Ἠλέκτρα / Electra
Estrenada entre los años 420/413 a. C.Obra compuesta el año 413 a. C.
En el prólogo, un campesino pobre, esposo de Electra, ante su cabaña, donde se desarrolla la acción, informa al público: "Cuando Agamenón partió para Troya, dejaba en su casa un hijo varón, Orestes, y una hija, Electra. Un viejo ayo de su padre sustrajo a Orestes a la muerte que iba a darle el brazo de Egisto y lo entregó a Estrofio, para que éste lo criara en el país de Focea. Electra permaneció en casa de su padre. Cuando llegó a la edad florida de su adolescencia, se presentaron los más nobles príncipes de la Hélade a pretenderla como esposa. Pero Egisto, temeroso de que Electra diera a alguno de ellos un hijo que vengara a Agamenón, la guardaba en su palacio y no se la concedió a ninguno de tales pretendientes... Quiso matarla, pero su madre, a pesar de lo cruel que era, la preservó de los golpes de Egisto... Ella tenía una excusa para justificar la muerte de su esposo, pero temía hacerse odiosa, si mataba también a sus propios hijos... Egisto... prometió oro a quien matara al hijo de Agamenón, exiliado del país, y a mí me entregó Electra como esposa... pensando que, si el marido era una persona insignificante, su miedo sería menor... El esposo que estáis viendo... ha respetado siempre el lecho de Electra, que sigue siendo virgen... Sentiría yo vergüenza, si ultrajara a una hija de sangre real, puesto que mi nacimiento no me hace digno de ella... Si alguien me toma por tonto, por querer conservar pura a una virgen en mi casa, sepa que el tonto es él, por medir la moderación con la vara de su mente perversa".
Sale de la cabaña Electra a buscar agua y el campesino le dice unas palabras de consuelo y de aliento.
Electra lamenta su infortunio y dice a su esposo: "Estimo que es semejante a los dioses un amigo como tú, que jamás te has mostrado insolente conmigo en mi desgracia. Gran suerte es para un mortal encontrar en el infortunio un consuelo como el que tú eres para mí. Por eso, sin que me instes a ello, en la medida de mis posibilidades, tengo que aliviar tu trabajo y hacerlo más llevadero, compartiéndolo contigo. Ya tienes bastante con tus labores del campo; el cuidado de la casa debe ser asunto mío. Al volver al hogar, el trabajador se complace en encontrarlo en él todo bien dispuesto".
Salen de escena ambos esposos. Llegan a las inmediaciones de Argos Orestes y su amigo Pílades. Orestes viene a vengar la muerte de su padre, por orden de Apolo Deifico. Espera que su hermana le ayudará en la empresa.
Cuando vuelve Electra, Orestes, que, por su atuendo y su cabeza rapada, la toma por una esclava, se oculta tras unos arbustos, en espera de que llegue alguien que le informe acerca de su hermana.
Electra entona una lamentación sobre la muerte de su padre y la triste suerte suya y de su hermano. Después vierte una libación en la tumba de Agamenón.
El Coro, formado por muchachas de Argos, continúa sus lamentos e invita a Electra a tomar parte en la fiesta en honor de Hera. Electra, dado su estado de ánimo, no acepta la invitación.
Salen de su escondrijo Orestes y Pílades y se presentan ante Electra. Ante su inesperada presencia ésta se asusta, pero Orestes, que la ha reconocido por sus palabras, le dice, ocultando aún su nombre, que le trae noticias de su hermano, que aún vive.
Electra informa al extranjero sobre la maldad de Clitemnestra y Egisto.
Le cuenta su vida, sus humillantes nupcias y la generosidad del campesino que le han dado por esposo. Le muestra el odio que siente contra su propia madre y su deseo de vengar la muerte de su padre.
Electra oye que Orestes vive en el exilio, que desea volver a Argos y que necesita la ayuda de su hermana. Promete ayudarle y evoca la presencia de Orestes como vengador de la muerte de su padre.
Orestes contiene a duras penas las ganas de revelar su identidad y acepta la hospitalidad del campesino casado con Electra, alabando su generosidad y nobleza: "He visto a hijos de padre noble comportarse de forma ruin y a hombres extraordinarios nacidos de padres viles. He visto la pobreza de espíritu en el corazón de un rico y la grandeza de alma en el cuerpo de un pobre... Aquí tenéis a este hombre; no es una persona importante en Argos, ni se enorgullece del renombre de su familia, pero, aunque es un hombre del pueblo, ha demostrado su virtud... Se debe juzgar la nobleza de los mortales por su conducta y su carácter... Ciudadanos como éste procuran prosperidad a los Estados y a sus familias. En cambio, los cuerpos bien formados, pero vacíos de sensatez, son sólo meros adornos del agora... Todo depende de la naturaleza del alma... Aceptemos la hospitalidad de este albergue. Entremos... en esta casa... Prefiero como huésped un pobre de buen corazón, a un rico..."
