Ἱππόλυτος / Hipólito

Estrenada el 428 a. C.

Obra representada el año 428 a.C., poco después de la muerte de Periceles, víctima de la famosa peste de Atenas.

Desarrolla el mito de Hipólito, hijo de Teseo y de la amazona Hipólita, hija de Marte.

La acción tiene lugar en Trozén (o Trecén) y, en un extenso monólogo, la diosa Afrodita informa al público sobre los antecedentes del drama: "Soy la diosa Cipris (Afrodita)... Tengo en gran estima a todos los que reverencian mi poderío y derribo a los que me tratan con soberbia... Demostraré muy pronto la verdad de mis palabras. El hijo de Teseo y de la Amazona, Hipólito,... es el único, entre los ciudadanos de esta tierra de Trecén, que dice que soy la más odiosa de las divinidades; rechaza el amor y no acepta el matrimonio. En cambio, rinde culto a... Ártemis... Por las faltas que ha cometido contra mí, castigaré hoy mismo a Hipólito... Fedra, la noble esposa de su padre, lo vio y su corazón fue presa de un insensato amor, de acuerdo con mis designios... Desde que Teseo ha dejado la tierra de Cécrope (Atenas).... resignándose a un año de exilio fuera de su país, la desdichada se consume en silencio,... herida por el aguijón del amor y ninguno de los de la casa conoce su mal... Se lo revelaré a Teseo y... el jovencito que me hace la guerra morirá víctima de una de las maldiciones paternas... Porque Poseidón... concedió a Teseo el privilegio de dirigir a su divinidad tres peticiones... Fedra morirá también".

Tras este monólogo de la diosa del amor, aparece en escena Hipólito, acompañado de un grupo de cazadores, que, de regreso de una cacería, entonan un canto a Ártemis, cuya imagen viene a honrar el joven con una corona de flores.

Un sirviente invita a Hipólito a rendir también culto a Afrodita, cuyo templo se halla cerca. Hipólito, que sólo quiere seguir a Ártemis, rechaza su invitación. El sirviente ruega a la imagen de Afrodita que perdone la insolencia de Hipólito, que muestra su desdén por la diosa, y se retira.

El Coro de mujeres de Trozén deplora la triste situación de Fedra, aquejada de un misterioso mal: "Agotada sobre el lecho del dolor, yace enferma en la casa... Desde hace más de dos días, su divina boca no ha probado el fruto de Deméter. Aquejada de una dolencia de naturaleza desconocida, pretende arrastrarse hasta el funesto término de la muerte".

El Coro ruega por Fedra a Ártemis.

Sale del palacio Fedra, apoyada en sus sirvientas. La acompaña su vieja nodriza, que trata de indagar el origen de su mal. Pero Fedra, en su delirio, expresa así sus absurdos pensamientos: "¡Llevadme a la montaña! Iré hacia la selva y caminaré entre los pinos, por donde corren las jaurías... que persiguen a las ciervas... Deseo azuzar con mis gritos a los perros y lanzar... la jabalina..."

La nodriza no comprende el significado de tan extrañas palabras y comenta: "Los sentimientos amorosos que contraen los mortales deberían guardar cierta moderación y no adentrarse hasta los tuétanos del alma; sus resultados deberían tener una solución fácil, para desviarlos o para estrechar más sus lazos".

Luego pregunta a Fedra, que le contesta: "Mis manos permanecen aún puras; es mi corazón el que está contaminado... A mi pesar y a pesar suyo, un amigo es la causa de mi ruina... Intento salir noblemente de esta vergonzosa situación... ¿Qué es eso que se llama amor entre los humanos?... En cuanto a mí, tan sólo he experimentado su lado amargo..."

Después, recuperado el sentido, confiesa que el objeto de su apasionado amor es Hipólito; y añade: "Tan pronto como me hirió el amor, yo buscaba cómo sufrir su herida con el mayor honor posible. Comencé, pues, por callar y ocultar mi dolencia... Me propuse sopor­tar con dignidad mi loca pasión, sobreponiéndome a ella con la sensatez... Al ver que mi resistencia no conseguiría vencer a Cipris, decidí morir".

