Ἰφιγένεια ἡ ἐν Ταυρίδι / Ifigenia entre los Tauros

Estrenada el 414 a. C.

El mito de Ifigenia no es mencionado en los poemas homéricos, pero fue cultivado por los poetas cíclicos griegos y en especial por los autores trágicos. La pri­mera tragedia conservada sobre este tema es Ifigenia entre los Tauros, representada probablemente entre los años 414 y 412 a.C.

Después de salvarse del cruento sacrificio en Áulide, gracias a la oportuna intervención de Artemis, ifigenia vive como sacerdotisa de la diosa en Táuride, donde una bárbara costumbre le exige sacrificar en honor de la diosa a cuantos extranjeros arriben al país. Apolo ordena a Orestes que lleve a Atenas la imagen de Artemis de Táuride, si quiere librarse del feroz acoso de las Erinias.

En el prólogo de la obra Ifigenia cuenta su origen, su sacrificio en Áulide y por qué está entre los Tauros: "Pélope, hijo de Tántalo, llegó a Pisa... y allí se casó con la hija de Enómao, de la que nació Atreo, que tuvo dos hijos, Menelao y Agamenón, mi padre. Soy Ifigenia, hija de Agamenón y de la hija de Tindáreo. Mi padre me sacrificó, o creyó que me sacrificaba, sobre el altar de Artemis, ...en Áulide... El rey Agamenón había reunido en estos parajes una expedición griega de mil navios... para vengar el deshonor que suponía el rapto de Helena. Vientos contrarios retenían a la flota... Calcante (el adivino) profetizó: 'Agamenón, jamás verás a estas naves abandonar la rada, a menos que inmo­les como ofrenda, sobre el altar de Artemis, a tu hija Ifigenia...' Engañada con el pretexto de casarme con Aquiles, vine... a Áulide y allí, pobre víctima, me pusieron sobre un altar y en él iba a perecer a espada. Pero Artemis me arrebató y les dejó a los aqueos una cierva en mi lugar. Me transportó a través del éter transparente hasta este país de los tauros, donde vivo desde entonces. Aquí reina sobre los bárbaros Toante... Sometida a las leyes de un culto grato a la diosa Artemis..., esclava de una costumbre que ya existía antes de mi llegada a estos lugares, inmolo a cuantos griegos desembarcan en esta tierra..."

Ifigenia cuenta que ha soñado que tocaba con el cuchillo del sacrificio la cabeza de su hermano Orestes, a quien no ha visto desde que era niña. Interpreta su sueño en el sentido de que Orestes ha muerto y quiere hacer libaciones por él.
Acompañado de su fiel amigo Pílades, aparece en escena Orestes y expone las razones de su llegada: "Oh Febo, ...tú me ordenaste llegar a este país de Táuride, donde Artemis, tu hermana, tiene altares, y que tomara aquí la imagen de la diosa, que, según se dice, cayó antaño en este templo desde el cielo; ...que la llevara a tierra ateniense... Me dijiste también que, una vez hecho esto yo encontraría, por fin, un descanso de mis sufrimientos".

El Coro, formado por mujeres griegas, que sirven a Ifigenia en el templo, entona un treno por Orestes muerto: Ifigenia habla de nuevo sobre su sacrificio en Áulide y su sacerdocio.

Un pastor cuenta que dos extranjeros han sido capturados tras enconada resis­tencia. Sólo sabe el nombre de uno de ellos, Pílades.

Orestes, víctima de la constante persecución de las Erinias, sufre un acceso de locura. Los dos amigos están a punto de ser sacrificados. Ifigenia insiste en su sacrificio en Áulide, recuerda una vez más, como muerto, a Orestes y censura a Artemis por su gusto por los sacrificios humanos: "Yo no admito la naturaleza artificiosa de Ártemis. Si un mortal se contamina con una muerte o toca a una parturienta o a un cadáver, le prohibe que se acerque a sus altares, ya que lo considera abominable. En cambio, a ella le gustan los cruentos sacrificios humanos... Creo que los habitantes de este país, sanguinarios como son, han atribuido a la diosa sus propios instintos crueles. Porque yo no creo que un dios pueda ser malvado".