Tras estas reflexiones de Orestes sobre la nobleza auténtica y la aparente, Electra envía al campesino a buscar al anciano sirviente que fue pedagogo en la corte de Agamenón y que antaño salvó a Orestes en su niñez; le pide que venga con algunas provisiones, para agasajar a sus huéspedes: "Vete a buscar al buen anciano que fue ayo de mi padre. Lo encontrarás en las cercanías del Tañaos, cuyas aguas sirven de límite entre los territorios de Argos y de Esparta. Allí pastorea el ganado, desde que fue expulsado de la ciudad. Ruégale que venga y que se pase antes por su cabana y tome en ella algunos alimentos para agasajar a nuestros huéspedes. Se alegrará mucho y dará gracias a los dioses, cuando sepa que vive el niño que él salvó antaño".
El Coro describe las armas de Aquiles y canta la gloria y la desgracia de Agamenón.
Llega el viejo pedagogo y, al ofrecer libaciones en la tumba de Agamenón, ve el bucle de cabellos rubios dejados sobre ella como ofrenda. Supone que son de Orestes y después, al ver a éste, lo reconoce por una cicatriz dejada por una herida que se había hecho, de niño, en una caída.
Este detalle convence a Electra de que el forastero es su hermano. Ambos se abrazan, movidos por el sentimiento común de vengar la muerte de su padre.
El Coro manifiesta su gozo.
Orestes se muestra indeciso, pero Electra y el anciano urden un plan para matar primero a Egisto y después a Clitemnestra. El anciano cuenta que ha visto a Egisto en el campo, cuando éste se disponía a ofrecer un sacrificio a las Ninfas. Orestes debe acercarse a él y Egisto le invitará sin duda a tomar parte en el sacrificio. Entonces podrá darle muerte. Después, el anciano comunicará a Clitemnestra que Electra ha dado a luz. Clitemnestra, si aún conserva algún resto de sentimiento maternal, la visitará en su casa de campo y allí encontrará la muerte.
Orestes, tras dirigir una plegaria al alma de su padre y a las potencias infernales, para que le asistan en su venganza, se aleja para cumplir su parte en el plan acordado.
El Coro evoca la historia del vellocino de oro, origen de los conflictos surgidos entre Atreo (padre de Agamenón) y Tiestes (padre de Egisto). Comparación entre el adulterio cometido por la esposa de Atreo y el cometido por la de Agamenón.
Un mensajero cuenta la falsa muerte de Orestes. Después, se oyen a lo lejos, gritos y gemidos y otro mensajero anuncia la victoria de Orestes.
En efecto, tal como había previsto el viejo pedagogo, Egisto le había invitado a participar en el sacrificio e incluso le había proporcionado un arma para llevarlo a cabo. Con ella Orestes había matado a Egisto.
La gente del palacio reconoce al vengador de Agamenón como señor legítimo.
El Coro entona un canto de triunfo y Electra acepta ahora la invitación del Coro a participar, vestida de fiesta, en la danza.
Llega Orestes con el cadáver de Egisto. Al verlo, Electra prorrumpe en improperios y acusaciones. El cadáver es llevado a la choza de Electra.
Orestes se angustia al pensar en el matricidio que va a consumar.
Electra lo anima y él entra en la cabana, para aguardar allí a su madre.
Llega Clitemnestra en un lujoso carro, acompañada por esclavas troyanas. Desconoce aún la muerte de Egisto y, en un tenso diálogo con Electra, trata de justificar el asesinato de Agamenón: "Al darme como esposa a tu padre, Tindáreo no quiso mi muerte ni la de los hijos que de mí nacieran. Pero Agamenón engañó a mi hija con la promesa de un matrimonio con Aquiles y se la llevó, lejos del palacio, junto a las naves bloqueadas en Áulide. Allí la extendió sobre un altar y segó el blanco cuello de mi querida Ifigenia. Si lo hubiera hecho por salvar de la ruina a su patria, en interés de su familia o por la salvación de sus hijos restantes, si esta muerte única hubiera impedido otras muchas, se le podría perdonar. Pero no, se encontró ante una Helena lasciva, ante un marido incapaz de castigar su traición y, por ellos, sacrificó a mi hija. Sin embargo, yo... no habría matado sólo por esto a mi esposo. Pero se me presentó, a su vuelta, con una joven posesa, una auténtica ménade, y la Introdujo en su lecho: éramos dos esposas conviviendo bajo el mismo techo... ¿Es que, si Menéalo hubiera sido raptado furtivamente de su casa, habría tenido yo que matar a Orestes, para salvar al tal Menelao, por ser esposo de mi hermana? ¿Cómo habría reaccionado tu padre tras semejante ultraje?"
Electra replica acusando a su madre de ligereza, de lascivia, del destierro de Orestes y de su propia marginación, que califica de "muerte en vida".
A pesar de todo, Clitemnestra, engañada, entra en la choza de Electra, dispuesta a cumplir el sacrificio de purificación necesario tras un nacimiento.
El Coro deplora la suerte de Clitemnestra. Después se oyen los gritos desesperados de ésta dentro de la cabana.
Manchados con la sangre de su madre, salen de ella ambos hermanos, tristes, abatidos, llorosos, atormentados por un súbito arrepentimiento y por la visión de su madre implorando piedad.
