Ἡρακλειδαί / Los Heráclidas
Estrenada el 430 a. C.Obra representada probablemente entre los años 430-427 a.C. durante la guerra del Peloponeso.
Trata del mito de la persecución de los hijos de Heracles por parte de Euristeo y de la venganza de los Heráclidas sobre su perseguidor.
Muerto Heracles, su mortal enemigo Euristeo, rey de Argos, intenta eliminar a los hijos del héroe, para evitar futuras revanchas.
En el prólogo, el anciano Yolao describe la huida de los Heráclidas, guiados por él y la anciana madre de Heracles, Alcmena, y su llegada a Atenas: "Soy el único que participó, junto a Heracles, en la mayoría de sus trabajos, cuando
él vivía entre nosotros; y ahora que el cielo es su morada, protejo a sus hijos... Pues, en cuanto su padre abandonó la tierra, Euristeo quiso darnos muerte. Sin embargo, huímos... Huímos, sí, a la aventura, emigrando de una ciudad a otra... En efecto, Euristeo, cuando se entera de que nos hemos detenido en cualquier parte, envía allí a sus heraldos, reclama nuestra entrega y hace que nos expulsen del país... Expulsados de toda la Hélade, hemos llegado a Maratón... y, suplicantes, estamos sentados junto a los altares de los dioses, para que éstos nos ayuden. Porque estas llanuras, según dicen, están habitadas por los hijos de Teseo... Hemos llegado a las fronteras de la ilustre Atenas..."
Llega Capreo, heraldo de Euristeo, y ordena a Yolao que lo siga a Argos con los Heráclidas: "¡En marcha!... Vamos para Argos donde te aguarda una condena a muerte por lapidación... Y a éstos (alude a los hijos de Heracles), quieras o no, me los llevaré, porque estimo que pertenecen a Euristeo, su dueño".
El anciano Yolao pide socorro. Grita que se atrepella a los suplicantes y que se viola el altar de Zeus.
El Coro insiste en la penosa situación de los Heráclidas y apoya a los suplicantes. El corifeo pide al heraldo que exponga sus razones a Demofonte, hijo de Teseo y rey de Atenas.
Llega Demofonte y pregunta quién es el heraldo y qué pretende. El heraldo afirma el derecho de señorío de Euristeo, expone sus pretensiones y amenaza con la guerra, si no le dejan llevarse a los fugitivos: "Soy argivo... He sido enviado aquí por Euristeo, señor de Micenas, para llevarme a éstos... Son desertores escapados de mi país, cuyas leyes han decretado su muerte... Escucha lo que tú puedes sacar de nosotros, si permites que nos los llevemos: adquirirías para tu ciudad todo el apoyo de las inmensas fuerzas de Argos y del poderío de Euristeo. En cambio, si te dejas ablandar... por los llantos de estas gentes, será la lanza la que resuelva este asunto".
Yolao invoca el derecho sagrado de los suplicantes, alega que los Heráclidas no pertenecen ya a Argos y, además, tienen vínculos de parentesco con Demofonte. Incita a Atenas a no ceder ante las amenazas argivas: "Entre este hombre y nosotros no hay nada en común... (Al heraldo) Si (los atenienses) te dan la razón, ya no considero libre a Atenas... Pero yo conozco bien su voluntad y su naturaleza: preferirían morir, pues entre los hombres de gran corazón el honor es más apreciado que la propia vida".
Demofonte asume la defensa de los suplicantes, por razones de piedad religiosa y de honor nacional. No quiere la guerra, pero tampoco la teme. El Coro exhorta a tomar medidas frente al ejército argivo. El heraldo se retira, mientras profiere amenazas: "Me marcho, porque un solo brazo es débil en la batalla. Pero volveré aquí... con el ejército del Ares argivo, cubierto de bronce de pies a cabeza... Me esperan, por miles, hombres portadores de escudo y también Euristeo, mi señor, que manda personalmente el ejército... Cuando reciba noticias de este ultraje, estallará su furia contra ti, tu ciudad, tu territorio y sus cultivos".
