigo que parecías. Aunque soy un simple mortal, te supero en valor a ti, nada menos que un dios omnipotente, porque no he traicionado a los hijos de Heracles. En cambio, tú supiste meterte en mi lecho y poseer sin derecho alguno a la esposa de otro y ahora no eres capaz de salvar a tus amigos. Para ser un dios, careces de sensatez, a menos que seas injusto por naturaleza".
Mégara entra en el palacio con sus hijos para vestirlos adecuadamente para su sacrificio, favor que le ha concedido Lico.
En un canto funerario, el Coro enumera los trabajos de Heracles y deplora su propia vejez, que le impide luchar contra el tirano.
Mégara, que sale con los niños amortajados, recuerda, en un patético monólogo, las promesas de Heracles a sus hijos y sus desvelos de madre para buscarles novias entre la realeza. Después invoca la aparición de Heracles. Anfitrión suplica a Zeus y se resigna a morir.
Aparece, por fin, Heracles, tras haber dado fin a sus famosos trabajos. Mégara le pone al corriente de la situación. Heracles monta en cólera y amenaza con inundar de sangre enemiga los dos ríos de Tebas. Anfitrión le aconseja prudencia. Heracles, antes de sublevar la ciudad, decide eliminar a Lico, cuando éste venga a buscar a sus víctimas; invita a su familia a entrar en el palacio.
El Coro, emocionado por el retorno de Heracles, deplora su vejez, entona un canto de añoranza a la juventud y exalta el poder de consuelo de la poesía.
Llega Lico y Anfitrión le hace entrar en la casa, donde lo mata Heracles.
El Coro entona un canto de júbilo y de acción de gracias a Zeus. Pero los dioses han permitido el triunfo de Heracles para hacer más horrible su ruina.
En efecto, aparecen sobre el palacio Iris (mensajera de Hera) y Lisa (el demonio de la demencia). Al ver el funesto destino de Heracles, la propia Lisa expresa su piedad por él, pero tiene que obedecer las órdenes de Hera; así habla Iris: "No queremos causar daño alguno a vuestra ciudad. Hacemos la guerra únicamente contra la familia de un hombre, que pretende ser hijo de Zeus y de Alcmena. Mientras aún no había dado fin a sus duros trabajos, le protegía el destino y su padre Zeus nunca nos permitía a Hera y a mí que le hiciéramos daño.Pero ahora que ha superado las pruebas impuestas por Euristeo, Hera quiere contaminarlo con la sangre de los suyos, causando la muerte de sus propios hijos y yo también lo quiero... Los dioses no pintarían nada y la raza de los hombres sería poderosa, si Heracles no fuera castigado".
Y añade Lisa: "Sea mi testigo el Sol. El acto que estoy a punto de cometer es contrario a mi voluntad, pero es preciso obedecer ciegamente a Hera... Ni las olas desencadenadas del mar embravecido, ni las sacudidas de los terremotos, ni el aguijón angustioso del rayo igualarán en violencia al ímpetu con que voy a lanzarme a la carrera contra el pecho de Heracles. Abatiré el techo de su morada y haré caer sobre él el edificio entero. Su asesino no sabrá que está matando a los hijos que engendró, hasta que se haya liberado de los accesos de locura que voy a provocarle".
Anfitrión y el Coro comentan la futura muerte de los niños y la ruina de la casa de Heracles. Un mensajero cuenta que éste, mientras celebraba un sacrificio, se había vuelto loco y creía que estaba matando a Euristeo y a los hijos de éste, cuando, en realidad, mataba a su propia esposa y a sus propios hijos. Que, después, cuando se disponía a matar también a Anfitrión, Atenea, de una pedrada, le había hecho caer en un profundo sueño, durante el cual le habían atado a una columna, evitando, al menos, un parricidio.
El Coro compara este crimen con los más famosos de la mitología griega (Danaides, Procne,...). Después, comenta con Anfitrión el lento despertar de Heracles, en medio de la matanza que ha cometido.
Al recobrar la razón, Heracles decide darse la muerte.
