Ἰφιγένεια ἡ ἐν Αὐλίδι / Ifigenia en Áulide

Estrenada el 406 a. C.

Es la última de las tragedias conservadas de Eurípides, representada postumamente.

Desarrolla el mito del sacrificio de Ifigenia. La flota de los aqueos, dispuesta a emprender la expedición guerrera contra Troya, está detenida por vientos adversos en Áulide, frente a la isla de Eubea. El adivino Calcante revela que la diosa Ártemis no permitirá la partida de las naves, hasta que sea sacrifi­cada en su honor la hija de Agamenón, general en jefe de los aqueos, Ifigenia.

En el prólogo de esta obra, Agamenón, angustiado, expone las ventajas de la vida retirada y modesta: "Envidio al hombre cuya vida transcurre sin riesgos, oscuro y sin renombre... La ambición de honores es dulce, pero... acarrea amarguras. Unas veces viene a turbar nues­tra vida un fracaso enviado por los dioses; otras veces son los hombres los que nos la destrozan con sus opiniones múltiples y volubles".

Un viejo esclavo refleja en sus palabras las dudas y vacilaciones que asaltan a Agamenón: "Debes conocer la alegría y la pena, pues la naturaleza te ha hecho mortal. Quieras o no, se cumplirá la voluntad de los dioses. Has encendido una lámpara para escribir sobre esta tablilla... y después borras lo escrito. Imprimes en ella tu sello y luego lo rompes y arrojas al suelo la tablilla de pino, mientras derramas un raudal de lágrimas. Ningún signo le falta a tu extravío, para que raye en la locura".

Agamenón resume los antecedentes de la expedición a Troya:
"Leda... tuvo tres hijas: Febe, Clitemnestra y Helena. Los jóvenes más ricos de la Hélade vinieron a pedir la mano de esta última... Cada uno de ellos juraba que mataría a sus rivales, si él no obtenía a la joven... Tindáreo, su padre, tuvo una idea: obligar a los pretendientes con un juramento... Quien obtuviera por esposa a la joven..., tendría la ayuda de todos. Si alguien raptaba a Helena... se pondrían en campaña y arrasarían su ciudad, fuera él griego o bárbaro, por la fuerza de las armas. Después, el viejo Tindáreo permitió a su hija elegir a uno de sus pretendientes... Ella eligió a Menelao... Ahora bien, el hombre que había juzgado entre las diosas, Paris, vino a Lacedemonia... Se enamoró de ella y ella de él; se fue con Helena... aprovechando la ausencia de Menelao. Éste, enfurecido,... recorrió toda la Hélade. Invoca los ante­riores juramentos prestados ante Tindáreo y los griegos... tomaron sus armas y han llegado a... Áulide... Me han elegido como su general en jefe, en atención a Menelao, mi hermano... Una vez reunido... el ejército, henos aquí detenidos en Áulide, sinpoder hacernos a la mar... Calcante, el adivino, nos ha revelado que Ifigenia, mi pro­pia hija, debe ser inmolada a Ártemis. Sólo así tendría lugar la travesía y serían aniquilados los frigios... Si no la sacrificábamos, nada de esto se conseguiría... Ordené que Taltibio proclamara... que todo el ejército fuera licenciado, porque yo jamás tendría el valor de hacer morir a mi hija,... Pero mi hermano me persuadió, con mil razones, a cometer esta atrocidad. Y en los pliegues de una tablilla encargué a mi esposa que me enviara a mi hija, con la excusa de desposarla con Aquiles... Yo ponderaba los méritos de este héroe y decía que él no consentiría en hacerse a la mar con los aqueos, si no venía a Fíía una esposa de nuestra familia... Tomé entonces una mala decisión y ahora la revoco por una mejor, por medio de esta tablilla... Ve a llevar esta carta a Argos..."

En esta segunda tablilla Agamenón le explica el engaño a Clitemnestra y le pide que retroceda, que no venga con Ifigenia a Áulide, ya que la boda se ha aplazado.

Confía esta carta al esclavo y le ordena que parta sin demora por el camino por donde debe venir el carro de Clitemnestra y que la detenga y envíe de nuevo a su ciudad.

El Coro, formado por mujeres de Calcis, describe el esplendor del ejército aqueo, que espera zarpar hacia Troya.