Yolao muestra su alegría, da las gracias a Demofonte y pide a los hijos de Heracles que guarden eterna gratitud a Atenas: "Si algún día alumbra para vosotros el retorno a vuestro país, si recuperáis la casa y los honores de vuestro padre, ved siempre en los atenienses a vuestros salvadores, a vuestros amigos y jamás alcéis contra su suelo la guerra enemiga..."
Euristeo se presenta con sus tropas en la frontera y Demofonte se apresta a la lucha.
El Coro echa en cara a Euristeo su insensatez y se declara dispuesto a tomar las armas en defensa de las sagradas leyes y del honor de la patria.
Yolao se sorprende de la vuelta de Demofonte, que advierte que los dioses, para apoyar a los atenienses exigen que se sacrifique, en honor de la hija de Deméter, una doncella de noble estirpe: "He sondeado las viejas profecías... saludables para nuestro país... y todas ellas concuerdan en esto: me ordenan que degüelle en honor a Core... una doncella nacida de un padre de noble origen... No voy a matar a mi hija, ni obligaré a ningún otro de mis ciudadanos a matar a una hija suya, contra su voluntad... Si me arriesgara a hacerlo, estallaría una guerra civil".
Yolao ofrece al rey inmolarse él, como víctima, a la venganza de Euristeo: "Si agrada a los dioses que tal suerte sea la mía, nuestra gratitud hacia ti no será menor... En cuanto a mí, si es preciso morir, me importa poco... Entrégame a mí a los argivos, en lugar de ellos, señor. Que mis niños se salven, sin que tú corras peligro".
Demofonte alega que de nada serviría la muerte de un anciano.
Desde el interior del templo, Macaria, una hija muy joven de Heracles, ha oído el llanto de Yolao y acude a preguntar la causa. Al enterarse, se ofrece a morir por los suyos y por Atenas. En su emotiva despedida declara que prefiere una muerte libremente aceptada a verse deshonrada y esclava:
"Cesa ya de temblar ante la lanza argiva. Aquí me tienes; yo misma, anciano, sin esperar la orden, estoy dispuesta a morir, a ofrecerme como víctima del sacrificio. ¿Qué se puede objetar, en efecto, cuando esta ciudad, por defendernos, consiente en asumir un enorme riesgo, ...si huimos ante la muerte? Nada... ¡Vaya unas ventajas, por cierto, si..., una vez tomada esta ciudad, caigo yo en manos del enemigo... y sufro la deshonra, para acabar, de todos modos, yendo a ver a Hades!... ¿Acaso no es mejor morir que sufrir estas desgracias inmerecidas?...Conducidme adonde deba perecer mi cuerpo, cubridlo de guirnaldas, comenzad el sacrificio... y venced a los enemigos... No moriré por decisión del azar... Entrego mi vida por voluntad propia, sin que nadie me obligue a ello... ¡Muero libremente!... Sígueme, anciano; quiero expirar en tus brazos; mantente a mi lado, para cubrir con sus vestiduras mi cuerpo... Acordaos de las honras fúnebres que debéis tributar a vuestra salvadora. Tendré derecho a las más hermosas, puesto que no os habrá faltado mi ayuda y habré muerto por salvar a mi linaje. En aras de este tesoro he sacrificado a mis hijos y mis virginales esperanzas. Sólo esto me queda, si es que hay algo en el mundo subterráneo. Sin embargo, ¡ojalá no haya nada! Porque, si también en él aguardan preocupaciones a los humanos que están a punto de morir, no sé dónde voy a refugiarme: la muerte es considerada como el remedio supremo de todos los males".Tras estas reflexiones sobre la muerte y la hipotética vida de ultratumba, Macaria se dirige a su triste destino entre las lamentaciones y alabanzas de todos. El Coro comenta las variadas vicisitudes del ser humano y la gloria que acompañará a Macaria. Tras su heroico sacrificio, la suerte comienza a sonreír a los Heráclidas.
