Τρωιάδες / Las troyanas
Estrenada el 415 a. C.La obra, tercera y única parte conservada de una trilogía (Alejandro, Palamedes, Las Troyanas), fue compuesta el año 415 a.C.
Las cautivas troyanas que forman el Coro, supervivientes de la ruina de Troya, esperan su destino en el campamento aqueo.
En el prólogo, Poseidón, dios constructor de las murallas de Troya, expone al público los antecedentes de la actual situación: conquista y saqueo de la ciudad; sus hombres han muerto; sus mujeres, cautivas, esperan el sorteo que las asignará a un amo; y añade: "Un habitante de Parnaso, el fócense Epeo, mediante un artificio inspirado por Palas, construyó un caballo, cuyo vientre estaba preñado de hombres armados, e introdujo esta imagen funesta en el interior del recinto amurallado; la posteridad le dará el nombre de 'caballo de madera".
Habla también del dolor de Hécuba, que, desolada por la pérdida de su esposo y de sus hijos, maldice a los aqueos y a Helena, verdadera causa de la guerra, a la vez que deplora su cautividad: "Y, si alguien quiere contemplar el colmo de las desdichas, puede ver aquí a Hécuba, postrada ante esta puerta. Derrama un abundante raudal de llanto y tiene numerosas razones para llorar. Ante la tumba de Aquiles ha muerto su hija Polixena, víctima inocente..., han muerto también Príamo y sus hijos y a la virgen Casandra, ...con desprecio de las leyes divinas y de la religión, Agamenón la va a convertir por la fuerza en su esposa secreta".
Cuando Poseidón se dispone a abandonar el inhóspito lugar, aparece Atenea. Ofendida esta diosa por el ultraje que le ha inferido Áyax Oileo, que ha osado violar a Casandra en su templo, dice que los aqueos serán castigados por tal sacrilegio. Pide a Poseidón que destruya la flota aquea en el viaje de retorno de su caudillos a sus respectivos hogares. Poseidón accede a la petición de Atenea.
El heraldo Taltibio anuncia que ya se ha realizado el sorteo que ha asignado a cada cautiva a un amo determinado.
Hécuba le pregunta cuál ha sido el destino de cada troyana. Taltibio se lo comunica. Casandra será la esclava y concubina de Agamenón; Polixena será sacrificada en la tumba de Aquiles; Andrómaca ha sido asignada a Neoptólemo, el hijo de Aquiles, y ella, a Odiseo.
Sale de su tienda Casandra, en pleno delirio profético, agitando una antorcha, en una danza desenfrenada, cantando su propio himeneo. He aquí cómo expresa su feroz alegría por el nefasto destino que amenaza a los destructores de Troya: "El ilustre rey de los aqueos, Agamenón, va a tener en mí una esposa aún más funesta que Helena. Voy a matarlo, voy a destruir, a mi vez, su casa, para vengar a mis hermanos y a mi padre... Quiero solamente demostrar que los troyanos son más afortunados que los aqueos... Los griegos ya han perdido millares de vidas por culpa de una sola mujer y de un único amor, por conquistar a Helena. Su general en jefe, cuya prudencia tanto se alaba, ha sacrificado lo que más quería, a su propia hija, en aras del más odioso de los seres... Cuando llegaron a orillas del río Escamandro, sus hombres morían en unos combates en los que no estaban en juego las fronteras de su país, ni las murallas de sus ciudades... Y ahora yacen en tierra extraña. En sus hogares... sus mujeres morían viudas; los padres no dejaban tras ellos hijos en sus casas. Los han criado para servir intereses de otros y, sobre sus tumbas, no habrá nadie que venga a ofrecer por ellos a la tierra sangre de víctimas... Los troyanos, en cambio, alcanzaban la gloria más bella; morían por su patria. Si los hería la lanza, sus cadáveres, al menos, eran llevados por sus amigos a sus casas y recibían el abrazo de la tierra de su tumba en el suelo de sus antepasados, cuando las manos designadas para cumplir este deber los habían enterrado piadosamente... Los frigios que no morían en combate vivían, día tras día, en familia, con sus esposas y sus hijos y disfrutaban de estas alegrías, de las que carecían los aqueos... Héctor, antes de morir, mostró su valor heroico... La llegada de los aqueos fue el origen de su fama; si éstos se hubieran quedado en casa, su mérito habría quedado ignorado... Paris se convirtió nada menos que en esposo de la hija de Zeus... El evitar la guerra es un deber de todo hombre sensato, pero, si se topa con ella, el morir con honor por la patria es una corona en modo alguno desdeñable; en cambio, el morir por una causa injusta sólo aporta deshonor... Por esta razón, madre, no debes llorar por tu patria, ni por mi boda, ya que mi matrimonio causará la ruina de los enemigos que más odiamos tú y yo...
