Μήδεια / Medea
Estrenada el 431 a. C.Obra representada el año 431 a.C., al comienzo de la guerra del Peloponeso. La tetralogía de la que formaba parte (Medea, Filoctetes, Dictis y el drama satírico Los Recolectores) sólo alcanzó el tercer puesto en el concurso.
En el prólogo, la vieja nodriza de Medea informa al público sobre los antecedentes del drama. Resume el mito de los Argonautas. Jasón llega al país de Medea en busca del "Vellocino de Oro". Medea se enamora de Jasón, le ayuda a conseguirlo y, tras matar a su propio hermano Absirtos, para favorecer su fuga, se refugia con Jasón y sus hijos en Corinto. En esta ciudad, Jasón está a punto de abandonarla, porque va a desposarse con Creúsa, la hija del rey Creonte. La nodriza describe la actitud de Medea, ofendida por el ultraje de que se siente víctima: "Sus hijos le inspiran horror, no siente la alegría de verlos. Me temo que adopte una decisión desesperada... La conozco y tiemblo ante la idea de que vaya a clavarse un afilado puñal... o de que mate al rey y a su esposo... porque es una mujer terrible".
Desesperada, Medea pasa, de los lamentos y los reproches, a un sombrío mutismo y no quiere ver a sus hijos. Llega con ellos el pedagogo y anuncia a la nodriza que el rey ha decretado el destierro de su señora: "Se dice que Creonte va a expulsar a estos niños del suelo de Corinto juntamente con su madre".
La nodriza, que conoce a fondo el carácter exaltado de Medea, presagia una horrible desgracia y recomienda al viejo pedagogo que mantenga a los niños alejados de su madre.
Se oyen en el interior del palacio los gritos de Medea, que maldice su negra suerte, su casa e incluso a sus propios hijos. La nodriza y el Coro, formado por mujeres de Corinto, la acompañan en sus lamentaciones y expresan sus temores. Después, por consejo del Coro, la nodriza entra en el palacio e intenta que salga de él Medea, pensando que el consejo de personas amigas puede calmar su furia.
Sale Medea y lamenta ante el Coro la suerte desdichada de todas las mujeres, especialmente la suya, ya que, sin parientes, sin amigos, asesina por culpa del hombre amado, está a punto de ser abandonada por él: "Este accidente imprevisto que acaba de abatirse sobre mí me ha destrozado el alma. Todo ha terminado para mí; he perdido la alegría de vivir; sólo me quedan ganas de morir... El que lo era todo para mi,... mi esposo, ha resultado ser el peor de los hombres... Nosotras, las mujeres, somos los seres más desgraciados... Para empezar, debemos prodigar el dinero para comprar un marido y dar un dueño a nuestro cuerpo... Cuando un hombre se cansa de la vida del hogar, se va fuera a olvidar las penas de su corazón; en cambio, nosotras... Se dice de nosotras que vivimos una vida exenta de riesgos en casa, mientras ellos combaten en la guerra... pero yo preferiría estar tres veces en primera linea, con el escudo al lado, a parir una sola vez".
Sólo le pide al Coro que guarde silencio sobre sus planes de venganza, aunque no los haya especificado.
Llega Créente y dice: "Medea, sal inmediatamente de esta tierra para el exilio, con tus dos hijos... No regresaré a mi palacio, hasta haberte arrojado fuera de nuestras fronteras... Temo que causes a mi hija algún mal irremediable... Eres experta en más de un maleficio y sufres por haber sido desposeída del lecho conyugal... Oigo decir que profieres amenazas contra el padre que ha dado en matrimonio a su hija y contra el esposo y la esposa".
Medea finge que se resigna a vivir marginada, abandonada por su marido: "Celebrad la boda, sed felices, pero dejadme vivir en esta tierra. Sufriré en silencio la injusticia de la que soy víctima, ya que he sido vencida por quienes son más poderosos que yo".
