Ἄλκηστις / Alcestis

Se trata de la más antigua de las tragedias conservadas de Eurípides, estrenada el año 438 a.C.

Alcestis en casa de Admeto. Alcestis, de EurípidesSegún una versión popular del mito en que está basada, Apolo, para vengar la muerte de su hijo Asclepio, fulminado por un rayo de Zeus, por haber resucitado a un muerto, mata a los Cíclopes. Zeus lo castiga a trabajar como obrero en casa de un mortal, Admeto. Éste estaba enamorado de la princesa Alcestis, hija de Relias. Su padre sólo aceptaría como yerno a quien le llevara unos leones y jabalíes que estaban uncidos a un carro. Con la ayuda de Apolo, Admeto supera la difícil prueba y se casa con Alcestis. El día de su boda se olvida de hacer los sacrificios exigidos por Ártemis y esta diosa lo castiga con la muerte. Apolo intercede en favor de Admeto y logra que las Moiras consientan en que otra persona muera voluntariamente en su lugar. Sólo su esposa Alcestis se ofrece a morir por él. Perséfone, esposa de Hades, le devuelve la vida.

Al comenzar esta tragedia, en su prólogo, Apolo explica por qué está él en casa de Admeto. Dice que, durante el castigo que le impuso Zeus, Admeto le había dispensado una generosa hospitalidad, por lo que lo protege y ha hecho que las Moiras le permitan librarse de la muerte, si se encuentra a alguien que se ofrezca a morir en su lugar.

Llegado el momento fatal, ni siquiera sus padres quieren renunciar, en favor de su hijo, a los últimos momentos de su vida. Sólo su esposa Alcestis se declara dispuesta a morir, por amor a su marido, dejando incluso a sus hijos.

Al iniciarse la acción, llega Tánatos, la Muerte (que aquí es divinidad masculina). Apolo intenta convencerla para que no se lleve a Alcestis y predice la liberación de ésta. Después, se aleja para no quedar contaminado con la vista de un cadáver.

Una sirvienta informa al Coro sobre la triste situación de Alcestis. El Coro, formado por ciudadanos de Fere, lamenta el doloroso destino de Alcestis y de Admeto y llora la fatídica muerte de su reina.

Sale del palacio una esclava y cuenta que Alcestis está ya preparada para morir. Se ha puesto el vestido más adecuado y ruega así a Hestia: "Señora, puesto que yo desciendo bajo tierra, puesta de rodillas, voy a suplicarte, por última vez, que veles por mis hijos huérfanos... Que no mueran prematuramente, como ahora sucumbe su madre..."

Alcestis, al llegar a la cámara nupcial, siente que desfallece su ánimo, pierde su serenidad y se arroja llorando sobre el lecho. Admeto trata de consolarla: "¡... No me abandones! Implora la piedad de los poderosos dioses... Apiádate de tus amigos, especialmente de mí y de los hijos que comparten mi dolor... ¡Por los dioses, no tengas el valor de abandonarme! ¡Por tus hijos, a los que dejas sin madre! ¿Qué va a ser de mí, si tú mueres? Tú tienes en tus manos nuestra vida y nuestra muerte...".

Palabras hipócritas, pronunciadas por un cobarde, que permite que una persona amada muera en su lugar.

Alcestis saluda a la luz del sol, que no volverá a contemplar y, en su delirio, habla de las visiones de muerte por las que ya se siente abrumada. Después reprocha su egoísmo a los padres de Admeto, al no querer morir por éste. Finalmente pide a Admeto que no dé madrastra a sus hijos: "Para honrarte, de modo que puedas seguir viendo esta luz del día, te he conseguido la vida, a costa de la mía... He rehusado vivir sin ti, con unos hijos huérfanos. He sacrificado aquellos dones de la juventud que me causaban alegría... En cambio, el que te engendró y la que te trajo al mundo te han abandonado, a pesar de hallarse ya en una edad en la que, para ellos, habría sido hermoso morir y salvar a su hijo por medio de una muerte gloriosa... Tú no amas a nuestros hijos menos que yo... No les des, volviendo a casarte, una madrastra... Esposo mío, puedes presumir de haber tenido la mejor de las esposas; y vosotros, hijos míos, la mejor de las madres".

El pobre Admeto, con los ojos anegados en llanto, la tranquiliza y promete cumplir estos últimos deseos: "Si, así será, no temas... Me bastará con mis hijos... Tú me has arrebatado la alegría de vivir... Si se me hubiera concedido la voz melodiosa de Orfeo, para conmover con mis canciones a la hija de Deméter o a su esposo y sacarte del Hades, descendería allí; ni el perro de Plutón, ni el barquero Caronte, conductor de las almas, me detendrían antes de haber traído de nuevo tu vida a la luz del día..."

