Ἑκάβη / Hécuba

Estrenada el 424 a. C.

Tragedia representada el año 424 a.C.

La escena tiene lugar en las riberas del Quersoneso de Tracia, donde los aqueos, de regreso a sus respectivas patrias, una vez destruida Troya, aguardan vientos propicios.

Entre las cautivas troyanas figura Hécuba, viuda del rey Príamo, ahora esclava de Agamenón.

En el prólogo de la obra el espectro de Polidoro cuenta su propia muerte a manos de Polimestor, rey de Tracia, y presagia el sacrificio de su hermana Polixena, junto a la tumba de Aquiles: "Yo soy Polidoro, hijo de Hécuba... y de Príamo. Mi padre, cuando la ciudad de los frigios se vio en peligro de sucumbir bajo la lanza helena, me alejó... del suelo troyano. Me envió a casa de Polimestor, su huésped de Tracia... Mandó conmigo, en secreto, mucho oro... Era yo el más joven de los hijos de Príamo; me alejó furtivamente del país, porque mi joven brazo no podía aún... manejar la lanza... Pero, cuando, al morir Héctor, Troya hubo perecido, cuando quedó arrasado el hogar de mi padre y cayó él mismo... víctima de los golpes asesinos del hijo de Aquiles, Polimestor, el huésped de mi padre, me asesinó y arrojó mi cadáver a las olas del mar, para disponer él solo del oro... Y heme aquí, tendido unas veces sobre la arenosa playa, zarandeado otras por el vaivén de las olas, sin que nadie me llore, sin sepultura. Ahora estoy revoloteando por encima de mi querida madre, Hécuba. He abandonado mi cuerpo y hace dos días que floto en los aires..., desde que mi pobre madre ha venido de Troya... Aquiles ha detenido a todo el ejército aqueo... Reclama a mi hermana Polixena, como víctima grata a su tumba y como honor que le es debido".

La aparición de Polidoro impresiona a Hécuba, que cuenta las angustiosas visiones que la han inquietado durante la noche y le hacen presagiar la muerte de sus dos hijos. Suplica a los dioses que la libren de tamaña desgracia.

El Coro anuncia a Hécuba que está a punto de cumplirse uno de sus dos aciagos presentimientos, ya que los aqueos han decidido sacrificar a Polixena y pronto se presentará Odiseo para llevársela.

Hécuba canta su desesperación. A sus gritos acude Polixena, a la que su madre anuncia el triste hado que la aguarda. Polixena intenta consolarla y lamenta profundamente la soledad en que va a dejar a su madre.

El Corifeo anuncia la llegada de Odiseo; éste comunica a Hécuba la orden que ha recibido de los caudillos aqueos, en cuya junta él mismo ha defendido la necesidad de tal sacrificio.

Hécuba intenta inútilmente disuadirle de su plan, recordándole incluso que ella no lo denunció cuando entró como espía en Troya. Pide perdón para su hija y añade que es Helena a la que hay que sacrificar.

Odiseo, inexorable, contesta que él no puede salvar a Polixena. Hécuba pide a su hija que suplique a Odiseo, pero Polixena acepta con serenidad la muerte y reprocha a su madre el que se rebaje hasta el punto de suplicar a Odiseo. Ella ha nacido libre y de linaje real y prefiere morir también libre a vivir como esclava.

Hécuba se ofrece a morir en el lugar de su hija o con ella. Todo en vano. Polixena le es arrancada de sus brazos y se aleja llorando, por la desolación en que deja sumida a su madre.

El Coro de cautivas troyanas deplora las desventuras que trae consigo la esclavitud y se pregunta cuál será su lugar de destino.

Taltibio, heraldo de los aqueos, cuenta a Hécuba y al Coro la heroica muerte de Polixena. Ha mostrado la presencia de ánimo que corresponde a una mujer libre e hija de un rey. Ante su sacrificio todos han mostrado su admiración; éstas han sido sus últimas palabras: "¡Oh argivos, que habéis arrasado mi ciudad, muero por mi propia voluntad! ¡Que nadie toque mi cuerpo! Ofreceré mi cuello con corazón intrépido. ¡Por todos los dioses, dejadme libre, para morir libre bajo vuestros golpes! Yo, una princesa, sentiría vergüenza de que me llamaran esclava entre los muertos".

Orgullosa en medio de su dolor, Hécuba se dispone a rendirle los honores fúnebres, en la medida en que se lo permita su precaria situación. Prepara la lustración y exposición del cadáver de su hija.

El Coro deplora los desastres de la guerra de Troya y recuerda que el juicio de París fue el origen de tamaños males. Hécuba comprende que se ha cumplido la primera de las desventuras que se le habían presagiado. Como anuncio de la segunda, llega una cautiva portando el cadáver de Polidoro.