Menelao, interesado personalmente en la guerra, arrebata al esclavo la carta de Agamenón. Cuando éste llega, mantiene, a propósito de la tablilla, una agria disputa con Menéalo, que le echa en cara su traición, su afán de mando, su promesa de sacrificar a Ifigenia y su volubilidad al negarse a cumplirla.

Agamenón, a su vez, acusa a Menelao de desear a Helena, al margen de la razón y del honor, y declara que no está dispuesto a sacrificar a su hija por una causa injusta.

Cuando Agamenón sigue insistiendo en su negativa y Menelao recurre ya a las amenazas, llega un mensajero y anuncia que Clitemnestra, Ifigenia y el niño Orestes están ya a punto de llegar al campamento aqueo.

Dominado por la angustia, Agamenón no sabe qué va a decir a su esposa, ni cómo afrontar su mirada. Se imagina la reacción de su hija, al conocer el verdadero motivo del viaje, y los gritos del pequeño Orestes, al presenciar el sacrificio de su hermana.

Menelao comprende el estado de ánimo de su hermano: "Cuando te vi derramar lágrimas, me conmoví profundamente y lloré también por ti. Retiro mis anteriores palabras. No quiero ser cruel contigo. Me pongo en el lugar en que tú te encuentras ahora y no te obligo ni a sacrificar a tu hija, ni a anteponer mi interés... Además, siento piedad por tu infortunada hija..."

Agamenón ve en Ulises el mayor obstáculo: "Es un hombre versátil por naturaleza y del partido de la masa. Puedes imaginártelo erguido en medio de los argivos. Les revelará los vaticinios que nos expuso Calcante. Les dirá que yo prometí sacrificar la víctima en honor de Ártemis y que luego me niego a cumplir esta promesa. Arrastrará tras él al ejército y convencerá a los argivos para que nos maten, a ti y a mí, y degüellen a la doncella".

El Coro elogia la prudencia en el amor, en contraste con el de París y Helena.

Aparece el carro donde llega Clitemnestra, Ifigenia y Orestes. Clitemnestra dice que acude "como conductora de la novia a un noble enlace. Bien, sacad del carro los regalos de dote que traigo para mi hija".

Llega Agamenón y mantiene con Ifigenia, que corre a su encuentro, un diálogo lleno de respuestas enigmáticas por parte del padre. A Clitemnestra también le da éste respuestas consoladoras y engañosas, al preguntar su esposa detalles sobre el futuro marido de su hija.

Se presenta Aquiles en la tienda de Agamenón, para pedirle que marchen de una vez a la guerra. Clitemnestra le saluda cariñosamente, como futuro yerno. Se produce entre ambos un diálogo lleno de equívocos. Clitemnestra habla de boda a Aquiles, que muestra su perplejidad, ya que no sabe nada de este asunto. Al final, dice Clitemnestra: "Pretendo una boda que no es real, al parecer. Me siento avergonzada..."

Aquiles comprensivo contesta: "Tal vez alguien se ha burlado de ti y de mí".

El viejo esclavo a quien Agamenón había confiado su carta para Clitemnestra, revela a ésta, en presencia de Aquiles, el verdadero plan de Agamenón, al hacer venir a Áulide a su hija: "Su padre se apresta a matar a tu hija con su propia mano... cortando con su espada la blanca garganta de la infortunada... Calcante... dice que debe permitir que se ponga en marcha el ejército... hacia el palacio de Dárdano, a fin de que Menelao recupere a Helena... Su padre, Agamenón, se dispone a inmolar a tu hija en honor de Ártemis... Yo había partido con una carta para ti, en contra de la carta
anterior... para que no viniera tu hija. Tu esposo había recobrado entonces la cordura... Me quitó esta carta Menelao, que es el autor de todos estos males".

Clitemnestra, fuera de sí, suplica a Aquiles que la ayude a evitar el crimen. Compadecido e irritado por haberse utilizado su nombre para atraer a la víctima al lugar del sacrificio, Aquiles promete que defenderá y salvará a la joven, incluso por la fuerza, si Clitemnestra no logra disuadir de su plan a Agamenón.

El Coro comenta la grandeza de Aquiles y el triste destino de Ifigenia.

