Ἑλένη / Helena
Estrenada el 412 a. C.En esta tragedia se aborda el tema de si París había llevado consigo a Troya a la verdadera Helena a sólo un fantasma con los rasgos de la bella reina de Esparta, tal como afirma Estesícoro. Heródoto alude también a la estancia de Helena en Egipto.
La obra tiene su acción en Egipto, adonde la auténtica Helena ha sido llevada por Hermes, a la corte del rey Proteo, mientras una imagen suya, creada por Hera, siguió a París a Troya, causando la guerra y destrucción de esta ciudad. Muerto Proteo, su hijo y sucesor en el trono, Teoclímeno, requiere de amor a Helena, que, fiel a Menelao, rechaza repetidamente las pretensiones del enamorado rey.
En el prólogo Helena expone los precedentes que han conducido a su situación actual: "Mi patria es Esparta; mi padre, Tindáreo... Soy Helena y voy a contar mis desdichas. Cierto día tres diosas, que rivalizaban en belleza, fueron a ver al pastor París en lo más intrincado del monte Ida. Eran Hera, Cipris (Afrodita) y la virginal hija de Zeus (Atenea). Cada una de ellas pretendía que París dictaminara, como juez, acerca de su hermosura y le ofrecía un premio, sí lo hacía en su favor. Prometiendo a París que él desposaría mi belleza,... triunfó Cipris. París...vino a Esparta, seguro de conquistar mi amor. Pero Hera, despechada por no haber triunfado sobre las otras diosas rivales, supo hacer que París, creyendo apoderarse de mí, sólo se llevara viento. En lugar de mi persona, la diosa le dio una imagen viviente, que, a mi imagen y semejanza, había sabido formar con un fragmento del éter. El hijo del rey Príamo pensaba poseerme: vana ilusión, porque sólo abrazaba a un fantasma. Como colmo de desgracias, el gran designio de Zeus vino a llevar la guerra tanto al país de los helenos, como a los desventurados frigios, para aliviar de una población excesiva a la madre tierra. Sin embargo, no era mi cuerpo lo que defendían los esforzados frigios y el premio que trataba de alcanzar la bravura helénica. Tan sólo era mi nombre, ya que Hermes me había transportado, rodeada de una nube; me había conducido a través del éter... y me había depositado en el palacio del rey Proteo, escogido por su virtud entre todos los mortales, para que así yo siguiera siendo fiel a Menelao. Estoy, pues, en estos lugares, mientras mí esposo...al pie de las murallas de Ilion, persigue a mis raptores, para liberarme de ellos... Ahora bien, mientras vivió Proteo, hizo que se me respetara. Pero, desde que la tierra lo ha absorbido en su seno tenebroso, su hijo trata de casarse conmigo por la fuerza. Y yo, siempre fiel a mi primer esposo, postrada de rodillas, suplico a esta tumba de Proteo que vele por mi lecho y lo conserve intacto para Menelao..."
Llega a Egipto, de paso para Chipre, Teucro, hermano de Áyax Telamonio, e informa a Helena sobre los sucesos de la guerra de Troya: suicidio de su hermano Áyax, captura de Helena por Menelao, desaparición de éste, etc.
Ha venido, le dice, a consultar a la profetisa Teónoe, hermana de Teoclímeno.
Helena le aconseja que huya de la crueldad de Teoclímeno, que mata a cuantos griegos llegan a su país.
Se va Teucro. Helena lamenta las calamidades que ha causado su belleza. El Coro la consuela y le aconseja que consulte a Teónoe acerca de la verdad de las noticias que le ha traído Teucro. Helena decide seguir el consejo del Coro.
Llega, cubierto de andrajos, Menelao y, en un monólogo, cuenta su larga odisea por mar; trae consigo lo que él cree que es Helena, es decir, la imagen que la sustituye: "En cuanto a la mujer que fue causa de todos mis males, la he dejado oculta en el interior de una gruta, no sin haber confiado antes su custodia a los míos, es decir, a los que se han salvado del naufragio. Me he aventurado solo en estos lugares, en busca de lo más necesario..."
Una anciana, portera del palacio del rey, que lo reconoce como griego por su atuendo, lo rechaza con males modos y le aconseja que se aleje, porque Teoclímeno, que está enamorado de Helena, mata a los griegos que arriban a su reino; y añade: "La hija del gran Zeus, Helena, habita aquí... Vino de su Lacedemonia..., antes de que los aqueos partieran para Troya..."
Al oir el nombre de su esposa, el de los padres de ésta y el de su patria, Menelao se queda estupefacto: "Lo que acabo de oir me hace aún más desgraciado que antes... Llego aquí, trayendo de Ilion a mi mujer reconquistada. La he puesto a buen recaudo en una gruta, mas he aquí que otra mujer, que tiene el mismo nombre, vive en este palacio real".