¡Desdichado Odiseo, no sabe qué infortunios le aguardan!... Transcurrirán diez años, además de los que ya ha pasado aquí, antes de que llegue, solo, a su patria... Descenderá, aún vivo, al Hades y sólo escapará a las olas del mar, para encontrar, al regresar a su casa, innumerables calamidades... Quiero unirme en el Hades a mi prometido... Tú, jefe supremo de los dáñaos, recibirás sepultura de mala manera... ¡Adiós, madre, no llores! ¡Oh amada patria mía, y vosotros, hermanos que yacéis bajo tierra, y tú, padre, que nos diste la vida, no tendréis que esperarme mucho tiempo! Llegaré victoriosa a la mansión de los muertos, tras haber arruinado la casa de los Atridas, que fueron los causantes de nuestra perdición".
El heraldo amenaza a Casandra y censura a Agamenón, por haber elegido como concubina a semejante ménade. Hécuba lamenta, una vez más, sus desventuras y la esclavitud que la aguarda.
El Coro pide a Musa que entone un canto de duelo sobre Troya. Rememora el episodio de la introducción en la ciudad del caballo de madera, acompañada de los cantos y danzas de los troyanos, gozosos por lo que consideraban el final de la guerra. Las cautivas muestran su infinita desolación.
Andrómaca cuenta a Hécuba el sacrificio de Polixena, a la que considera feliz, porque ha dejado de sufrir. Ella añora su anterior felicidad y llora su cambio de fortuna. Hécuba la anima a vivir, diciéndole que tal vez su hijo podrá algún día reconstruir Troya.
Un nuevo golpe va a destruir sus esperanzas. Taltibio anuncia a Hécuba que los aqueos, aconsejados por Odiseo, han decidió matar a Astianacte, el hijo de Héctor y Andrómaca, arrojándolo desde lo alto de las murallas de Troya. Su madre se separa llorando de su hijo y maldice, con toda su alma, a todos los aqueos. Hécuba estalla en tristes lamentos. El Coro canta la historia de Troya, dos veces destruida, y apostrofa a Ganimedes y a Titonio, héroes troyanos divinizados, por no haber socorrido a su ciudad.
Menelao viene en busca de Helena, para castigar su traición con la muerte: "Vine a Troya no sólo por lo que se piensa, a causa de una mujer; era a un hombre a quien yo quería encontrar, al huésped pérfido que me había robado del palacio a mi esposa... Gracias a los dioses, ha sufrido su castigo y, con él, su país ha sucumbido bajo la lanza de los griegos... En cuanto a la laconia -no quiero pronunciar el nombre de mi antigua mujer- vengo aquí para llevármela... Los sufridos guerreros que la han reconquistado me la entregan para que la mate, a menos que, sin matarla, no quiera llevarla conmigo al país de Argos. He decidido no relacionar con Troya la suerte de Helena y nuestros remeros le harán hacer conmigo la travesía hasta la tierra griega; una vez allí, encargaré matarla a aquellos que deben vengar a sus seres queridos muertos ante Troya..."
Hécuba elogia a Menelao por tan sabia decisión y le previene contra las artes de seducción de Helena, cuyos ojos son capaces de destruir hombres y ciudades: "Apruebo, Menelao, tu intención de matar a tu esposa. Pero no debes mirarla, no vaya a ser que vuelva a adueñarse de ti el deseo de poseerla. Esta mujer cautiva las miradas de los hombres, arruina las ciudades, incendia los hogares. Tan grande es su poder de seducción".
Sale Helena y pide a Menelao que le permita defenderse antes de darle muerte; descarga su responsabilidad en Príamo, por no haber matado éste a Paris, evitando así el juicio en el que éste fue juez; culpa también a Afrodita, que la arrastró a cometer sus desvarios.