Clitemnestra, que ha revelado este destino a su hija, pregunta a Agamenón si está dispuesto a darle muerte. Agamenón contesta con evasivas. Clitemnestra res­ponde: "Lo sé todo; estoy enterada de lo que tú me preparas. Tu silencio mismo y todos esos suspiros equivalen a una confesión".

A continuación rememora viejas injurias y le amenaza con odiarlo siempre. Ifigenia suplica a su padre que no la mate; alega que: "Es mejor vivir mal que morir honrosamente".

Agamenón, atormentado y agobiado por el espantoso dilema que tiene ante sí, resiste a los ruegos de su hija y expone las razones que le obligan a inmolarla: "Amo a mis hijos. Estaría loco si no lo hiciera. Me resulta terrible atreverme a eso, mujer, pero también es terrible no hacerlo. ¿Qué debo hacer, pues? Mirad qué gran­de es esta armada naval, y cuántos son los reyes de los helenos... que no conseguirán arribar a las torres de Ilion, a no ser que se sacrifique... Una pasión desenfrenada arrastra al delirio al ejército de los griegos, por navegar lo antes posible hacia la tierra de los bárbaros y por poner fin a los raptos de mujeres griegas. Ellos matarán en Argos a mis hijos, a vosotras y a mí, si incumplo los oráculos de la diosa..."

Ifigenia lamenta su destino y la infinita debilidad de todos los mortales.

Aparece Aquiles, con una escolta de guerreros, y anuncia la necesidad de inmolara Ifigenia. Añade que él se ha expuesto a un tumulto y a ser lapidado por intentar evitarlo. Sin embargo, declara que está dispuesto a defender a Ifigenia con las armas.

Ifigenia, que ha escuchado en silencio las palabras de Aquiles, siente que en ellas late lo inexorable de su propio destino, para el bien de los suyos y de todos los griegos. Agradece a Aquiles su buena disposición hacia ella, pero no puede per­mitir que éste se enemiste con el ejército. Ha decidido, pues, aceptar el sacrificio: "En este momento esta inmensa Grecia tiene toda ella fijos sus ojos en mí. De mí dependen la partida de la flota y la ruina de los frigios, así como la suerte de las mujeres en el futuro; los bárbaros... no podrán arrancarlas del suelo afortunado de la Hélade, una vez que hayan expiado el rapto de Helena, arrebatada por Paris. He aquí todo lo que les ahorrará mi muerte y mi renombre, por haber liberado a Grecia, será glorificado eternamente".

No consiguen disuadirla de la decisión tomada ni las advertencias de Aquiles, ni las lágrimas de su madre. Aquiles admira su magnanimidad e insiste en que está dispuesto a salvarla de la muerte.

Ifigenia pide a su madre que no lleve luto por ella, que críe al pequeño Orestes y que no guarde odio a su esposo, ya que éste, muy a pesar suyo, la va a inmolar por la salvación de Grecia. Tras estas palabras, se dirige, con gran serenidad, al lugar del sacrificio.

El Coro entona un canto a su heroísmo e invoca a Ártemis, para que esta diosa envíe al ejército griego a la tierra de los frigios y les conceda la victoria.

Un mensajero informa a Clitemnestra sobre los detalles del sacrificio, las últimas palabras de Ifigenia y el milagro que la ha salvado de la muerte: "En cuanto a tu hija, quiero anunciarte unos prodigios impresionantes...Cuando el rey Agamenón vio a su hija,... profirió un gemido. Volviendo la cabeza, derramaba lágrimas, cubriéndose los ojos con su manto... Todo el mundo estaba asombrado por la grandeza de alma y la valentía de la joven... Los Atridas y todo el ejército se mantenían inmóviles, con los ojos fijos en tierra... De pronto un prodigio se manifestó ante nuestra vista: todos habían oído claramente el ruido producido por el golpe, pero no se veía en qué lugar del suelo había desaparecido la joven. El sacerdote lanza entonces un grito y todo el ejército le hace eco, al contemplar aquel milagro inaudito, realizado sin duda por alguna divinidad y ante el cual no se podía dar crédito a los ojos: yacía en el suelo, con los palpitos de la agonía, una cierva, de tamaño enorme y de admirable belleza. Su sangre... bañaba el altar de la diosa... Calcante dice: '¿veis la víctima que la diosa ha depositado sobre el altar, una cierva...? La ha preferido a la joven, para no manchar su altar con una sangre generosa... Satisfecha, nos concede vientos favorables para ir a atacar Troya'... Tu hija ha volado, sin duda, hacia los dio­ses. Deja a un lado tu dolor y el rencor hacia tu esposo. Los designios de los dioses son imprevisibles para los mortales, pero ellos salvan a los que aman".