Después, pide a Creonte que le conceda el plazo de un solo día, ya que debe preparar su salida para el destierro. Vencido por sus insistentes ruegos, el rey accede a ellos. Medea declara abiertamente sus planes: "El futuro reserva horas muy críticas a los recién casados y duras pruebas a los suegros... (Creonte) ha sido tan necio, que, pudiendo hacer fracasar mis planes, expulsándome del país, me ha permitido quedarme en él un día, en el que mataré a tres de mis enemigos, al padre, a la hija y a mi esposo".
Aparece en escena Jasón y ambos esposos se enzarzan en una disputa llena de dramatismo. Así la inicia Jasón: "Tú podías vivir en esta tierra y en esta casa, soportando fácilmente las decisiones de los que son más poderosos, pero por tus insensatas palabras serás expulsada del país... Eres muy libre para decir que Jasón es el peor de los hombres, pero,... después de las amenazas que has proferido contra los soberanos, el ser castigada sólo con el destierro constituye una verdadera ganancia para ti".
Medea le contesta: "Yo te salvé... cuando se te envió a uncir al yugo los toros que vomitaban fuego y a sembrar el campo de la muerte. Hice brotar para ti la luz de la salvación, matando a la serpiente que guardaba el vellocino de oro... Yo misma he traicionado a mi propio padre y a mi casa para seguirte hasta Yolcos... con más ardor que sensatez; yo hice morir a Relias... a manos de sus hijas... Y, a pesar de haberte tratado así, nos has traicionado; aunque ya tenías hijos, has entrado en un lecho nuevo... Se ha desvanecido la confianza en tus juramentos..."
Jasón atribuye al dios Eros la conducta de Medea: "Eros te obligó, con sus dardos inevitables, a salvar mi persona".
Después recuerda a Medea las ventajas de que ella ha disfrutado desde que abandonó su patria. A continuación trata de justificar sus "nuevas nupcias", alegando que son un matrimonio de conveniencia, ya que en ellas sólo ve el único medio de asegurar un futuro digno para sus hijos y para la propia Medea, que habría podido vivir en Corinto, tranquila y honrada, si no se hubiera mostrado tan violenta: "Yo quería... asegurarnos una vida próspera, al abrigo de la necesidad,... procurar a mis hijos una educación digna de mi casa y, dándoles hermanos a los hijos nacidos de ti, colocarlos en situación de igualdad y cimentar mi felicidad en la unión de mi raza... Yo pretendo que los hijos que han de venir sirvan de ayuda a los que ya viven".
Luego, le ofrece ayuda económica y el apoyo de sus amigos, para sobrellevar el destierro: "Si quieres recibir alguna ayuda de mis bienes para los niños y tu propio destierro, habla; estoy dispuesto a dártela con mano generosa y a enviar contraseñas de hospitalidad a mis huéspedes, que te acogerán bien. Si rechazas estas ofertas, demostrarás que estás loca... Depón tu cólera y en ello encontrarás ventaja".
Medea, obnubilada su mente por el odio, rechaza toda ayuda:
"No me serviré de tus huéspedes, ni quiero recibir nada. Guarda para ti tus regalos; no hay provecho alguno en los dones de un malvado".
Después, alterna los reproches más apasionados con la exposición de su propia miseria y desolación, a la vez que profiere contra su marido las frases más despectivas y las más fieras amenazas.
El Coro exalta el poderío de Cipris, diosa del amor.
Llega Egeo, rey de Atenas, que ha ¡do a Delfos a consultar el oráculo de Apolo, porque no tiene hijos. Medea le informa sobre su propia situación y le pide que le conceda hospitalidad en Atenas. A cambio, le promete resolver el problema de su esterilidad con sus infalibles remedios. Egeo accede a su petición. Medea consigue que Egeo jure por la Tierra, por el Sol y por todo el linaje de los dioses, que nunca la entregará a sus enemigos.