El Coro presenta a Agamenón, que entabla un diálogo con Hécuba. Esta le expone la justa necesidad de vengar la muerte de su hijo, castigando a su asesino y solicita su colaboración para llevar a cabo la venganza: "Yo no podría vengar a mi hijo sin su ayuda. (Arrodillada ante Agamenón) ¿Ves este muerto, sobre el que yo he vertido lágrimas?... Era mi hijo... No es uno de los hijos de Príamo muertos en Troya... Su padre le había hecho partir... con el oro que guar­daba para su perdición... al país donde se le ha encontrado muerto... Lo mató (Polimestor), su huésped, cuando se enteró de la ruina de los frigios... y no lo consideró digno de una tumba... sino que lo arrojó al mar... Si lo que yo he sufrido te parece una obra piadosa, me resignaré. En caso contrario, véngame de este hombre, el más impío de los huéspedes, ...que ha perpetrado el más abominable de los sacrilegios...Yo soy sólo una esclava, débil, sin duda. Pero los dioses son fuertes y también lo es la ley, que reina sobre ellos, pues nos hace creer en los dioses y vivir discer­niendo lo justo de lo injusto... Junto a ti duerme mi hija, la profetisa llamada Casandra por los frigios. ¿Cómo podrás demostrar, señor, que sus noches te son gratas? ¿Qué favores obtendrá mi hija... y obtendré yo, gracias a ella?... ¿Ves este muerto? Trátalo bien, puesto que es cuñado tuyo... ofrece a una mujer anciana tu brazo vengador... es propio de un hombre de bien servir a la justicia..."

Agamenón contesta con evasivas: "Siento piedad por ti y por tu hijo y por tus desdichas...; deseo, tanto en interés de los dioses como de la justicia, el castigo del huésped impío; (yo lo castigaría), si ello pudiera resultar satisfactorio para ti, sin que, ante el ejército, diera yo la impresión de haber maquinado, por amor a Casandra, la muerte del rey de Tracia. El ejército ve en este hombre a un amigo y, por el contrario, considera enemigo al muerto... Tú me ves deseoso de acudir en tu ayuda, pronto a socorrerte..., pero yo me expongo a ser acu­sado por los aqueos".

Ante la negativa a colaborar, Hécuba le pide, que, al menos, sea su confidente: "Puesto que tienes miedo y concedes tanta beligerancia a la multitud, yo me encargo de liberarte de este temor. Si maquino la muerte del asesino, si no eres mi cómplice, puedes ser, al menos, mi confidente. Pero, si entre los aqueos estalla algún tumulto o surge una tentativa de ayuda, cuando el tracio sufra lo que va a sufrir, impídelo sin que parezca que lo haces por mí... Yo sabré organizarlo todo perfectamente".

El Coro evoca la conquista de Troya.

Hécuba hace venir a Polimestor, fingiendo que no sabe nada acerca de la muerte de Polidoro. En un diálogo con Polimestor, Hécuba le dice: "La costumbre prohibe a las mujeres mirar cara a cara a los hombres... Se trata de un asunto personal. Quiero revelarlo a ti y a tus hijos. Ordena, pues, a tu escolta que se aleje, que se mantenga apartada de esta tienda... Para empezar, ¿Vive aún mi hijo Polidoro, a quien recibiste... para guardarlo en tu palacio? Lo demás te lo preguntaré enseguida... ¿Se acuerda de mí?... ¿Está a salvo el oro que llevó de Troya?... ¿Sabes lo que quiero deciros a ti y a tus hijos?... hay un antiguo escondrijo del oro de los priámidas..."

Polimestor contesta: "¿Es eso lo que quieres indicarle a tu hijo?"

Hécuba: "Precisamente por medio de ti. Pues eres un hombre piadoso".

Polimestor objeta: "¿Qué necesidad hay, entonces, de la presencia de mis hijos?"

Hécuba responde: "Es mejor que ellos lo sepan, por si mueres tú... Quiero que seas tú quien guarde las riquezas que he traído conmigo. Están guardadas en las tiendas reservadas a las cautivas... Nosotras estamos solas en ellas. Entra, pues".

Polimestor, estimulado por la codicia, cae en la trampa y entra con sus hijos en las tiendas de las esclavas. El Coro avisa de lo que va a suceder. Sale Polimestor ciego: "¡Me han dejado ciego!.. ¡Ay de mí, un golpe aún más terrible! ¡Una matanza espantosa!"

Hécuba, exultante de gozo, por haber consumado su venganza, le contesta: "Jamás volverás a poner en tus pupilas la mirada brillante, ni verás vivos a tus hijos, a los que yo he matado... con la ayuda de las valerosas troyanas".

Polimestor lanza improperios contra las que lo han dejado ciego. Atraído por sus gritos, llega Agamenón y, convertido en arbitro de la disputa surgida entre Hécuba y Polimestor, dice a éste: "Expulsa de tu corazón al apasionamiento propio de un bárbaro. Os escucharé a ti y a ella, por turno, para juzgar con equidad por qué has sufrido semejante trato".

