Βάκχαι / Las bacantes
Estrenada el 406 a. C.Obra extraña y polémica, compuesta por Eurípides el último año de su vida, cuando vivía en la corte de Arquelao, rey de Macedonia.
Se representó postumamente. La escena tiene lugar en Tebas, ciudad en la que sigue viviendo Cadmo, su fundador, que ha entregado su cetro a su nieto Penteo, hijo de Agave, su hija.
En el prólogo, el dios Dioniso expone los antecedente del drama y anuncia su plan de castigo a Penteo, por haber menospreciado su divinidad: "Heme aquí, hijo de Zeus, en este país de los tebanos, yo, Dioniso. Aquí me alumbró
un buen día Sémele, la hija de Cadmo, en un parto provocado por la llama del rayo. Yo, un dios, he tomado la figura humana... He dejado... toda Asia... En esas lejanas regiones he desplegado ya mis coros e instituido mis ritos, para manifestarme a los hombres como un dios. Elegida entre las ciudades griegas, Tebas es la primera a la que he hecho alzarse con mis gritos... Porque las hermanas de mi madre... han afirmado que yo, Dioniso, no soy hijo de Zeus, sino que Sémele, seducida por un amante mortal, había atribuido a Zeus la culpa de su furtiva unión... Proclamaban... que Zeus la fulminó para castigarla por haber presumido de amores divinos. Por esta razón las he hecho abandonar en masa sus casas, víctimas del aguijón de mi delirio. Y helas aquí, con su mente extraviada, vagando por las montañas... Aquí las tienes, enloquecidas, entre las peñas, bajo los verdes abetos... Es preciso que esta ciudad comprenda... que he de
reivindicar el honor de Sémele, mi madre, manifestándome a los humanos como el dios que ella alumbró por obra de Zeus. Ahora bien, Cadmo ha transmitido su dominio y su poder real a Penteo, vastago de su hija. Éste hace en mí la guerra contra los dioses. Me excluye de sus libaciones; jamás, en sus plegarias, me menciona. Pero yo sabré demostrar, tanto a él como a todos los tebanos, que soy hijo de un dios".El Coro exalta el poder del dios, invita a las tebanas a participar en los ritos y gozos dionisíacos, celebra la felicidad que depara Dioniso, evoca su doble nacimiento y describe los ritos más representativos del culto tributado a este dios.
El adivino Tiresias y Cadmo, el fundador de Tebas, dos venerables ancianos, que aún se sienten jóvenes, se disponen a subir al monte Citerón, con atuendo de bacantes y coronados de hiedra, para ensalzar a Dioniso y tomar parte en las danzas en honor del dios. Dice Tiresias: "Nuestro dios no hace distingos en cuanto a la edad: jóvenes y viejos son iguales en sus coros. Quiere ser honrado en común y no admite que en su culto exista diferencia de clases".
Llega Penteo, que, escandalizado ante la desenfrenada licencia del nuevo culto, intenta impedir la participación de los dos ancianos en los misterios dionisíacos e increpa así a Tiresias: "Desde lejos, porque estaba ausente de esta tierra, me he enterado... de que nuestras mujeres, abandonando sus hogares, han huido en busca de presuntos misterios y, vagando sin freno por los bosques sombríos, glorifican con sus danzas a su nuevo dios, Dioniso... Practican... los ritos de las Ménades... He capturado a algunas, a las que... custodian mis guardias en mis mazmorras... A las restantes las atraparé por el monte... Y, manteniéndolas cautivas en mis férreas redes, ... abjurarán de este culto criminal. Se dice que ha venido aquí, procedente de Lidia, cierto extranjero, un mago, que practica encantamientos. Anda mezclado día y noche con la gente y fascina a nuestras jóvenes con los ritos mistéricos del evohé. Si logro apresarlo... le cortaré el cuello. Es él quien va diciendo por ahí que Dioniso es un dios, ese que fue zurcido en un muslo de Zeus. Ahora bien, fue consumido en el seno materno por el fuego del rayo, porque su madre había mentido, al pretender que había sido amada por Zeus".
Tiresias hace un elogio del vino: "El hijo de Sémele descubrió el jugo que fluye del racimo y se lo aportó, para curarles de sus penas, a los míseros mortales. Cuando éstos se han saciado del néctar de la vid, les concede el olvido de sus males cotidianos, gracias al sueño, único remedio contra nuestros sufrimientos".
Tras haber pronunciado tales palabras, Tiresias aconseja a Penteo moderación. Cadmo incluso le invita a acompañarlos a honrar al dios. Penteo se aleja profiriendo amenazas.
El Coro invoca la piedad, censura la hybris de Penteo, exalta de nuevo el gozo que procura Dioniso y rechaza la manía de cuantos no admiten esa fácil felicidad.
Un servidor anuncia que ha apresado al "Extranjero" (Dioniso). Se produce entre éste y Penteo un diálogo, en el que las frases bruscas de éste alternan con la calma e ironía de Dioniso.
Las bacantes suplican a Dioniso que las conforte en su aflicción y las libre de las amenazas de Penteo.
