Φοίνισσαι / Fenicias

Estrenada el 410 a. C.

La obra, representada el año 410 ó 409 a.C., insiste en el tema tratado ya por Esquilo en Los Siete contra Tebas, es decir, en la lucha por el trono de esta ciudad entre Etéocles y Polinices, hijos de Edipo y la muerte de ambos en duelo personal. En torno a los dos hermanos se entretejen los desti­nos de los demás miembros de la familia: Yocasta, Edipo, Antígonay Creonte.

En el prólogo, Yocasta, a quien Eurípides presenta viva tras la expiación de Edipo, describe los antecedentes del drama, es decir, narra la leyenda de Edipo: nacimiento y exposición de éste en el monte Citerón; adopción y crianza en  Corinto;   asesinato  de Layo; solución del enigma de la Esfinge de Tebas; casamiento con su propia madre; nacimiento de sus hijos Etéocles y Polinices; descubrimiento del incesto; castigo que Edipo se inflige a sí mismo, arrancándose los ojos; encierro a que lo someten sus hijos para ocultar la vergüenza de la familia; maldición que contra ellos pronuncia Edipo.

He aquí cómo termina la presentación que Yocasta hace al público: "Entonces, temiendo que los dioses dieran cumplimiento a las maldiciones de su padre, si vivían juntos, acordaron que el más joven, Polinices, fuera el primero en exiliarse voluntariamente del país, mientras Etéocles se quedaba para ostentar el cetro, cambiando cada año sus respectivas posiciones. Pero, una vez que se situó junto al timón de mando, Etéocles ha rehusado abandonar el trono y ha expulsado, como desterrado de este país, a Polinices. Éste se fue a Argos, ha entrado a formar parte de la familia de Adrasto y ha reunido bajo su mando un nutrido ejército de argivos. Ha llegado hasta nuestras murallas de siete puertas y reclama el cetro paterno y su parte del territorio. Y yo, para dirimir esta contienda, he convencido a uno de mis hijos para que venga, en virtud de una tregua, a encontrarse con el otro, antes de apelar a la lanza".

Las Fenicias que forman el Coro, esclavas enviadas por los señores de Tiro a Delfos, como servidoras del culto de Apolo, se hallan de paso en Tebas, detenidas en esta ciudad por el asedio a que la han sometido las tropas de Argos, dirigidas por Polinices. En esta guerra entre Argos y Tebas, las Fenicias sienten simpatías por Tebas, ciudad fundada por Cadmo y Agenor de Tiro.

Yocasta desde la terraza del palacio ve la llanura que rodea Tebas. Al divisar, desde lejos, a Polinices, pronuncia cariñosas palabras alusivas a su hijo. Entra éste y muestra su temor a caer en una emboscada: "Temo... que, en cuanto me hayan atrapado en sus redes, no me dejen escapar más que cubierto de sangre... Sin embargo, confío en mi madre y a la vez no me fío de ella, ya que ella ha sido la que me ha persuadido a venir aquí, en virtud de una tregua".

Yocasta le informa de cómo está Edipo y le echa en cara el matrimonio que ha contraído en Argos y el ataque a su propia patria. Polinices alega, en su defensa, lo triste de su destino y las razones que le han obligado a tal ataque.

Llega Etéocles, cuyas palabras son éstas: "He venido, madre, por complacerte... Estaba yo ocupado en alinear en torno a las murallas de la ciudad las dobles filas de soldados y he interrumpido mi tarea para escuchar de tu boca tus ofertas de mediación entre ambos, las cuales, aceptadas por mí y en virtud de una tregua, te han hecho acoger a este hombre dentro de nuestras murallas".

Surge una viva disputa entre los dos hermanos, que se insultan y amenazan mutuamente. Yocasta fracasa en su intento de mediación entre sus hijos. En la dis­cusión se pone de manifiesto que sus posiciones, totalmente enfrentadas, impiden cualquier acuerdo.

Polinices sale de Tebas dispuesto a dar la señal de ataque a la ciudad.