Hécuba niega toda credibilidad al juicio de Paris y considera que Helena es la única responsable por su espíritu vano, ávido, rapaz e insensible: "No puedo creer que Hera y la virginal Palas llegaran a tal grado de insensatez, que hicieran un trato, por el cual una de ellas vendiera Argos a los bárbaros y la otra, Palas, hiciera de Atenas una ciudad esclava de los frigios. Fue en broma y por pura coquetería por lo que acudieron al Ida a tomar parte en un concurso de belleza. ¿Por qué razón una diosa como Hera iba a concebir un tan vivo deseo de ser la más hermosa? ¿Acaso para encontrar un marido superior a Zeus? Y en cuanto a Atenea, ¿iba a buscar entre los dioses un marido, cuando había querido obtener de su padre permanecer eternamente virgen, ya que sentía aversión al matrimonio? No intentes, atribuyendo tal insensatez a estas diosas, paliar tu propio vicio... Mi hijo era muy hermoso y, al verlo, tu propia mente se convirtió en Cipris. A los ojos de los humanos, todas sus impúdicas insensateces reciben el nombre de Afrodita... Sí, al ver a mi hijo, sentías que enloquecía tu alma..."
Menelao parece convencido por tales razones de Hécuba, pero se supone que, seducido por sus encantos, acabará por perdonar a Helena.
El Coro reprocha a Zeus el haber dejado Troya a merced de sus enemigos. Llora a sus esposas y su propio destino; desea que la nave de Menelao quede hundida por un rayo de Zeus y pide que no se le asigne ir a Esparta, origen de la ruina de Troya.
Taltibio trae a Hécuba el cadáver de Astianacte y ésta queda anonadada al verlo.
En medio de grandes lamentaciones, Taltibio comunica a las troyanas las últimas órdenes de los aqueos. La flota está a punto de hacerse a la mar. Neoptólemo ha partido ya con Andrómaca, tras encargar que entierren a Astianacte, sobre cuyo cadáver, puesto sobre el escudo de Héctor, pronuncia Hécuba una patética oración fúnebre, en la que evoca sus palabras infantiles y su semejanza con su padre, a la vez que deplora todas las esperanzas que con él han muerto.
El Coro entona un treno por el niño.
Taltibio ordena a los aqueos que incendien Troya. Ordena a Hécuba y al resto délas cautivas que los sigan. Hécuba debe embarcar en la nave de Odiseo.
Hécuba y el Coro entonan un treno a Troya, mientras la ciudad es pasto de las llamas. El triste cortejo de las cautivas troyanas se va dispersando en las naves de sus enemigos, rumbo al más negro de los destinos.
* * *
La protagonista de esta tragedia es la misma que la de la tragedia de su nombre, pero la finalidad de la obra es distinta, ya que en Las Troyanas se presentan, en toda su crudeza, los horrores de la guerra y aparecen diversas profecías sobre el inquietante futuro de Atenas, embarcada, como las cautivas troyanas, en una incierta aventura, la expedición a lejanas tierras, acompañada de un estrepitoso desastre. El único lugar al que detestan ir las troyanas es Esparta, la ciudad enemiga de Atenas en la guerra del Peloponeso.
La unidad de esta obra, formada por numerosas escenas, inconexas entre sí, depende tan sólo de la exposición del sufrimiento personal y familiar de su protagonista, que, a lo largo del drama, se ve sometida a los crueles y constantes golpes del destino. Es la historia del sufrimiento que la guerra acarrea tanto a los vencidos como a los vencedores. Todos los que en ella intervienen son víctimas de su implacable demonio, especialmente los seres más indefensos, los niños como Astianacte y las mujeres: Casandra, entregada como esclava y concubina de Agamenón, cuyo funesto destino profetiza; Andrómaca, viuda de Héctor y botín de Neoptólemo, intenta en vano proteger a su hijo Astianacte; Helena, que intenta recuperar el amor de Menelao; Hécuba lamenta lo que ha perdido, piensa lo que ha de sufrir y es llevada al cautiverio a pesar de sus canas; las restantes cautivas troyanas, seres anónimos, se preguntan angustiadas cuál será el lugar en donde servirán como esclavas y se aterran ante la posibilidad de ir a parar a Esparta.
Toda esta larga serie de escenas, pintadas con el más desgarrado patetismo, provocan un sentimiento de piedad por las víctimas de la guerra y el rechazo frontal de la crueldad y lo absurdo de la misma. Todo este muestrario de los infortunios que la guerra depara a los humanos constituye un impresionante alegato contra las aventuras bélicas y los desastres que las acompañan.
Eurípides vuelve a presentar la imagen de una divinidad acorde con sus ideas racionalistas. Muestra unos dioses inmorales, desleales y arbitrarios, movidos exclusivamente, como los simples mortales, por su egoísmo. Su único rasgo positivo es la conclusión de una tregua entre dos divinidades rivales, Atenea y Poseidón, para castigar a los conquistadores de Troya por haber abusado de la victoria, pero, sobre todo, por haber cometido un sacrilegio en el templo de Atenea.