Apenas termina su canto, sale del palacio un fuerte grito. Es el dios, que llama alas bacantes y anuncia su presencia. Tiembla la tierra y se agita la cumbre del palacio; se oye en su interior estrépito de ruina; se forma una llama sobre la tumba deSémele. Las bacantes caen temblando al suelo.
Aparece Dioniso y, sin revelar quién es, consuela a las bacantes y les dice que ha engañado a Penteo.
En efecto, enloquecido por el dios, Penteo ha creído que sujetaba con grilletes a su prisionero, cuando en realidad ha encadenado un toro. Durante el terremoto y el incendio del palacio, el "Extranjero" ha desaparecido.
Llega un mensajero y dice a Penteo: "He visto... a las damas venerables, a las bacantes, que, con los pies desnudos, como excitadas por el aguijón, han huido... de la ciudad. He venido a comunicar su extraña conducta tanto a ti, señor, como a nuestra ciudad, porque estas mujeres están realizando maravillosos prodigios, que superan todos los milagros conocidos... Una golpeó con su tirso una roca y al instante brotó de ella un fresco chorro de agua cristalina. Otra hincó la caña en el suelo del terreno y el dios hizo surgir una fuente de vino. Las que tenían sed de blanca bebida, apenas escarbaban el suelo con la punta de sus dedos, obtenían raudales de leche. Y de los tirsos adornados de hiedra destilaba dulce miel..."
El mensajero añade que él y otros pastores quisieron atrapar a las ménades para complacer a Penteo, pero que las bacantes estuvieron a punto de descuartizarlos a todos, como hicieron con sus terneras. Continúa narrando el horrible espectáculo del comportamiento de las bacantes, poseídas por el frenesí dionisíaco. Aconseja, pues, a Penteo que se rinda al dios que puede obrar tales prodigios. Penteo ordena a sus soldados que se preparen para refrenar tales desmanes.
El Coro muestra su alegría por la liberación del dios y su confianza en la actuación de éste. Luego, exalta la vida serena y ecuánime.
Llega Dioniso y aconseja así a Penteo: "Penteo, tú no quieres creer en mis palabras, pero, aunque he sido maltratado por ti, te aconsejo que no alces tus armas contra un dios, sino que recobres la calma... Bromio jamás tolerará que expulses a las bacantes de los montes de evohé... Os harán huir a todos y será una vergüenza que los escudos guarnecidos de bronce retrocedan ante los tirsos de las bacantes... Yo puedo traerlas hasta ti, sin causarles herida alguna... ¿Quieres verlas acampadas en las montañas?... Cubre tu cuerpo con una vestidura de lino... Teme la muerte, si se reconoce tu sexo... Te pondré en la cabeza una larga peluca... Vestirás una ropa de largos pliegues y llevarás sobre la frente una diadema,... y un tirso en la mano... Pero correrá la sangre, si quieres luchar contra ellas..."
Penteo cae en la trampa y se disfraza de mujer, para evitar que las ménades lo maten, si lo descubren como hombre.
Dioniso, victorioso, exclama: "¡Mujeres, nuestro hombre ha caído en nuestras redes! ¡Acudirá a ver a las bacantes y lo pagará con su muerte! ¡Castiguémosle! Para empezar, que una dulce locura le haga desvariar: si conserva la sensatez, no querrá vestirse con ropas de mujer; si la pierde, se vestirá con ellas. Ahora bien, quiero que se rían de él los tebanos, al conducir yo por la ciudad, disfrazado de mujer, al hombre cuyas amenazas todos temían antes".
El Coro, excitado, invoca la llegada de una terrible justicia contra Penteo, por su conducta sacrilega.
Un mensajero informa al Coro sobre la muerte de Penteo: "Penteo ha muerto... Cuando hubimos dejado las moradas de Tebas y cruzado el río Asopos, subimos la pendiente del monte Citerón Penteo y yo... y el extranjero que guiaba nuestra expedición... Las ménades acampaban, entregadas a amables trabajos... Penteo, el desgraciado, sin ver la multitud de mujeres, gritó: 'Extranjero, desde el lugar donde nos hallamos, mi mirada no alcanza a ver a las ménades... Subamos a una peña; si yo me encaramase sobre este alto abeto, vería, como es debido, todas sus vergonzosas actividades'. Acto seguido vi al extranjero realizar un milagro: asió por su extremo una rama muy alta del abeto, que apuntaba al cielo, y lo iba bajando, bajando, hasta tocar el negro suelo. Y el abeto se iba curvando como un arco... cediendo ante una acción imposible para un mortal. Enseguida instaló a Penteo sobre esta rama del abeto y luego dejaba erguirse entre sus manos el tronco hacia lo alto, poco a poco, con mucho cuidado, para no desmontar demasiado pronto a Penteo. Y la rama volvió a enderezarse hacia el cielo, llevando a mi amo cabalgando en ella. En lugar de ver a las ménades, fue visto por ellas. Apenas lo vieron a horcajadas sobre la copa del abeto, desde lo alto del cielo una voz, sin duda de Dioniso, gritó: '¡Hijas mías, os traigo a quien intenta burlarse de vosotras, de mí y de mis ritos! ¡Castigadlo!' Las hijas de Cadmo... cruzaron a saltos los torrentes del valle y los escarpados barrancos, enloquecidas por el entusiasmo que el dios les había insuflado. De pronto divisaron a mi señor sentado, como en un trono, sobre su abeto. Al instante, trepando sobre una roca que había frente al árbol, lanzaron contra él una granizada de piedras... El infortunado, paralizado de angustia..."