El Coro canta las hazañas de Cadmo, mítico fundador de Tebas: "Cadmo de Tiro llegó a este país... Había aquí un sanguinario dragón de Ares, guardián cruel que paseaba sus miradas vigilantes sobre los manantiales de agua y los verdeantes arroyuelos... Viniendo a buscar agua lustral, Cadmo lo mató con una piedra, golpeando con el ímpetu de su mortífero brazo la cabeza del monstruo asesino; después, aconsejado por la hija de Zeus, Palas, la diosa sin madre, arrojó los dientes del monstruo, como simiente, sobre los profundos surcos del campo. La tierra hizo brotar de la superficie del suelo una prodigiosa generación de hombres armados... Pero la matanza mutua los volvió a enterrar en la gleba nutricia y empapó la tierra con su sangre..."

Creonte, hermano de Yocasta, con sus prudentes consejos, hace que el impaciente Etéocles renuncie a emprender una ofensiva; le demuestra que es más seguro aguardar en cada una de las siete puertas, con otros tantos grupos de defensores, el ataque de los siete caudillos del ejército argivo; después, logra que Etéocles le confíe el gobierno de la ciudad. Éste le hace los siguientes encargos: "En cuanto a la boda de mi hermana Antígona y tu hijo Hemón, si la fortuna me es contraria, ocúpate tú de ella... Si mi causa resulta victoriosa, no sea jamás enterrado en tierra tebana el cadáver de Polinices. ¡Séale aplicada la muerte a quien lo entierre, aunque sea un amigo!".

El Coro rememora la oposición Ares-Dioniso y las glorias pasadas de Tebas.

El adivino Tiresias profetiza a Creonte que la salvación de Tebas depende del sacrificio del joven Meneceo, su hijo:
"Es preciso que sacrifiques a este Meneceo, tu propio hijo, por la salvación de la patria, ya que eres tú quien invoca al destino... Tu hijo debe ser degollado, a fin de ofrecer a la tierra una libación de sangre, en la gruta donde el dragón nacido de la tierra vigilaba los manantiales de Dirce. Es el fruto del viejo rencor concebido contra Cadmo por Ares, que exige venganza por la muerte del terrígena dragón. Sólo con esta condición tendréis como aliado a Ares... Debes escoger entre estos dos desti­nos: salvar a tu hijo o a la ciudad..."

Creonte contesta: "Mi respuesta es demasiado clara. Jamás llegaré a tal extremo de miseria, que ofrez­ca a la ciudad a mi hijo degollado... Heme aquí a mí mismo, dispuesto a morir para salvar a la patria".

Después anima a Meneceo a huir de Tebas. Meneceo simula obediencia, pero comunica al Coro su decisión de inmolarse por la patria: "Él (Creonte), al alejarme, priva de éxito a la ciudad y me condena a ser un cobarde... Sin duda hay que perdonarle, por ser ya un anciano, pero yo no tendría perdón, si traicionase a la patria, a la que debo mi ser... Voy a salvar a la ciudad y le daré mi vida muriendo por el país... De pie, sobre la crestería de las murallas, derramaré mi sangre sobre las negras profundidades del recinto consagrado al dragón, donde lo ha prescrito el adivino, y así liberaré a mi país."

El Coro elogia el generoso sacrifico de Meneceo. Después recuerda la crueldad de la Esfinge y el funesto destino de Edipo y su familia.

Un mensajero anuncia a Yocasta la muerte de Meneceo. Después, va explicando las medidas defensivas que está adoptando Etéocles, el desarrollo del combate trabado al pie de las murallas, la actuación de cada caudillo y, por último, le anuncia que la ciudad se ha salvado.

Yocasta pregunta, una y otra vez, qué ha sido de sus dos hijos. El mensajero, tras cierta vacilación inicial, le contesta que ambos van a dirimir sus diferencias y la suerte de la guerra enfrentándose en un duelo personal.

En un supremo esfuerzo por detener esta lucha fratricida, Yocasta y Antígona acuden presurosas a interponerse entre los contendientes.

El Coro, en un patético canto, expresa su triste presentimiento de la inminente catástrofe y su compasión por los protagonistas del duelo.

Aparece Creonte llevando en sus brazos el cadáver de su hijo Meneceo: "Mi hijo ha caído muriendo por esta tierra. Esto constituye un glorioso renombre para él y un dolor cruel para mí. Acabo de recogerlo, degollado por su propia mano, del escarpado antro del dragón... Mientras toda mi casa estalla en lamentos, yo, un anciano, he venido a buscar a mi vieja hermana Yocasta, para que bañe y exponga en el lecho fúnebre al que ya no vive, a mi hijo".