El Coro pregunta quiénes son los extranjeros capturados y cómo han logrado cruzar las Simplégadas. Cuando, tras el canto del Coro, los dos jóvenes son conducidos, para ser sacrificados, a presencia de Ifigenia, ésta se siente invadida por una misteriosa piedad. Pregunta, sin reconocerlo, a Orestes por Helena, Calcante, Odiseo, Agamenón, Clitemnestra, por la hija sacrificada de los dos últimos y por Orestes. Éste alude enigmáticamente al matricidio que él ha perpetrado. Ifigenia se alegra de que Orestes siga vivo, por lo que su sueño era vano y la suerte le ha enviado a los dos extranjeros, de los que va a servirse para enviar noticias a su familia.

Les propone salvar a uno de ellos, si éste lleva a Argos una carta en la que les revela su salvación por Ártemis y su situación actual. Dice a Orestes: "Si yo te salvara la vida, ¿estarías dispuesto aira Argos, a llevar a mis padres la carta que un cautivo escribió para mí? Se apiadó de mí... Pero yo no tenía aquí a nadie que fuera a Argos y pudiera volver allí, para darle mi carta destinada a uno de los míos, si recibía, a cambio, la libertad... Ahora bien, me parece que tú eres de esa raza y que conoces Micenas y a aquellos en los que estoy pensando. Salva tu vida y obtendrás una magnífica recompensa. Por una simple carta, que nada pesa, tu salvación. Sea... ofrecido a la diosa sólo tu amigo, puesto que nuestra ciudad lo exige... Sin embargo, si lo quieres así, le escogeré a él, para llevar mi mensaje, y morirás tú... Es posible que yo envíe a alguno de mis amigos a Argos... noticias que no espera. Mi carta, al decirle que la muerta está viva, le va a henchir de felicidad... He aquí, extranjeros, mi carta, compuesta de múltiples tablillas... Préstame juramento de que la llevarás a Argos y la entregarás a mis padres, a quienes va destinada... Te diré de palabra, para que puedas comunicárselo a los míos, todo lo que está escrito en los pliegues de las tablillas. Así, el resultado es más seguro... si el mar destruye estas tablillas, si salvas tu persona, salvarás mi mensaje... Dile a Orestes, el hijo de Agamenón: Te envía esta carta Ifigenia, la víctima de Áulide, que aún vive, aunque para vosotros no exista ya... Ven a buscarme, hermano mío, no me dejes morir aquí, llévame de nuevo a Argos, mi patria; sácame de esta tierra bárbara. Libérame de los cruentos sacrificios dedi­cados a la diosa, que me obligan a inmolar a extranjeros... o mi maldición caerá sobre tu familia, Orestes...' Dile también que Ártemis, que me cambió por la cierva que sacrificó mi padre, cuando creyó herirme con su espada..., me ha instalado en este país..."

Orestes se ofrece a morir; no permite que su amigo sea la víctima del sacrificio; debe morir él, que es tan desgraciado. Pílades se resigna, pero anima a Orestes a no perder la confianza en las promesas de Apolo y a esperar su salvación.

Ifigenia elogia la generosidad de Orestes y asegura que así sería su hermano, si viviera.

El Coro lamenta la muerte de uno y celebra la salvación del otro.

Para evitar que el mensaje no llegue a su destino, Ifigenia lo ha leído en voz alta, a fin de que Pílades pueda comunicarlo de palabra. Ifigenia, pues, se ha identificado ante Orestes. Ambos hermanos se reconocen.

Orestes cuenta a Ifigenia su triste vida; le dice que ha perpetrado un matricidio; le describe la persecución de que le hacen objeto las diosas Erinias, el juicio del Areópago y la nueva orden de Apolo, que le obliga a robar la imagen de Artemis: "Febo, el dios que antes había causado mi perdición,... me ha enviado a tomar aquí esta imagen caída del cielo y erigirla enseguida en tierra ateniense... Si conseguimos apoderarnos de la imagen de Ártemis, cesarán mis accesos de locura. Yo te llevaré de nuevo... a Micenas... Sí, te llevaré, si puedo huir yo mismo, o me quedaré aquí y moriré contigo... Pero yo creo que, si el plan de llevarla con nosotros desagradara a Ártemis, ¡cómo habría podido Apolo ordenarme, por una profecía, llevar la estatua de esta diosa al país de Palas?... Renace, pues, en mí la esperanza de ver de nuevo mi patria".