El Coro elogia a Atenas y Medea expone, por fin, sus planes:
"Enviaré a uno de mis servidores a Jasón, para rogarle que venga a verme. Cuando llegue, le diré... que sus deseos son los míos y que apruebo su boda regia..., que sus decisiones son provechosas... Le pediré que mis hijos se queden aquí, ya que no quiero criarlos en país hostil...; pero sólo a fin de matar con mis engaños a la hija del rey. Porque voy a enviar a mis hijos con regalos, para que se los lleven a la esposa, a fin de evitar el destierro: un delicado peplo y una corona de oro cincelado. Si ella acepta estos adornos y los pone sobre su cuerpo, morirá de modo espantoso y, con la joven, todo aquel que la haya tocado: tal es el efecto de los venenos con los que voy a ungir estos presentes... Estoy dispuesta a matar también a mis hijos y,... tras haber arruinado a toda la casa de Jasón, saldré de este país..."
Para llevar a cabo su venganza, hace que venga a verla su marido. Cuando llega Jasón, simula que está arrepentida de su anterior arrebato de ira y que accede a la boda proyectada. Después, le ruega que interceda ante Creonte, para que éste permita a sus hijos vivir en Corinto. Jasón piensa que Medea ha recobrado ei juicio. Medea ha hecho venir a sus hijos, para que saluden a su padre. Al verlos y escuchar que Jasón les augura una existencia feliz en Corinto, Medea, en un acceso de ternura, llora. Luego, consigue dominar sus sentimientos de madre y les entrega los fatales regalos, para que se los lleven a la novia y rueguen a ésta que les permita vivir en su ciudad.
El Coro deplora la suerte de los hijos de Medea. Vuelve a escena el pedagogo con los niños y cuenta que los regalos han sido aceptados. Se asombra al ver llorando a Medea, pero imagina que está afligida por su inminente destierro.
Medea, en cambio, piensa en la atrocidad que va a cometer.
Despedido el pedagogo, Medea, en un famoso monólogo, da rienda suelta a los sentimientos encontrados que torturan su mente y su corazón. Fluctúa entre sus irrefrenables ansias de venganza y el amor que le inspiran sus hijos: "Mi corazón desfallece cuando veo la brillante mirada de mis hijos".
Los llama y los cubre de besos entre lágrimas sinceras. Vacila, piensa abandonar sus planes respecto a ellos. Hace que se vayan y vuelve a llamarlos, dudando entre satisfacer su pasión y cumplir los designios del hado.
Prevalecen, por fin, sus ansias de venganza.
El pedagogo describe los desgraciados acontecimientos que han tenido lugar en el palacio de Creonte. Un mensajero cuenta con más detalle lo ocurrido; dice a Medea: "Han muerto la joven princesa y Creonte, su padre, víctimas de tus venenos... la corona de oro, colocada sobre su cabeza,... lanzaba un prodigioso torrente de llamas devastadoras y el delicado peplo... devoraba la blanca carne de la desdichada... Cuanto más sacudía ella sus cabellos, tanto más aumentaba el resplandor de la llama. Cae, por fin, al suelo, sucumbiendo a su mal... Su desgraciado padre... se arroja sobre su hija muerta. Estalla en sollozos, la estrecha entre sus brazos y la cubre de besos... Cuando puso fin a sus lamentos y sollozos, intentó levantar su anciano cuerpo, pero, como se adhiere la hiedra a las ramas del laurel, quedóse pegado al delicado peplo y se produjo un forcejeo horrible... y el desdichado entregó su vida. Yacen ahora muertos, juntos, la hija y su anciano padre".
Medea se dirige al Coro: "Amigas mías, mi acción está ya decidida. He resuelto matar cuanto antes a mis hijos
y alejarme de este país".El Coro lamenta la ruina que amenaza a los niños. Tras los cantos del Coro, se escuchan los gritos de éstos, que piden auxilio.
Llega Jasón, dispuesto a salvarlos de las iras de los corintios, que tratan de castigarlos por haber sido portadores de los nefastos regalos que han causado la muerte de su rey y de la hija de éste. Jasón exclama: "He venido a salvar la vida de mis hijos".