Llega Teseo y Anfitrión le informa de lo sucedido. Teseo, a quien en otros tiempos Heracles había liberado del Hades, quiere ayudarle. Heracles le expone sus razones para morir:
"Soy hijo de un hombre que se había contaminado con el asesinato de mi abuelo materno, antes de casarse con Alcmena, mi madre. Cuando una familia se funda sobre unos cimientos mal asentados, los hijos que de ella nazcan están condenados a sufrir desgracias. Al engendrarme, Zeus convirtió a Hera en mi enemiga (no te ofendas, anciano, que te considero a ti mi padre, no a Zeus). Cuando aún era yo un niño de pecho, la compañera de lecho de Zeus introdujo en mi cuna unas serpientes de refulgentes ojos, para hacerme morir. Y, cuando la juventud hubo guarnecido de vigorosos músculos mi cuerpo, ¿es preciso enumerar los trabajos que he soportado?... La última prueba,... es este asesinato que he perpetrado contra mis propios hijos y que colma las desgracias de mi familia. He aquí a qué extremos he quedado reducido: no puedo, sin cometer impiedad, vivir en mi querida Tebas... La maldición que me acompaña prohibe que se me acoja... Creo que algún día llegaré a tal grado de miseria, que la tierra cobrará voz para impedirme tocar su suelo y que el mar y las corrientes de los ríos me prohibirán que los cruce... ¿Qué necesidad tengo yo de vivir? ¿Qué ganaría yo conservando una vida inútil y maldita?"
Teseo trata de disuadirle de su idea suicida y le anima a seguir viviendo. Consigue convencerlo y lo lleva consigo a Atenas. Dice a Heracles: "Aléjate de Tebas, como manda la ley, y sigúeme a la ciudad de Palas. Allí purificaré de este mancha tus manos y te regalaré un palacio y una parte de mis bienes... Cuando hayas muerto, cuando hayas descendido al Hades, recibirás sacrificios sobre altares de piedra levantados en tu honor por todo el pueblo de Atenas... Así pagaré yo mi deuda de gratitud a aquel a quien debo la vida".
Heracles acepta: "Iré, pues, a la ciudad donde tú reinas y te estoy agradecido por tus innumerables favores... Me ves partir para el destierro, me ves abrumado por el asesinato de mis propios hijos. Dales sepultura; entierra sus cuerpos y hónralos con el tributo de tus lágrimas... Te pido un último favor: ven conmigo a Argos, para hacer que me entreguen la recompensa que se me debe por haber traído de los infiernos el perro. Si voy solo, temo sufrir alguna desgracia, a causa del dolor que me produce no tener ya conmigo a mis hijos".
Heracles se despide de Teseo, a quien dice que lo considera como un hijo. Ambos se abrazan llorando. Después se despide de Anfitrión, a quien también encarga que dé sepultura a sus hijos, prometiendo al anciano que será él quien, cuando le llegue la hora postrera, lo sepultará a su vez y hará que lleven sus restos a Atenas.
El corifeo pone fin a esta tragedia con estas palabras: "Partimos desolados, con los ojos preñados de lágrimas; hemos perdido al más grande de nuestros amigos".
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La leyenda más generalizada sobre Heracles cuenta que este héroe llevó a cabo sus famosos trabajos como expiación por haber dado muerte a sus propios hijos. Eurípides, en cambio, nos lo presenta matando a su familia tras haber llevado a cabo el último de tales trabajos.
Su locura recuerda la de Áyax, en la obra de Sófocles. Áyax lucha por su honor suicidándose. Heracles, en cambio, por consejo de Teseo, acepta como expiación de sus abominables crímenes, una vida en la que será constantemente torturado por el recuerdo de éstos. En adelante, a cambio de no quitarse la vida, tendrá que hacer frente a los sufrimientos y miserias que ésta depara.
Heracles muestra más su faceta humana que su naturaleza divina, hasta tal punto, que el Coro dice de él: "es hijo de Zeus, mas su virtud supera su noble cuna". E propio Heracles no se siente orgulloso de su origen divino, cuando le dice a Anfitrión: "Soy hijo de un hombre que desposó a mi madre Alcmena... Zeus me engendró haciéndome odioso a Hera... Te considero a ti mi padre, no a Zeus".
En esta obra se nos muestra como buen esposo y padre y como un amigo leal. Por el contrario, Zeus y Hera aparecen como encarnación de la ingratitud y el odio. Para Eurípides, de acuerdo con las ideas epicúreas sobre los dioses, éstos no se ocupan en absoluto de regir la conducta de los mortales: "La divinidad, sí realmente es una divinidad, no necesita de nada" (v. 1345).
Se ha criticado en la estructura de esta tragedia su falta de unidad. La llegada de Iris y Lisa se produce de forma inesperada y resulta un tanto chocante la aparición de Teseo, como una especie de deus ex machina, que salva del suicidio a Heracles.
Son notables las descripciones de la lenta recuperación de la razón de Heracles y de la locura que le ha privado de ella al héroe.