Ifigenia prepara un plan de fuga, que les permita escapar, con la imagen, en el mismo barco en que ambos llegaron; así lo expone: "Creo haber hallado una estratagema nueva... Sacaré partido de tus propias desgracias... Le diré que eres un parricida que viene de Argos... y que, por consiguiente, no está permitido sacrificarte a la diosa... porque eres una víctima impura... Te haré purificar con agua del mar... Ordenaré que se purifique también la imagen de Ártemis, porque tú la has contaminado al tocarla... En cuanto a Pílades, diremos que está manchado por la muerte, lo mismo que tú".

Pide a las mujeres del Coro que guarden silencio y les promete que, si se salva, las llevará consigo a la Hélade.

El Coro, que ha prometido a Ifigenia no traicionarla, canta su nostalgia por la tie­rra griega, que Ifigenia volverá a ver.

Llega Toante, el rey bárbaro, y pregunta por Ifigenia. Ésta lleva a cabo su plan de fuga con gran astucia. Finge un odio tan intenso hacia los extranjeros, que el ingenuo Toante no sólo no sospecha, sino que, admirado de la piedad y prudencia de la sacerdotisa, consiente en proporcionarle una escolta para conducir al mar a los dos prisioneros.

El Coro entona un himno a Apolo y cuenta cómo este dios, tras matar a la serpiente Pitón y desalojar de él a Temis, se apoderó del oráculo de Delfos y cómo Ctón arrojó de nuevo a Apolo y Zeus se lo devolvió para siempre.

Llega, como mensajero, un hombre de la escolta y describe a Toante la estratagema de que ha sido víctima. Ha estallado, le dice, una breve e inútil lucha y los griegos han huido con Ifigenia y la imagen de la diosa.

Una tempestad devuelve de nuevo la nave de los fugitivos a la costa. Cuando Toante, furioso, ordena perseguirlos por tierra y mar, aparece Atenea, como dea ex machina, sobre la cubierta del templo y le dice: "Deja ya de perseguirlos... Orestes, obligado por las profecías de Apolo, ha venido a estos lugares para escapar de la furiosa persecución de las Erinias. Quiere llevara Argos a su hermana y trasladar la imagen sacrosanta de Ártemis al Ática, mi país; pretende así poner fin a sus desgracias presentes... y tú, Orestes,... adelante, parte de aquí llevando contigo a tu hermana y la estatua. Mas, cuando llegues a la divina Atenas,... erige un templo e instala en él la imagen, cuyo sobrenombre recordará la Táuride... A partir de ahora, los mortales adorarán a la diosa bajo la advocación de Ártemis Taurópola... Y tú, Ifigenia, serás la sacerdotisa de su templo en las sagradas colinas de Braurón. Allí se te enterrará, cuando hayas muerto, y se te consagrarán, como ofrenda, los sutiles peplos bordados que han dejado en su casa las mujeres que hayan muerto de parto... Y a ti, Orestes, te salvé un día en el Areópago, cuando, con el mío, decidí sobre el empate de votos. Y quedará esto como ley: se absolverá al reo que consiga la mitad de los votos".

Toante obedece las órdenes de Atenea y deja marchar a los fugitivos.

* * *

La crítica ha visto en esta obra, más que una tragedia, una especie de melodrama o de novela escenificada, en la que la ausencia de un auténtico dramatismo es compensada por el interés que despierta la suerte de los protagonistas y lo movi­do de la acción, especialmente en el magnífico final, en el que aumenta el suspen­se ante la tempestad imprevista, que devuelve a los fugitivos al puerto de donde acababan de partir.

Los protagonistas, exentos de todo heroísmo sobrehumano, afrontan los riesgos y dificultades que les depara un mundo bárbaro y hostil a los extranjeros y logran salvarse gracias al valor y a la astucia de Ifigenia.