Añade que, al final, arrancan el árbol; Penteo cae desde lo alto; en medio de una turba de enloquecidas bacantes; entre las que reconoce a su propia madre. Estas lo desgarran con furia.
El Coro celebra la victoria de Dioniso. Agave lleva clavada en su tirso la cabeza de su hijo Penteo, creyendo que ha cazado un cachorro de león, y llama a su padre, el anciano Cadmo, para enseñarle, orgullosa, la pieza conseguida. El Coro se
horroriza.
Cadmo viene de recoger los dispersos restos de Penteo y, abrumado por el dolor, no ve, al principio, a Agave.
Llora su soledad, al verse sin la protección de su nieto Penteo. Después, poco apoco, logra que su hija Agave recobre la razón y llore su horrenda desgracia.
La parte final de esta obra se ha perdido, así como la resis de Dioniso, en la que éste se aparece, como deus ex machina, y profetiza a Cadmo y a Agave su nefasto futuro.
Agave y sus hermanas pagarán su culpa con el destierro. Cadmo padecerá todavía dolores, hasta que, transformado en serpiente, halle la paz.
* * *
Para Goethe, Las Bacantes era la más bella de las tragedias de Eurípides. Obra completa y rica en temas y, a la vez, unitaria. Las escenas de horror alternan con las de piedad. Tragedia de la debilidad humana frente a una divinidad despótica, cruel y misteriosa.
Eurípides es favorable a Penteo, que representa la razón frente al misterio. Penteo defiende a ultranza los valores tradicionales de la moral griega. Tiresias se muestra contemporizador y ecléctico, como corresponde a un servidor del ambiguo oráculo de Delfos. Cadmo es prudente y comprensivo, por la experiencia que dan los años. El castigo que sufre el intransigente Penteo va acompañado de una previa destrucción moral de su condición de hombre, ya que, hipnotizado por Dioniso consiente en mostrarse vestido de mujer.
Esta tragedia, única que se conserva de tema dionisíaco , sigue las normas tradicionales del género, ya que mantiene, del principio al fin, la tensión trágica y no recurre a lo melodramático y novelesco, a lo que suele propender su autor.
El Coro de bacantes, que da nombre a la obra, sigue siendo un elemento esencial en la acción dramática, ya que interviene, con cierta extensión, en la teomaquia de Dioniso. En sus cantos expresa los temores y angustias suscitados por los diversos episodios de la tragedia.
Hay también amplias narraciones de los mensajeros.
Se atribuye un primitivo Penteo a Tespis, el fundador casi mítico de la tragedia griega. Esquilo compuso sobre el tema una trilogía y un drama satírico, hoy perdidos. Varios autores más insistieron sobre este mito.
Algunos críticos consideran que esta obra refleja el abandono, por parte de Eurípides, ya anciano y cansado de polémicas, del racionalismo que vemos en sus anteriores tragedias y la búsqueda, en un culto mistérico, del sosiego que no encontraba en la sociedad en que había vivido hasta entonces.
Otros, en cambio, ven en la figura de Penteo al propio Eurípides. Como éste, Penteo representa la lucha inútil de la razón humana contra las fuerzas irracionales de la naturaleza, presentes en un dios que acepta abominables orgías y cruentos sacrificios humanos. En efecto, en la obra, se ensalza a menudo la grandeza de Dioniso, que infunde a sus seguidores goces entusiastas y castiga horriblemente a cuantos se oponen a él. Es el dios del entusiasmo, de la exaltación vital y, a la vez, el diabólico genio de la locura y del aniquilamiento. Esta exaltación de los elementos irracionales, que obnubilan la razón, aparece también en otras obras de Eurípides (Medea, Hipólito, Hécuba...)
De hecho, Eurípides tan sólo pretendía, tal vez, presentar una visión realista del fenómeno dionisíaco, probablemente como solución del ansia incontenible del hombre de su tiempo de llenar, con una religiosidad mística de salvación, el vacío dejado por la pérdida creciente de su fe en los dioses tradicionales, convertidos en meras figuras literarias. La obra constituye, por así decirlo, un preludio del helenismo, en donde adquieren vigor inusitado los cultos mistéricos, que ofrecen a sus iniciados seguridad y confianza en una felicidad eterna. Es posible que influyera también en la concepción de esta obra el conocimiento directo, durante la estancia de su autor en Macedonia, de los cultos orgiásticos que, desde allí, se fueron propagando gradualmente en Grecia. Eurípides veía en el culto dionisíaco una expresión realista de la naturaleza, de la vida.
En el año 1822, el poeta sueco Erik Johan Stagnelius (1793-1823) publicó el drama Las Bacantes, obra que se rige totalmente por símbolos cristianos.