Tras estas hipócritas bravatas y las palabras de despedida de ambos esposos, comienza un diálogo entre Alcestis y su hijo Eumelo.

Interviene Admeto y decreta luto oficial, durante doce lunas, por la única persona que se ha ofrecido a morir en su lugar; ordena: "A todos los tesalios que obedecen mi mando les ordeno que se asocien a este duelo con la cabeza afeitada y vestiduras negras".

El Coro canta la abnegación de Alcestis.

Aparece en escena Heracles, que va en busca de los caballos de Diomedes el Tracio. Pregunta por Admeto y le pide hospitalidad.

Admeto lo acoge con todos los honores. Heracles le pregunta por qué lleva rasurada la cabeza en señal de duelo. Admeto, aunque no puede ocultar su pena, contesta con evasivas, por temor a que Heracles renuncie a ser recibido como huésped. Le dice que ha muerto una mujer "no pariente", pero muy vinculada a la casa. Heracles, tras negarse inicialmente a quedarse en el palacio de Admeto, porque, como él dice: "La llegada de un huésped no es oportuna cuando se está apenado", acaba por aceptar la oferta insistente de hospitalidad".

En efecto, a pesar del dolor que le aflige, Admeto no puede violar los derechos de un huésped y alberga a Heracles en una zona reservada de su palacio, en la que no sea molestado por las clamorosas demostraciones de duelo.

El Coro ensalza la generosa hospitalidad de su señor Admeto. Se preparan las honras fúnebres en honor de la reina.
Entra en escena Feres, padre de Admeto, y trae como regalo una túnica fúnebre. Tras dirigir unas palabras de consuelo a su hijo, estalla un duro enfrentamiento entre ambos. Feres le dice a Admeto: "He venido, hijo mío, a compartir tu desgracia, ya que has perdido una esposa digna... Acepta esta ofrenda y que descienda bajo tierra. Es un deber honrar sus restos, porque ha muerto para salvarte la vida...; no ha hecho de mí un padre sin hijo y no ha permitido que yo, privado de ti, me consuma en una penosa vejez..."

Admeto, que ve en estas palabras un reproche a su conducta, reacciona con acritud: "No has sido invitado por mí a estos funerales... Ella nunca vestirá tu ofrenda, ya que no necesita tus dones para ser enterrada... A pesar de ser un anciano, tú has consentido que muera una persona joven... En la prueba has demostrado qué clase de hombre eres; no me considero hijo tuyo... Has superado a todos en cobardía... ya que, a tu edad, llegado al término de la vida, no has tenido ni la voluntad ni el coraje de morir por tu propio hijo... No seré yo quien te sepulte con esta mano que estás viendo: en lo que a ti concierne, yo estoy ya muerto... Es falso que los ancianos deseen la muerte... Nadie quiere morir y la vejez no es para ellos una carga".

El padre protesta: "Soy yo quien te ha engendrado y nutrido..., pero no es mi deber morir en tu lugar... Tú, seas desgraciado o feliz, has nacido para ti solo... La vida es corta, pero, a pesar de ello, agradable. En todo caso tú has luchado, sin pudor, contra la muerte y estás aún vivo; has esquivado el destino fatal, sacrificando una víctima, tu esposa. ¿Y me y acusas de cobardía, cuando tú, el mayor de los cobardes, te has dejado vencer por una mujer, que ha muerto por ti, por un muchacho hermoso?"

La disputa va subiendo de tono hasta llegar al insulto mutuo.

Un sirviente censura la conducta de Heracles, que, en medio de la desolación general, pide con insistencia más comida y bebida; mientras: "Cantaba sin respetar en absoluto las desgracias de la casa de Admeto".

Heracles dialoga con el sirviente, a quien aconseja: "Todos los seres humanos, sin excepción, deben morir...Alégrate, bebe,..., considera como tuya la vida de cada día; el resto déjalo en manos del destino... La vida no es realmente vida, sino una catástrofe".

El sirviente replica: "Sabemos todo esto, pero hoy nuestra suerte no tiene nada que nos invite a la fiesta ni a la risa... No has llegado en el momento más oportuno para ser bien acogido en la casa. Admeto ha perdido a su esposa..."

Al conocer la verdadera causa del luto, Heracles muestra su arrepentimiento, por su conducta inmoderada y se declara dispuesto a enfrentarse con Tánatos, arrebatarle su víctima y compensar de esta manera a Admeto, por su generosa hospitalidad: "Tengo que salvar a la mujer que acaba de morir y traer de nuevo a Alcestis a esta casa, para mostrar mi gratitud a Admeto. Abrigo la firme esperanza de devolver a Alcestis a la luz del día, para ponerla de nuevo en brazos del huésped que me acogió en su casa, en lugar de rechazarme, a pesar de la grave desgracia que le abrumaba y que me ocultó..."