La figura de esta heroína o, mejor dicho, de esta mujer joven, condenada a ejercer un oficio cruel por su misterioso destino, pero que, a pesar de haberse endure­cido en él, ha mantenido vivas su capacidad de sentir los afectos más humanos y la nostalgia de su patria y de su familia, es, en su gran complejidad, una de las cre­aciones más logradas de Eurípides. La Ifigenia cruel, hasta la anagnórisis, se va convirtiendo en una mujer sensible y, a la vez, audaz, capaz de engañar con su astucia al bárbaro rey Toante.

Este personaje de Ifigenia como sacerdotisa de un culto a Ártemis, en un lugar tan alejado de Atenas, es fruto del sincretismo de tres Ifigenias de origen diferente: una Ártemis-lfigenia ("protectora del parto"), adorada en Halas y en Braurón, en la costa N. del Ática; una diosa táurica, a la que, según Heródoto, "los mismos Tauros llamaban Ifigenia", hija de Agamenón, y una tercera Ifigenia, esta vez humana, la hija de Agamenón.

La sustitución de Ifigenia por una cierva, por obra de la diosa Ártemis, en cuyo honor iba a ser sacrificada, era la premisa necesaria para la Ifigenia entre los Tauros, cuya composición precedió a la de Ifigenia en Áulide (h. 412 a.C.) y en la que Eurípides unía con gran libertad la leyenda de Ifigenia con la historia de la cura­ción de Orestes gracias al robo de la imagen de Ártemis.

El rasgo noble de Ifigenia entre los Tauros es la exaltación de la amistad. Pílades se ofrece a morir en lugar de Orestes o, al menos, a compartir su cruel destino. Esta apología de la amistad la vemos ya en Hornero: Diomedes-Ulises; Teseo-Pirítoo; Aquiles-Patroclo; etc. Pílades es el prototipo de la amistad leal, que llega a la abne­gación.

Orestes aparece en esta obra como un adolescente indeciso, por lo que resulta sorprendente su voluntad de morir en lugar de Pílades.

Es muy compleja la personalidad de Toante, en la que confluyen la ingenuidad del salvaje y el respeto que siente por Ifigenia, fruto de su admiración por ella.

Como es natural en Eurípides, en la obra aflora una crítica a lo sobrenatural.

Aristóteles, que no era precisamente un admirador de Eurípides, consideraba esta tragedia como una obra muy aceptable.

Ovidio trató de Ifigenia en sus Metamorfosis y Pónticas. La primera adaptación libre de la obra de Eurípides fue probablemente la de L. Dolce (1543-47). Con la Ifigenia en Áulide, de Rotrou, comienza, en 1640, la historia moderna del argumento de Ifigenia. Rotrou la presenta como una heroína dispuesta a sacrificarse por su patria. Racine (1674) pone en primer plano sus amores con Aquiles. El "final feliz" no depende de la diosa Ártemis, ya que se aclara que el oráculo, al exigir una víctima humana, no se refería a Ifigenia, sino a Erífila, que originariamente tenía el mismo nombre, pero que tampoco es sacrificada, porque se suicida al descubrir que Aquiles no corresponde a su amor.

El tema inspiró varias óperas. En la Ifigenia en Táuride, de Goethe (1787), Toante aparece dotado de sentimientos humanitarios y deja marchar a los dos her­manos. Ifigenia había suprimido previamente la bárbara costumbre de los sacrifi­cios humanos, que Toante, dominado por la furia, amenaza con volver a instaurar. Orestes no puede recuperar su paz interior con el simple robo de una imagen, sino purificándose y admitiendo un concepto más humano de la divinidad: Apolo, al ordenarle que recogiese a su hermana, no se refería a Ártemis, sino a Ifigenia, que no se verá obligada a terminar su vida como sacerdotisa, sino que podrá disfrutar del ansiado retorno al hogar.

G. Hauptman sitúa por vez primera su Ifigenia (1941) en Delfos. Orestes y Electra encuentran consuelo y el camino de retorno a la vida, pero Ifigenia se sui­cida.

I. Langner (1948), en drama /. Kehrt heim, vio en el retorno de los hermanos y el inicio de una nueva vida en común un símil del destino de los repatriados modernos.

En el drama Ifigenia en América (1948), de E. Vietta, la protagonista es salvada en América del genocidio europeo, que, a juicio del autor, es peor que el parricidio.