El Coro comenta que Menéalo va errante por el mar, sin arribar a su patria. Por su parte, Teónoe ha anunciado a Helena que Menelao vive aún; Helena muestra su alegría por la noticia.
Aparece Menelao. Helena, tras un momento de temor, lo reconoce y le dice que ella no ha ido jamás a Troya, sino una imagen suya formada por Hera. Intenta abrazar a su esposo, pero éste, pensando que es engañado por una falsa apariencia, la rechaza. Ante ambas Helenas se encuentra hecho un lío. Llega uno de sus compañeros y le anuncia el siguiente prodigio: "Tu esposa ha desaparecido en las profundidades del éter; se ha perdido en el cielo, que ahora la mantiene oculta. Ha escapado de la sagrada caverna en la que velábamos por ella. Tan sólo nos dijo: 'Pobres frigios y vosotros, aqueos todos, las maquinaciones de Hera os han hecho morir a orillas del Escamandro por mi causa, porque creíais que Paris poseía a una Helena a quien nunca ha poseído. Pero ahora, una vez cumplida hasta el final la ley del destino, tras haber pasado en la tierra el tiempo que se me había asignado, mi padre me hace volver al seno del cielo. La desdichada hija de Tindáreo ha padecido injustamente una funesta reputación'".
Las dudas de Menelao se disipan; ambos esposos celebran gozosos el feliz reencuentro y se cuentan mutuamente las vicisitudes por las que han pasado.
Después, Helena advierte a Menelao que corre un gran peligro y le aconseja que huya de este nefasto país. Añade que la situación es tan desesperada, que es preciso emplear la astucia para salir de ella. Ante todo, el tirano Teoclímeno no debe enterarse de la llegada de Menelao.
Teónoe, la adivina que todo lo sabe, se lo dirá seguramente a su hermano, el rey. Es preciso conseguir que Teónoe guarde silencio y les preste su ayuda en su proyecto de fuga.
Sale Teónoe y dice a Helena que tiene ante sí a su esposo Menelao, a quien habla así: "Reunidos en asamblea los dioses, convocados por el propio Zeus, van a decidir hoy mismo sobre tu suerte. Hera, tu enemiga de antaño, ahora te es favorable y quiere llevarte de nuevo, sano y salvo, a tu hogar, con tu mujer aquí presente, a fin de que los helenos sepan que los dones de Cipris, los amores de Paris, fueron tan sólo una mentira. En cambio, Afrodita, temiendo verse al descubierto y que parezca que compró su título de belleza pagándolo con las ilusorias bodas de Helena, se esfuerza ahora en impedir tu regreso. Ahora bien, depende de mí el causar tu ruina, denunciando tu presencia a mi hermano (lo que quiere Cipris) o, sin que él lo sepa, salvarte la vida, de acuerdo con Hera".
Helena consigue con sus súplicas no sólo el silencio, sino incluso la colaboración de Teónoe en su plan de fuga, que expone a Menelao con esta palabras: "¿Permites que, aunque estés vivo, se te declare muerto?... Te lloraré delante de ese impío, como hacen las mujeres, prodigando lamentos fúnebres y con la cabellera cortada... Fingiré que has muerto entre las olas y pediré al rey de esta tierra el favor de dedicarte una tumba... Haré que me proporcione una nave, desde la que dejaré caer mi ofrenda funeraria en el seno del mar... Le aseguraré que las costumbres griegas prohiben sepultar en tierra a los que mueren en el mar... Es preciso que vengas tú... con los marineros que escaparon del naufragio... Tú debes encargarte de todo: basta con que un viento favorable sople sobre nuestras velas y nos lleve a buen puerto".
El Coro lamenta las desgracias de los protagonistas y la inutilidad de la guerra de Troya.
Menelao debe anunciar al rey que él es el único superviviente del naufragio en que murió Menelao. Llega Teoclímeno y se detiene ante la tumba de su padre: sabe que ha llegado un griego y sospecha: "He sabido hoy que un heleno ha aparecido en este país, eludiendo la vigilancia de mis guardianes. ¿Viene para espiarnos o para raptar a Helena? Si consigo prenderlo, morirá... No escatimaré esfuerzos para evitar que le sea arrebatada a este país esta mujer con la que quiero casarme".
Helena, vestida de luto, le hace creer que Menelao ha muerto en un naufragio. Se lo ha comunicado un superviviente de tal naufragio, compañero de su marido.