En efecto, un sirviente cuenta a Yolao y a Alcmena la llegada de Hilo, el hijo mayor de Heracles y su participación en la lucha junto a los atenienses.
El viejo Yolao pide sus armas y se apresta a tomar parte en el combate. Tras el canto del Coro, que implora a Atenea la victoria para los defensores de la piedad y afirma que Zeus es su aliado, vuelve un sirviente y relata a Alcmena los detalles de la victoriosa contienda; el cobarde Euristeo no había aceptado un combate singular con Hilo y, sobre todo, se ha producido un portentoso rejuvenecimiento de Yolao, por obra y gracia de Zeus y Hebe: "Suplica (Yolao) a Hebe y a Zeus el favor de recobrar la juventud durante un solo día y de vengarse de sus enemigos. Y ahora vas a oir un prodigio. Dos astros se posaron sobre el yugo de sus caballos, envolviendo su carro con una oscura nube... Yolao, saliendo de las tinieblas que oscurecían el aire, desplegó el vigor nuevo de unos brazos juveniles. El ilustre Yolao se apoderó de la cuadriga de Euristeo y, tras atarle las manos con cadenas, vuelve trayendo, como honroso botín, al caudillo colmado anteriormente por los favores de la suerte"
El Coro canta la dicha de los amigos, la honra de los dioses, la boda de Heracles y el triunfo de Atenas sobre Euristeo.
Yolao conduce a Euristeo ante Alcmena, para que ésta decida sobre su suerte.
Alcmena, que ansia vengarse, lo condena a muerte, a pesar de que las leyes de Atenas ordenan respetar la vida de los prisioneros de guerra.
El corifeo aconseja a Alcmena que perdone a Euristeo, ya que así lo quiere Atenas. Euristeo intenta defenderse de las acusaciones de Alcmena, que le reprocha los desmanes que ha cometido contra Heracles y sus hijos. Alega que obró movido por la voluntad de Hera y por razones de Estado.
Alcmena se mantiene inexorable y se niega a perdonarlo.
En una alusión evidente a la guerra del Peloponeso, Euristeo profetiza que los Heráclidas se convertirán, con el tiempo, en enemigos de Atenas e invadirán el Ática y que, en cambio, su tumba protegerá la tierra de los atenienses: "Mujer,... para salvar mi vida no diré nada que permita tacharme de cobarde... Hera me hizo caer en este extravío... Sin desear la muerte, no gemiré por tener que abandonar la vida... Mátame, no te pido gracia...(Al Coro) Una vez muerto, enterradme donde decide el destino, a los pies de la divina virgen de Palene (Atenea). En mí, enterrado en este lugar, tendrá siempre esta ciudad (Atenas) un amigo, un meteco que será su salvador, y en los descendientes de éstos (es decir, de los hijos de Heracles) hallará el enemigo más declarado, cuando la invadan con un poderosos ejército, traidores al favor que ahora reciben".
Con la despedida del Coro finaliza la obra.
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Como en Heracles y Las Suplicantes, Eurípides plantea en esta tragedia un problema de carácter político-patriótico. Intenta contraponer la generosa defensa que Atenas hizo de los hijos de Heracles y el pago injusto que recibió de los descendientes de éstos. Alude, sin duda alguna, a las incursiones con que los espartanos arrasaron el territorio del Ática durante las guerras del Peloponeso.
Antes que Eurípides, esquilo había ya compuesto una tragedia del mismo título, cuyo argumento se desconoce.
En el tratamiento del tema Eurípides introdujo probablemente algunas innovaciones, como el episodio del sacrificio de la joven Macaria, el prodigioso rejuvenecimiento del anciano Yolao y la captura, muerte y sepultura de Euristeo.
Otra curiosa novedad es la reflexión sobre la vida de ultratumba y sobre la situación de los cautivos, tema éste no tratado anteriormente en una sociedad que consideraba normal la esclavitud.
Esta tragedia apenas tuvo repercusiones notables en la literatura posterior.