Tras haber pronunciado estas palabras, Heracles parte para el Hades. Admeto, acompañado por el Coro, se deshace en tristes lamentaciones. La vida, que ha salvado a costa de la de su esposa, le parece ahora más penosa que la muerte. El Coro exalta el imperio de la Necesidad.

Sin saberlo Admeto, Heracles se ha ido al Hades, para liberar a la esposa de su anfitrión. Allí disputa su botín a Tánatos, la muerte, y logra que Alcestis resucite. Ésta sólo pone una condición para su regreso a la vida y recuperar su puesto ante su marido: que éste no se haya consolado de su muerte demasiado pronto.

Vuelve del Hades Heracles, tras rescatar de la muerte a Alcestis. Ésta va cubierta con un velo, que no permite reconocerla. Heracles se la entrega a Admeto, sin decirle de quién se trata verdaderamente. Le dice que se la guarde hasta su regreso de la aventura de los caballos de Diomedes. Cuenta que la ha ganado, como premio, en unos juegos públicos, en los que ha tomado parte, y que quiere ofrecérsela a Admeto, por su hospitalidad. Admeto pide a Heracles que se la dé a guardara algún otro tesalio: "Yo no podría, al verla en mi casa, contener mis lágrimas... En cuanto a ti, mujer, quienquiera que seas, tienes el mismo aspecto que Alcestis,... te pareces físicamente a ella... ¡Por todos los dioses, retira de mi vista a esta mujer!... Al verla, creo estar viendo a mi esposa... Dondequiera que ella esté, mi deber es honrarla".

Admeto se niega incluso a tocarla. Heracles insiste y Admeto, de muy mala gana y sólo por complacerle, le quita el velo y cree estar viendo un fantasma. Aquella misteriosa mujer es Alcestis, que, gracias a Heracles, ha retornado al mundo de los vivos.

En medio de la alegría general, Admeto ordena que se preparen coros para celebrar el feliz reencuentro con su esposa.

El Coro entona versos sentenciosos.

* * *

Esta tragedia, con final feliz y ciertos rasgos de comicidad, a cargo de Heracles, fue representada en cuarto lugar en una tetralogía (Las Cretenses, Alcmeón en Psofide, Télefo y Alcestis), de la que sólo ella pervive. Figuraba probablemente en el lugar reservado, por lo general, al drama satírico.

Sus personajes Admeto y Alcestis aparecen por primera vez en varios pasajes de la Iliada.

Frínico compuso su drama Alcestis, del que sólo se conserva un verso. Se sabe, por otros autores, que Frínico introdujo en el tema la novedad de que fuera Heracles el salvador de Alcestis, innovación aceptada por Eurípides. Ahora bien, ¿puede ser tomada en serio, en una tragedia, que un hombre permita que su esposa, de la que está perdidamente enamorado, muera en su lugar?

Esta cobardía, este apego a la vida, del protagonista, impropio no ya de un héroe, sino incluso de un hombre normal, unido a los ya mencionados rasgos de comicidad y al carácter antiheroico de sus personajes, ha hecho que algunos vean en esta obra una especie de tragicomedia, calificación que comparte con otras obras de Eurípides, como Ión, Ifigenia entre los Tauros y Helena.

Sin embargo, Eurípides trata de atenuar la antipatía que suscita la mezquina conducta de Admeto presentándolo como hombre hospitalario, que llora inconsolable la muerte de su esposa y le es fiel incluso después de muerta; muestra así cómo el sacrificio se convierte en amargo dolor para quien lo ha consentido.

El tema del héroe salvador, que en Alcestis es Heracles reaparece en otras tragedias de Eurípides; en Andrómaca, Orestes; en Medea, Egeo; en Helena, Teucro.

La tragedia Alcestis ha ejercido una gran influencia en la literatura universal, por tratarse de la historia de una mujer enamorada, que sacrifica su propia vida, para salvar la de su marido. A ello se suma la victoria del héroe valeroso sobre la muerte. Alcestis se convirtió en el prototipo de la esposa fiel y abnegada.

Racine escribió una obra sobre este tema, pero la destruyó antes de morir.

Moliere da este nombre a la protagonista de su comedia Le Misanthrope.

Alfieri (1749-1803) tradujo esta obra y la adaptó al gusto de su tiempo, eliminando de ella el egoísmo de Admeto y el elemento cómico de Heracles.

B. Pérez Galdós, inspirándose en la obra de Eurípides pero modernizando el tema, estrenó su Alcestis el año 1914.

Haendel (1685-1759) compuso el oratorio Alcestis, ejecutado en Londres en 1749.

Gluck (1714-1787) representó su Alcestis en Viena, el año 1767.

El tema de la resurrección de Alcestis aparece con frecuencia en los sarcófagos e inspiró algunas óperas y obras de arte en todos los tiempos.