Polimestor, aludiendo a Polidoro, contesta: "Hablaré, pues. Polidoro era un hijo de Príamo y de Hécuba, el más joven. Su padre... lo alejó de Troya y me lo confió para que lo criara en mi casa, presintiendo... la con­quista de la ciudad... Escucha por qué lo maté y verás que he obrado bien y con sabia previsión. Temí que, si él sobrevivía,... reuniría de nuevo a los troyanos y repoblaría Troya. Además temí que, si los aqueos se enteraban de que vivía aún uno de los hijos de Príamo, organizarían de nuevo una expedición guerrera contra el país de los frigios y,... luego, devastarían estos campos de Tracia..."

Hécuba rebate los argumentos capciosos de Polimestor: "Fue el oro lo que mató a mi hijo y también tu afán de lucro... Cuando Troya era próspera y sus murallas aún la rodeaban, cuando vivía Príamo y florecían las armas de Héctor... ¿por qué no mataste al niño... que criabas en tu casa... o lo entregaste vivo a los argivos, si querías hacer un favor a Agamenón?... En cambio, mataste al huésped llegado a tu hogar, cuando nosotros no estábamos ya bajo la luz del sol, sino bajo los golpes de nuestros enemigos... Si realmente eras amigo de los aqueos, cuando éstos se hallaban en extrema necesidad, exiliados, lejos de su patria, deberías haberles dado este oro. Pero incluso ahora no tienes el valor de apartar de él tu mano, persistes en guardarlo en tu casa... Es en la desgracia donde se puede comprobar mejor la amistad de los hombres de bien; la prosperidad encuentra siempre amigos por sí misma... Agamenón, si acudes en su ayuda, parecerás un malvado, pues favorecerás a un hombre carente de piedad y del sentido del deber, a un huésped que no respeta la religión ni la justicia".

Agamenón dicta su sentencia y, refiriéndose a Polimestor, dice: "Resulta penoso juzgar las faltas de otro. Sin embargo, es preciso hacerlo... Si quieres saber mi opinión, creo que no ha sido mi interés personal, ni el de los aqueos lo que te ha inducido a matar a tu huésped, sino el deseo de guardar el oro en tu palacio... Es posible que en vuestro país carezca de importancia la muerte de un huésped; pero entre nosotros, los helenos, es un crimen abominable. ¿Cómo evitaría yo la deshonra, si te absuelvo? Has osado perpetrar una acción infame, sufre, pues, ahora ese castigo tan desagradable".

Polimestor profetiza el destino que aguarda respectivamente a Hécuba y a Agamenón. Hécuba se convertirá en una perra con mirada de fuego; su tumba se llamará "sepulcro de la perra infeliz" y será una señal para los navegantes. Agamenón será asesinado en Argos por su esposa Clitemnestra, que también dará muerte a Casandra, la hija de Hécuba.

Agamenón encarga a Hécuba que entierre los cadáveres de Polixena y Polidoro. Después, ordena que las cautivas vuelvan a las tiendas de sus amos.

El Coro ratifica las últimas palabras de Agamenón.

* * *

En la presente tragedia Eurípides combina dos temas, bien diferenciados, del ciclo troyano, el del sacrificio de Polixena y el del asesinato de Polidoro, tema tra­tado después por Virgilio en la Eneida. El nexo entre ambos temas, que da unidad formal a la obra, es el sufrimiento de su madre Hécuba. En la primera parte de la tragedia destaca la resignación de ésta ante el inexorable destino; en la segunda, la satisfacción de sus ansias de venganza.

En el curso de la acción se ven reflejadas las penalidades de las cautivas troyanas, que contrastan con el orgullo y la crueldad de sus amos, la violación de los derechos del vencido y, sobre todo, el sacrificio humano y la necesidad de una igualdad ante la justicia.

El personaje de Hécuba muestra, como el de Medea, su profundo dolor y su irrefrenable voluntad de vengarse del atropello del que se siente víctima. El odio que Hécuba ha incubado contra Polimestor, el asesino de su hijo, genera en la anciana una energía inconcebible, que le permite llevar a cabo el horrible castigo de su impío enemigo. Al no contar con la colaboración de Agamenón, le pide que, al menos, no se oponga a la venganza, que ella está dispuesta a tomarse por su mano, ayudada por la solidaridad de las demás compañeras de cautiverio.

Polixena es una de esas jóvenes heroicas frecuentes en Eurípides, a la vez humanas y sencillas (Alcestis, Ifigenia, Macaria,...); figuras que desmienten la fama de misógino que acompañó a su creador literario.

Las desventuras de Hécuba reaparecen reflejadas en Las Troyanas, del propio Eurípides y en la tragedia del mismo título de Séneca. Ennio y Accio compusieron también sendas obras sobre Hécuba, de las que sólo quedan algunos fragmentos.

Esta tragedia, que apenas tuvo repercusiones en la literatura antigua, fue muy leída en la época bizantina y en el Renacimiento. Hacia el año 1530, la tradujo al español Fernán Pérez de Oliva, el primero que dio a conocer en España el teatro griego.