Un mensajero relata el duelo personal entre Etéocles y Polinices y cómo yacen, moribundos, ambos hermanos.

Yocasta y Antígona han llegado tarde para lograr su reconciliación. Etéocles sólo puede dirigirles una mirada de amor. Polinices, agonizante, pide a su madre: "Me muero, madre; siento pena por ti, por mi hermana e incluso por mi hermano muerto. Se había convertido de amigo en enemigo, pero, a pesar de todo, lo amo aún. Entiérrame, madre, y tú también, hermana mía, en la tierra de nuestros antepasados..."

La madre, desolada, se suicida y cae sobre los cadáveres de sus hijos, rodeándolos a ambos con sus brazos.

Los dos ejércitos se enzarzan en una violenta disputa sobre quién ha vencido en el duelo. Los tebanos atacan, de pronto, a los desprevenidos argivos y causan entre ellos verdaderos estragos.

Traen los cadáveres de Yocasta y de sus dos hijos. Creonte, convertido en rey de Tebas, habla así a Edipo: Tu hijo Etéocles me ha dado el mando del país, concediéndolo como dote nupcial a Hemón, prometido de tu hija Antígona. Por consiguiente, no te permitiré vivir en los sucesivo en esta tierra. Tiresias lo ha dicho con toda claridad: jamás nuestra ciudad será feliz, si tú habitas en ella".

Edipo deplora su triste sino. Creonte dicta unas órdenes sobre la sepultura de ambos hermanos y el destino de Antígona:
"En cuanto a estos muertos, ha llegado el momento de conducir a uno de ellos al palacio. En cambio, al otro, al cuerpo de Polinices, que se unió a unos extranjeros para venir a arrasar la ciudad de sus padres, arrojadlo sin sepultura fuera de los límites de este país ... Quienquiera que sea sorprendido intentando cubrir este cadáver o enterrarlo, será castigado con la muerte. Sea abandonado sin llantos, sin honras fúnebres, para que sirva de pasto a las aves de presa... Y tú, Antígona, déjate de lamentaciones por estos tres cadáveres, entra en el palacio, compórtate como la doncella que aún eres y aguarda el día, ya cercano, en que te está reservado el lecho de Hemón".

Antígona se niega a acatar la orden que prohibe sepultar a Polinices. Suplica a Creonte que la revoque y, al no lograrlo, le amenaza con matar a Hemón la noche de bodas. Después declara que compartirá el destierro con su padre Edipo.
Ante el temor de perder también a su hijo Hemón, Creonte permite a Antígona abandonar el país.

Edipo se siente emocionado por la abnegación de su hija y ambos se disponen a partir juntos para un destierro, que acabaría en Colono, demo de Atenas.

* * *

En esta obra, la más extensa de Eurípides, se enfoca la leyenda tebana de modo un tanto distinto al de las tragedias de Esquilo y de Sófocles sobre el mismo asunto. Vuelve el autor a ofrecer una especie de novela escenificada, que presen­ta una gran variedad de peripecias, así como también mucho movimiento, grandes efectos escénicos y patetismo acentuado, lo que la aleja de la tragedia tradicional cultivada por sus predecesores.

El Coro apenas tiene conexiones con la acción.

De las figuras de Yocasta y Antígona y, sobre todo, de Polinices emana un halo poético nuevo. Yocasta no se suicida, como en la obra de Sófocles, al enterarse de que ha estado casada con su propio hijo Edipo, sino que sigue conviviendo con éste, una vez ciego, hasta que cae muerta sobre los cadáveres de sus dos hijos, Sus emotivos encuentros con éstos constituyen las escenas más logradas de la tragedia.

En cuanto al personaje de Polinices, contra la tradición imperante, Eurípides comparte los sentimientos de este ser infortunado, que combate llorando a aquellos a los que ama.

Etéocles, en cambio, aparece no como el héroe que defiende a ultranza su patria, ni como un hombre dominado por la pasión de mandar, sino como un frío defensor de las teorías sobre el poder en sí mismo.

Con el episodio del sacrificio de Menecio, Eurípides exalta, una vez más, el heroísmo y la generosa abnegación de los jóvenes (cf. Macaría, Ifigenia, Antígona, Polixena, etc.), frente al egoísmo de los mayores.