La nodriza y el coro acogen su confesión con muestras de espanto. La nodriza intenta calmar a Fedra, la cual, una vez calmada, reconoce lo abominable de su pasión y declara que está decidida a no dejarse vencer por ella. Está dispuesta a morir para no deshonrar a su familia y a sus hijos. La nodriza, que la quiere y no está dispuesta a pensar en su muerte, le dice que hay que evitar el deshonor mediante el secreto:
"Estás enamorada. ¿Qué tiene esto de particular? A más de un mortal le pasa lo mismo. ¿Vas a quitarte la vida por este amor?... Cipris es irresistible..., camina sobre las alturas del cielo, está en las olas del mar y todo nace de ella. Es la que siembra la vida y concede el amor, al que todos debemos el haber nacido sobre la tierra... Concede, pues, una tregua a tus malos pensamientos... Ten el valor de amar; lo ha querido una divinidad... ¿De qué sirven las grandes palabras? Tú no necesitas discursos llenos de sensatez, sino al hombre que tú sabes. Hay que revelarle, sin rodeos, tu caso... Si tú estuvieras en tu sano juicio, yo no te llevaría jamás por este camino, para facilitarte tus desahogos amorosos..., pero ahora se trata de salvarte la vida y en ello no hay nada censurable".

Fedra rechaza las tentaciones de la nodriza e insiste en el suicidio: "Tus palabras son acertadas, pero infames. No sigas adelante".

La nodriza insiste: "Yo tengo en casa unos filtros capaces de encantar al amor, ...los cuales, sin desdoro alguno, sin causar daño a tu mente, pondrán fin a esta dolencia tuya... Mas es preciso obtener del ser amado alguna prenda personal, un mechón de sus cabellos,..."

El Coro canta el gran poder de Eros, sobre todos los seres vivos.

Tras su resistencia inicial a las proposiciones de la nodriza, Fedra acaba consintiendo; pero dice: "Temo que digas algo al hijo de Teseo".

La vieja contesta: "Déjame hacer".

Después, entra en palacio para hablar a Hipólito. Fedra permanece a la escucha y de sus palabras se deduce la reacción de Hipólito ante las proposiciones de la nodriza:
"La cosa está muy clara. Habla de la infame alcahueta que ha traicionado el tálamo de su señor... ¡Me ha perdido, al revelar mis desdichas! No veo más que una salida. La muerte inmediata es el único remedio de las calamidades presentes".

En efecto, Hipólito se indigna ante lo que acaba de oír. La nodriza le suplica que guarde silencio sobre el caso y le recuerda que ha jurado no decir nada de lo que iba a oír de ella.

El Coro desea evadirse de la escena. Evoca el abandono de Fedra de su casa paterna en pos de un destino funesto.

Hipólito reniega de su juramento de guardar silencio y se desahoga profiriendo violentas imprecaciones contra las mujeres. Sin embargo, respetará la palabra dada a la nodriza y callará frente a leseo, cuando éste regrese.

La vergüenza y la desesperación de Fedra se desatan en improperios contra sí misma y contra la nodriza.

Ruega al Coro que guarde silencio sobre lo que ha oído e insiste, una vez más, en darse muerte. Así lo presiente el Coro: "A este presagio ha correspondido un mal terrible; el impío amor infundido por Afrodita le ha roto el alma; sumida en su cruel infortunio, va a atar una soga en el techo de su cámara nupcial y la ajustará después en torno a su blanco cuello".

La nodriza corrobora que se ha cumplido el presentimiento del Coro y, desesperada, anuncia que Fedra se ha ahorcado.

En ese momento regresa de Delfos Teseo. Descubre la muerte de su esposa y ve en su mano una tablilla que "grita cosas terribles". Se trata de una calumniosa acusación de Fedra contra Hipólito. Asegura que éste ha osado tocar a la esposa de su padre y que ella muere de vergüenza y desesperación.
Teseo pide a Poseidón que mate a su hijo Hipólito: "Lo expulsará del país y lo herirá uno de estos dos destinos: o Poseidón lo enviará muerto a la mansión de Hades o, exiliado de esta tierra, errante sobre suelo extranjero, soportará una vida preñada de miserias".