Señala a Menelao, que sale de detrás de la tumba de Proteo, donde se había refugiado. Después le expone su deseo de rendir honras fúnebres a su esposo y le pide lo necesario para realizarlas. Para cumplir los ritos funerarios que los griegos dedican a los que han perecido en un naufragio, hace falta una nave que transpórtelas ofrendas fúnebres, las vestiduras y los objetos que se ponen en las tumbas, dejándolos caer al mar. Una vez cumplido tan sagrado deber para con su difunto esposo, Helena se declara dispuesta a casarse con Teoclímeno. Éste accede gustoso a la petición de Helena:
"Sea, porque me conviene tener una mujer piadosa. Entra en el palacio y elige las ofrendas destinadas a los muertos..."
Y, dirigiéndose a Menelao, añade: "Y, por haberme traído el feliz mensaje, en lugar de los andrajos que te cubren, recibirás de mí unas vestiduras decentes y víveres para regresar a tu patria. Porque ahora te ves en un estado lastimoso".
Teoclímeno prefiere que Helena se quede en tierra durante la ceremonia fúnebre, pero ella insiste en la necesidad de su presencia en el acto y el rey cede, consolándose con la ilusión de su próxima boda, para cuyos preparativos da una serie de órdenes.
El Coro entona un canto a Deméter y recuerda el rapto de Perséfone e implora y augura para Helena feliz retorno a su patria.
Tras los preparativos de la navegación ritual, Teoclímeno ofrece a Menelao, a instancias de Helena, el mando de la nave.
El viaje de los esposos se inicia con la petición de buenos augurios a los Dióscuros, hermanos de Helena: "Venid también vosotros..., Tindárides..., dirigiendo por el éter el paso de vuestros corceles, entre los torbellinos de fuego de las estrellas; venid vosotros, que habitáis en las moradas celestes, como salvadores de Helena... y conseguid de Zeus que envíe a los marineros los soplos de vientos propicios. Libertad a vuestra hermana del deshonor de un lecho bárbaro y del oprobio que le causó el juicio que tuvo lugar en el monte Ida, aunque jamás vio la tierra de Ilion ni las murallas levantadas por Fecbo".
Un mensajero informa a Teoclímeno de la fuga de Helena y los suyos. Helena y Menelao se han embarcado, con los restantes náufragos griegos, a quienes Menelao ha invitado a participar en el rito fúnebre. Una vez en alta mar, Menelao se ha dado a conocer y sus compañeros han atacado por sorpresa y vencido a los remeros egipcios.
Teoclímeno, enfurecido, quiere matar a su hermana Teónoe, por no haberle avisado del engaño. Se lo impide un servidor de la adivina con sensatas razones.
Los Dióscuros, como deus ex machina, calman a Teoclímeno y anuncian la divinización de Helena y Menelao: "La boda, cuyo rechazo tanto te irrita, te está negada por el destino. Teónoe, tu hermana,... no te ha ofendido, ya que, al respetar los justos preceptos de su padre, ha obedecido las leyes de los dioses. En efecto, la suerte quería que Helena viviera en tu palacio hasta el día de hoy. Pero, una vez destruida Troya hasta sus cimientos, no hay razón para que preste su nombre a los inmortales y debe seguir bajo los vínculos nupciales de antaño y regresar a su hogar, para vivir con su esposo Menelao".
Y, dirigiéndose a Helena, añaden: "Navega con tu esposo. Tendréis vientos favorables. Nosotros, tus hermanos, salvadores de los marineros, cabalgando junto a tu nave por la llanura del mar, te acompañaremos hasta la patria. Cuando llegue el final de tus días, serás invocada como diosa y participarás con los Dióscuros en los festines rituales, en las sagradas libaciones que nos ofrezcan los humanos. Porque así lo quiere el propio Zeus... En cuanto al errabundo Menelao, los dioses le han destinado, como residencia, la isla de los Bienaventurados".
Teoclímeno acata la voluntad de los dioses y alaba la nobleza de corazón de Helena.
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Por la variedad de incidentes, de situaciones y de efectos 'especiales', así como por su "final feliz", la obra ofrece más semejanzas que con una tragedia convencional, con una comedia fantástica y de enredo, de enrevesada intriga, en la que prevalecen el ingenio y la inventiva sobre la reflexión y la exposición de ideas filosóficas o religiosas. Suele ser caracterizada como tragicomedia.
Es notable, sin embargo, la profunda observación psicológica de sus personajes, aunque el de la protagonista resulte un tanto desvaído, ya que sólo destaca por su astucia, su belleza y su fidelidad a Menelao.
La divinidad apenas interviene en la acción. Es sustituida por el azar (Tyche), lo imprevisto. Al final resuelven una situación embarazosa los hermanos de Helena, Castor y Pólux, como deus ex machina.
La obra contiene un significado simbólico, ya que el bello fantasma que ha provocado una cruenta guerra recuerda el funesto espejismo que había llevado a los atenienses a emprender la desastrosa expedición a Sicilia.
En efecto, Helena fue representada el año 412 a. C., tras los primeros reveses sufridos por Atenas en la guerra del Peloponeso.