El corifeo le dice: "Tus hijos han muerto a manos de su madre".
Jasón, enfurecido, pretende entrar por la fuerza en su hogar, para castigar a Medea, pero ésta aparece, de modo prodigioso, sobre un frontón de la casa, en un carro tirado por dragones alados, llevando consigo los cadáveres de sus dos hijos. Dice a Jasón: "Ellos ya no viven. Esto te matará".
Se sucede una serie de imprecaciones mutuas. Medea acusa a Jasón de haberse labrado su propia ruina y le niega la gracia de ver y tocar, por última vez, los cuerpos de sus hijos, a los que ella dará sepultura donde nadie pueda ultrajarla. Jasón invoca la venganza de Zeus y con sus palabras finaliza la obra.
* * *
La figura literaria de Medea no aparece documentada hasta Hesíodo (Teogonia, v. 956 ss.); en los poemas homéricos se cita ya a Esón, padre de Jasón, y a Pelias, tío de éste. En la leyenda de Circe, se habla del reino de Aetes, su hermano. Medea era hija de Aetes, rey de Cólquida. Jasón, tras haber superado las pruebas impuestas por su padre a los pretendientes de Medea, se llevó a ésta a Yolcos, se casó con ella y tuvo un hijo.
En algunos poetas líricos griegos se alude también a la leyenda de los Argonautas. Píndaro (Pít. IV) describe con detalle la famosa expedición que, en busca del "Vellocino de Oro", dirigió Jasón. Narra los hechos, desde la aparición de éste ante su tío Pelias, usurpador del trono de Esón, hasta el regreso de los expedicionarios a la isla de Lemnos, acompañados por Medea.
La muerte de Relias, instigada por Medea, obligó a Jasón a abandonar Yolcos, llevando consigo a su esposa y su hijo, Mérmero. Las diversas variantes de la leyenda coinciden en la estancia de ambos esposos en Corinto. Varían, en cambio, sobre la muerte de sus hijos. Según unas, murieron a manos de los parientes de Creonte; algunas afirman que los corintios vengaron con su muerte la de su rey; otras atribuyen a Medea la muerte de sus propios hijos.
Aunque Esquilo y Sófocles se habían ocupado ya, en sus tragedias, de diversos aspectos del mito de los Argonautas, sólo el poeta Neofrón parece haber tratado el tema de Medea antes de Eurípides, que probablemente se inspiró en él.
En realidad, la muerte de los dos niños, ajena al mito de los Argonautas, es probablemente un elemento añadido por la tragedia ática, tal vez por el propio Eurípides.
La unidad de esta tragedia, que destaca por su poderoso dramatismo y por el profundo análisis de los motivos que impulsan a obrar a sus protagonistas, radica en la figura de Medea, que domina en todo momento la escena. Constituye un personaje monstruoso y humano a la vez, en el que alternan los sentimientos más contradictorios, la violencia irracional y la ternura más delicada de una madre, el odio, el ansia incontenible de venganza, el amor propio ofendido,... La crudeza con la que en esta tragedia se presentan los últimos recovecos del corazón humano, debió de causar profundo estupor al público de su tiempo.
Eurípides trató de exponer en ella hasta qué extremos puede desatarse la pasión de una mujer marginada, herida en lo más profundo de su alma por la traición de su marido, por el que lo ha abandonado todo, familia, patria y ha llegado a cometer los más nefandos crímenes.
La versión de Eurípides sobre el mito de Medea fue tan definitiva, que las variantes sobre el mismo, a lo largo de la historia de la literatura, han sido escasas.
Ovidio compuso un drama, hoy perdido, y trató el tema en sus Metamorfosis y Heroidas. Séneca, en su tragedia Medea, de la que se hablará en su lugar, se inspira en la obra de Eurípides, sobre todo en la prolija descripción de las artes mágicas de la protagonista.
En tiempos más recientes, Cherubini compuso sobre el tema su obra Medea.