Agamenón dice a su esposa: "¡Mujer, benditos seamos por obra de nuestra hija! Porque es evidente que está compartiendo la vida de los dioses".

* * *

El tema del sacrificio de Ifigenia no aparece en los poemas homéricos. En cambio, en su Catálogo de las mujeres, Hesíodo decía que "Ifigenia no murió, sino que, por decisión de Ártemis, es Hécate".

Esquilo, cuya Ifigenia se ha perdido, alude en el primer coro de su Agamenón a la crueldad del sacrificio que éste ha llevado a cabo y traza una pintura del mismo. En otro pasaje de la Orestíada menciona la leyenda de Ifigenia en Áulide y su sacrificio.

Eurípides pudo haber tomado el tema de Ifigenia de los Cantos Chipriotas, en los que aparece la leyenda de su inmolación y apoteosis.

Destaca sobre todo en Eurípides el profundo análisis psicológico de los personajes. Éstos son mucho menos trágicos que los sucesos en los que participan. Son seres humanos que vacilan y cambian de actitud en el curso de su intervención en la obra.

Los personajes más nobles de la misma son Ifigenia y Aquiles.

Ifigenia aparece al principio como una jovencita confiada, que no se atreve a hablar de bodas y se muestra cariñosa con su padre, lo que sume a éste en la más negra desolación. Inicialmente se resiste al destino que le aguarda; suplica a su padre diciendole que es mejor vivir con ignominia que morir con honor, contradiciendo con estas palabras el máximo principio de la ética aristocrática. Después, ante lo inexorable del destino, acepta serenamente su sacrificio, a fin de asegurar la victoria de sus compatriotas. Es una víctima inocente sacrificada en aras de una irritable diosa y de la ambición de su padre, personaje mezquino. Constituye un símbolo del heroísmo juvenil, que contrasta con un entorno de egoísmo y vilezas.

El tema de la mujer que se sacrifica voluntariamente aparece en Alcestis y en otras obras de Eurípides. Sin embargo, en Ifigenia en Áulide Eurípides analiza con más profundidad el proceso emocional que conduce a la heroína desde su inicial miedo instintivo a la muerte a aceptar con serenidad su propia inmolación, impulsada por el deseo de cooperar a la victoria de su pueblo en la guerra de Troya.

Aquiles defiende la causa de Ifigenia, pero, ante la actitud hostil del ejército aqueo, comprende lo inútil de su postura y renuncia al uso de la fuerza para salvar a la joven.

Agamenón, personaje ambicioso, se muestra vacilante ante un angustioso dile­ma: ha de elegir entre el sacrificio de su propia hija y la traición al ejército que está bajo su mando supremo. Dominado por una penosa ¡ncertidumbre, decide por fin consumar el sacrificio de la joven, en el momento en que Menelao se ha arrepentido, a su vez, de su insensata pretensión y le exhorta a enviar a su casa a Ifigenia y renunciar a la expedición. Interpreta la guerra de Troya como una empresa nacional de todos los griegos contra el despotismo de Asia. Se trata, pues, de ante­poner su deber patriótico a su amor de padre.

Clitemnestra aparece como una bondadosa madre, que sólo piensa en casar a su hija con el hombre al que considera como un buen partido.

Eurípides demuestra gran maestría en los diálogos entre dos personajes con­trapuestos: Agamenón-Menelao y Agamenón-Clitemnestra.

Los encuentros respectivos con su esposa, que aún le es fiel, y con su tierna y dócil hija renuevan la tortura psíquica de Agamenón.

En esta obra, su autor revive, con el espíritu nuevo que lo caracteriza, el arcaico rito del sacrificio humano propiciatorio y expiatorio. Para Eurípides el investigar si una divinidad es capaz de exigir tan abominables prácticas no es un problema tan acuciante como lo había sido para sus predecesores. Cree, sencillamente, que tales ritos sangrientos son fruto de oscuras supersticiones explotadas por el egoísmo más brutal.