Llega Hipólito y, cuando saluda con afecto a su padre, éste le acusa de un delito abominable. Hipólito intenta en vano disculparse, pero no traiciona el juramento dado a la nodriza:
"Juro por el Zeus que garantiza los juramentos... que jamás he atentado contra el honor de tu esposa, ni con la voluntad, ni tan siquiera con el pensamiento... Que muera yo sin gloria, sin renombre,... que ni el mar ni la tierra reciban mi cadáver, si soy un malvado... No me está permitido decir más..."

Teseo le acusa de hipocresía, no da crédito a sus palabras y lo destierra.

El Coro lamenta el triste destino de Hipólito.

Un compañero de éste describe a Teseo la muerte de su hijo:
"Ha sido víctima de su propio carro y de las maldiciones de tu boca; maldiciones que tú habías dirigido a tu padre, el rey de los mares, contra tu propio hijo... Estábamos peinando la crin de los caballos... a la orilla del mar... Estábamos llorando, puesto que había venido un mensajero a decirnos que Hipólito no volvería a pisar esta tierra, afectado por tu orden de su deplorable destierro... Nos dijo (Hipólito): 'hay que obedecer las órdenes de un padre. Uncid al carro los caballos...; esta ciudad no es ya la mía...' Llevamos los caballos preparados junto a nuestro señor. Él aferra las riendas con sus manos... y fustiga a los caballos... a lo largo del camino que va directamente a Argos y a Epidauro... Llegamos a un paraje desierto, donde... una costa escarpada se extiende hacia el golfo Sarónico. De pronto surgió de la tierra un fragoroso ruido, semejante al trueno de Zeus, exhalando un profundo bramido, espantoso de oir. Los caballos, levantando la cabeza hacia el cielo, enderezaron sus orejas... Y, al volver nuestras miradas hacia la resonante ribera, vemos algo prodigioso: una ola gigantesca, que tocaba el cielo,... avanzó hacia la orilla, en el lugar donde estaba la cuadriga (de Hipólito)... y vomitó un toro salvaje, monstruoso; la tierra entera, repleta de sus bramidos, respondía con eco tremendo... De pronto un pánico espantoso se apoderó de los caballos; su amo... aterra con ambas manos las riendas; pero los corceles, tascando el freno..., se lanzan desbocados, sin obedecer la mano del auriga... y, si conseguía enderezar su carrera, el toro se les ponía delante y hacía dar la vuelta a la cuadriga, enloquecida de espanto... Por fin, hizo que el carro perdiera el equi­librio y volcara, haciendo chocar una de sus ruedas contra una roca. Todo aparecía en confuso montón; ...el infortunado (Hipólito), enredado entre las riendas, se ve arrastrado, prisionero en este lazo inextricable; con su pobre cabeza rota contra las peñas y su cuerpo desgarrado, lanza gritos horribles..."

Teseo ordena que traigan a Hipólito para comprobar que el castigo de los dioses ha probado su crimen.

El Coro exalta el poder de Afrodita y de Eros.

Aparece Ártemis, que no permite que el joven muera calumniado, y revela a Teseo toda la verdad: "Desdichado Teseo, ¿por qué te alegras? Has matado impíamente a tu propio hijo, al hacer caso de las acusaciones calumniosas de tu esposa... Escucha, Teseo, la historia de tus desventuras... He venido a mostrarte que tu hijo era un joven muy justo, para que muera cubierto de gloria. Tu esposa tenía un corazón enloquecido por la pasión amorosa... La diosa más odiada por todos los que hallamos placer en la virginidad la había herido con su aguijón, la había inflamado de amor por tu hijo. Ella recurría a su razón para vencer a Cipris, pero, a pesar suyo, sucumbió a las artimañas de su nodriza..."

Sus compañeros traen en sus brazos a Hipólito malherido. Éste habla así a su padre: "Lloro más por ti que por mí, a causa de tu error".