El Coro alude a la restauración de la justicia.
Aparecen los Dióscuros, hermanos de Helena y de Clitemnestra, Castor informa acerca del futuro: "Hijo de Agamenón, escucha. Te llaman los Dióscuros, hermanos de tu madre... Acabamos de llegar de Argos, tras haber calmado las olas desencadenadas en el mar contra una nave, porque hemos visto sacrificar aquí a esta víctima, hermana nuestra y madre tuya. Su castigo es justo, pero tú no has obrado con justicia. Febo, aunque es prudente,... te ha aconsejado con poca prudencia con su oráculo. Pero no hay más remedio que resignarse y, en lo sucesivo, debes adaptar tu conducta a los designios del Destino y de Zeus. Entrega Electra como esposa a Pílades... y tú abandona Argos. No te está permitido hollar el suelo de esta ciudad, después de haber matado a tu propia madre. Las terribles Keres, las diosas de cara de perro, te harán desvariar, presa de la locura... Dirígete a Atenas y abrázate allí a la sagrada imagen de Palas... Hay en estos lugares una colina, que lleva el nombre de Ares; allí, por vez primera, celebraron sesión los dioses, como jueces, en un proceso por homicidio, cuando el cruel Ares... mató a... un hijo del rey del mar. Allí el voto es sagrado y firme... a los ojos de los dioses... Allí ante este tribunal, deberás comparecer, para que juzguen tu crimen. Escaparás a la sentencia de muerte, gracias a que el número de votos será igual, pues Loxias (Apolo) se hará cargo de tu culpa, puesto que su oráculo te obligó a cometer el matricidio. Y este precedente se convertirá en ley vigente para los venideros: la igualdad de votos debe siempre absolver al reo".
Tras despedirse de Electra, Orestes huye llorando, perseguido por las Keres.
* * *
El tema de esta tragedia había sido tratado ya por Esquilo (Las Coéforas) y Sófocles (Electrá).
Son notables las diferencias entre las tres obras.
Esquilo hace de Orestes un héroe, obligado por Apolo a llevar a cabo un acto de justicia. En Sófocles el centro de la obra es Electrá pero el interés se centra en la muerte de Egisto. Eurípides convierte a Orestes en víctima de una horrorosa superstición; aunque acepta el desenlace tradicional del mito, critica lo absurdo de la existencia de mitos tan inhumanos. Suprime los elementos más religiosos de tales mitos; los propios personajes dudan de que Apolo haya mandado matar a los asesinos de Agamenón; no hay ritos funerarios en la tumba de éste, ni Clitemnestra tiene sueños horribles. Todo es más natural. Electrá no vive en el palacio real, sino en la choza de su esposo, un humilde campesino. Orestes no entra en la ciudad de Argos, para matar a Egisto y a su madre, sino que son ellos los que salen de la ciudad, lo cual le facilita la empresa y la hace más verosímil.
Los protagonistas de su obra no son auténticos héroes, sino seres humanos llenos de dudas y vacilaciones, zarandeados por su destino adverso. El pobre campesino casado con Electrá no osa acercarse a su esposa, trata de aliviar su dolor y la trata con la mayor delicadeza y la comprensión más profunda. Con él aparece en la tragedia un nuevo personaje, el hombre humilde, incluso esclavo, que alberga un alma noble.
La figura de Clitemnestra resulta más débil que en Esquilo; Orestes es un adolescente irresoluto, que no tiene confianza en sí mismo y necesita constantemente la ayuda de alguien que decida por él; incluso recurre a la traición para matar a Egisto. En cambio, se insiste hasta tal punto en el ansia de venganza de Electrá y ésta resulta tan malvada, que el espectador no se identifica con ella y llega a rechazar la abyecta venganza de sangre. Si es un dios el que la ha ordenado, este dios es igualmente repugnante.
Sólo alegando el trato miserable que han sufrido los protagonistas pretende justificar Eurípides la horrible venganza que ambos llevan a cabo. Orestes ha vivido desterrado, despojado de sus derechos de heredero del trono de Argos por un usurpador, que, además de haber asesinado a su padre, vive amancebado con su madre; Electrá ha sido constantemente vejada y entregada como esposa a un pobre campesino. Ambos llevan una vida mísera, que contrasta con la opulencia de los dos adúlteros. El resentimiento exacerba sus deseos de venganza.
En esta tragedia se pone de manifiesto el realismo psicológico propio del teatro de Eurípides. Los personajes fluctúan entre el odio, el crimen y los remordimientos.
El plan de venganza, urdido por los dos hermanos y el anciano pedagogo, se va ejecutando con precisión sistemática: primero cae Egisto (como en Esquilo); luego, Clitemnestra, tras una agria disputa con Electrá. Con la muerte de su madre, se apaga el odio en el corazón de Electrá, impresionada por el horror que le produce el matricidio y ambos hermanos quedan anonadados por el peso de una acción que nunca debieron haber cometido.
La acción se desarrolla en Argos en Las Coéforas; en Micenas, en la Electra de Sófocles; en la obra de Eurípides, en una granja del territorio argivo.