El rapto de Ifigenia por Ártemis, con el que finaliza esta tragedia, era la premisa argumenta! necesaria para la obra Ifigenia entre los Tauros.

La figura de Ifigenia ocupa un lugar importante en las artes plásticas: Vaso de Médicis (Florencia); estuco del Museo Chiaramonti (Roma); un fresco pompeyano\ mosaico romano de Ampurías (Museo Arqueológico de Barcelona); El sacrificio de Ifigenia (Tiépolo); etc.

Las repercusiones en la literatura posterior son notables.

En Roma, Nevio compuso una Ifigenia. Lucrecio (I, 94 ss.) alude al sacrificio de Ifigenia, como ejemplo de los perniciosos efectos de la superstición. Ovidio trata de Ifigenia en las Metamorfosis y Pónticas.

El sacrificio de Ifigenia constituyó uno de los temas predilectos del teatro clásico del Renacimiento francés.

La primera tragedia de esta época fue la Iphigénie en Aulide, de Rotrou (1640). En ella aparece Ifigenia como una heroína dispuesta inmediatamente al sacrificio, del que no consigue apartarla ni siquiera el amorde Aquiles. La inmolación se desarrolla en escena.

La obra más valiosa es la del mismo título de Racine (1639-1699). Compuesta en 1674, aparecen en primer plano los amores de la heroína con Aquiles. Agamenón, resignado a inmolar a su hija, la llama al campamento aqueo con el pre­texto de casarla con Aquiles. Arrepentido después, envía una nueva carta, orde­nándola que regrese a Argos, ya que Aquiles pretende aplazar la boda.

Llega Aquiles, contento porque cree que Agamenón quiere apresurar la boda, pero éste aconseja renunciar a la expedición a Troya, alegando que será funesta para todos. Aquiles se opone y Ulises recuerda a Agamenón sus deberes de comandante en jefe del ejército aqueo. Llegan al campamento Clitemnestra, Ifigenia y Erífila; Aquiles ha hecho prisionera a Erífila en Lesbos y ésta se ha enamorado de él.

Clitemnestra, que ha recibido tarde la carta de Agamenón, se siente ofendida y quiere regresar inmediatamente a Argos. Ifigenia piensa que el aplazamiento de sus nupcias se debe a que Aquiles ama a Erífila y lo rechaza indignada. Aquiles, en cambio, dice que no quiere demorar la boda, porque sus sentimientos hacia Ifigenia son auténticos. Agamenón pide a su esposa que no asista a la ceremonia nupcial.

Un siervo explica a Clitemnestra que, en lugar de boda se trata del sacrificio de su hija. Clitemnestra pide a Aquiles que lo impida. Ifigenia, por el contrario, le ruega que no se ofenda con su padre, cuyo dolor y angustia comprende y al que intenta consolar, mientras Clitemnestra, que defiende a su hija, lo ataca con furia. Lo mismo hace Aquiles.

Agamenón, dispuesto a salvar a su hija, se opone a su inmolación y decide ale­jarla y no dársela en matrimonio a Aquiles. Ifigenia, como debe renunciar a su amado y, además, los griegos exigen su sacrificio, prefiere morir sobre el altar. Su madre no es capaz de detenerla y Aquiles, ya al pie del altar, la defiende de las exi­gencias del ejército.

Llega el momento crítico y el adivino da al oráculo una nueva interpretación, diciendo que no hay que sacrificar a esta Ifigenia, sino a otra, hija de las bodas secretas de Teseo y Helena, es decir, Erífila, que originariamente tenía el mismo nombre. Tampoco ésta es sacrificada, sino que se suicida, al ver que Aquiles no corresponde a su amor. Muerta ésta, soplan vientos favorables y la flota griega, tras las nupcias de Ifigenia con Aquiles, se apresta a partir rumbo a Troya.

Racine sigue el relato de Eurípides, pero introduce algunas innovaciones: suprime el milagro de la cierva; inventa una segunda Ifigenia, Erífila; no es Menelao, sino Ulises, quien incita a Agamenón a consumar el sacrificio de su hija; Aquiles, enamorado de Ifigenia, la defiende con más ardor; ...

Schiller tradujo al alemán en 1792 la obra de Eurípides, que inspiró varias ope­ras. Gluck compuso una Ifigenia en Áulide.