Teseo replica: "¡Ojalá pudiera estar yo muerto en tu lugar, hijo mío!... Los dioses habían extraviado mi razón".

Aparece Ártemis y consuela a Hipólito diciéndole: "Cipris es la única causante de todo... Y a ti, infortunado, ... te concederé los más grandes honores en la ciudad de Trecén. Las jóvenes doncellas, antes de celebrar sus bodas, cortarán en tu honor su cabellera; y, a través de los tiempos, recibirás el más amplio tributo de lágrimas de duelo. Inspirándose en ti, las vírgenes compondrán siempre sus canciones y el amor que Fedra ha sentido por ti no caerá en el silencio del olvido".

Y, dirigiéndose a Teseo: "Y tú, hijo del viejo Egeo, coge en tus brazos a tu hijo y estréchalo contra tu corazón. Lo has matado sin querer; es propio de hombres el errar, cuando lo permiten los dioses. Y tú, Hipólito, no guardes rencor contra tu padre; ya conoces ahora el destino que te ha perdido".

Hipólito se reconcilia con su padre y muere en sus brazos.

* * *

Se han perdido las tragedias sobre Fedra de Sófocles y del propio Eurípides. Hipólito, según versión del argumento, nos presenta a Fedra, la hermana de Ariadna, como segunda esposa de Teseo. En esta tragedia Eurípides pinta minuciosamente las pasiones que, en su exasperación, pueden conducir a los humanos a los mayores extravíos e incluso a la locura.

El tema tiene como trasfondo la lucha entre Afrodita, la diosa del amor y la virginal Ártemis, a la que está consagrado el joven cazador Hipólito. En esta pugna entre ambas diosas reaparecen en escena el elemento divino y el destino inexorable. El problema básico lo plantea la hybrís o insolencia de ambos protagonistas frente a la omnipotencia de ambas divinidades, Ártemis y Afrodita. Ésta castiga a Hipólito por infringir la ley natural del amor. El autor critica la arbitrariedad con la que los dioses manejan, como marionetas, a los seres humanos.

Al final de la obra, Ártemis revela a Teseo la verdad y establece en Trozén el culto a Hipólito, origen de este mito. Se trata, pues, de una leyenda etiológica, es decir, que intenta explicar las causas de un rito.

La leyenda en cuestión era muy antigua. Fedra aparece ya, en la Odisea (XI, 321- 326), entre las mujeres famosas que describe Odiseo en su viaje al mundo de los muertos. En los Cantos de Naupacto, atribuidos al poeta Carcino, se decía que Hipólito había sido resucitado por Asclepio. En Trozén se rendía culto a Hipólito, cuyo recuerdo iba ligado al de Fedra; la tumba de ésta estaba cerca de la de Hipólito. Aunque éste es el protagonista que da título a la obra, el interés de su autor se orienta hacia el análisis psicológico de Fedra, la otra víctima de Afrodita, una de las creaciones más logradas de Eurípides. Hipólito, en cambio, es un simple ins­trumento y, a la vez, inocente víctima de la desgraciada pasión de Fedra, infundida por la diosa del amor.

Con el tema de la mujer que siente un amor prohibido por su hijastro y que, al ser rechazada por éste, lo calumnia, Eurípides inició un desarrollo, que, poco a poco, fue subrayando esta parte como la más interesante del argumento.

El motivo del amor incestuoso de una mujer por un joven casto era muy conocido en las literaturas orientales. Ya en la Biblia vemos el motivo de la calumnia en el caso de José y la mujer de Putifar.

Eurípides logra una de sus obras maestras, al describir la irrefrenable pasión de una mujer enamorada, de un amor prohibido, frente a la castidad de un joven puro. Crea, además, en la figura de la nodriza, el precedente remoto de la alcahueta, de la Celestina, fiel a su señora, cuya enfermedad amorosa intenta curar.

Séneca adaptó la versión de Eurípides, incluyendo rasgos de la cuarta Heroida de Ovidio. Al analizar la Fedra de Séneca, se hablará de las repercusiones de este mito en la literatura posterior.