Ὀρέστης / Orestes
Estrenada el 408 a. C.Tragedia representada el año 408 a.C. Ultima que compuso Eurípides en Atenas.
La escena se desarrolla en Argos.
Al comienzo de esta obra, aparece Electra atendiendo solícita a su hermano Orestes, afectado por una profunda depresión, secuela del matricidio que ha perpetrado.
En el prólogo informa al público sobre los antecedentes de la situación actual: "En cuanto a Febo, ¿para qué voy a acusarle de injusto? Persuadió a Orestes para que matara a la madre que lo trajo al mundo... La mató, sin embargo, para obedecer al dios. Y yo, en la medida que puede una mujer, participé en el asesinato y también Pílades, que colaboró con nosotros... De estos hechos procede el grave mal que está consumiendo al desdichado Orestes. Aquí yace, tendido en el lecho. La sangre de su madre lo agita en espasmos vertiginosos de locura... Hace ya más de cinco días que el cadáver de su degollada madre fue purificado por el fuego de la pira funeraria y él no ha probado alimento alguno, ni ha bañado su cuerpo".
"Unas veces, acurrucado bajo las mantas, cuando se calma su mal, vuelve en sí y llora; otras veces, fuera de ellas, salta y corre, como un corcel escapado del yugo. El pueblo de Argos ha decretado que nadie lo acoja bajo su techo, por matricida... Hoy es el día en que el veredicto de la ciudad argiva decidirá si ambos debemos morir lapidados... Sin embargo, aún nos queda alguna esperanza de escapar a la muerte. Ha llegado desde Troya a este país Menelao. En cuanto a Helena, causa de tantas lágrimas,... Menelao la ha enviado por delante... a nuestra casa. Está dentro, llorando por su hermana y por la desgracia de la familia. Pero tiene, al menos, un consuelo para su pena. La niña que abandonó en casa, al embarcarse para Troya, la hija que Menelao había confiado a los cuidados de mi madre, trayéndola de Esparta, Hermíone, alegra su corazón y le hace olvidar sus males".
Electra, tras este monólogo, dialoga con Helena. Ésta ha precedido a Menelao y ha entrado de noche en Argos, porque no quería que la vieran los argivos, que le son hostiles, por considerarla responsable de la guerra de Troya.
Helena pide a Electra que lleve unas ofrendas fúnebres, en su nombre, a la tumba de su hermana Clitemnestra. Electra se niega a complacerla, alegando que no puede llevar ofrendas fúnebres a la tumba de su madre, por haber colaborado en su muerte. Le sugiere que envíe a su hija Hermíone, con la que Clitemnestra había hecho las veces de madre, en ausencia de Helena.
Despierta de su profundo sueño Orestes y, al recobrar el juicio, llora su desventura.
El Coro, formado por mujeres de Argos, dialoga con electra y manifiesta su amistad hacia los hijos de Agamenón.
Dialoga también Electra con Orestes, que, al final, sufre otro ataque de delirio, en el que ve a las Erinias acosándole con ojos terribles. Incluso Electra le parece una de ellas.
Como ha contado en el prólogo, ha llegado el día en que el pueblo de Argos, reunido en la Asamblea, va a juzgar el matricidio perpetrado por Orestes. Electra teme la condena a muerte y sólo espera que llegue a Argos Menelao, que, tras larga odisea, vuelve de la guerra de Troya.
El Coro comenta la aparición de las Euménides y la ruina de la casa de Atreo.
Llega Menelao, que se ha enterado de la muerte de Agamenón y Clitemnestra. Orestes le informa de las circunstancias de su matricidio y de su situación presente. Le pide, en nombre de Agamenón, que lo salve de ser lapidado, alegando que, al asesinar a su propia madre, se limitó a cumplir las órdenes de Apolo.
Menelao se muestra con él benévolo, pero sale a escena Tindáreo, el padre de Helena y de Clitemnestra. Desea abrazar a Menelao, su yerno y se asombra de que éste dirija la palabra al matricida: "Tu vida entre los bárbaros te ha convertido en bárbaro... Ser griego es no querer estar por encima de las leyes... Si el concepto del bien y del mal está claro para todo el mundo, ¿qué hombre ha sido más insensato que él? No ha tenido en cuenta la justicia, ni ha recurrido a la ley común de los griegos. Cuando Agamenón exhaló su vida, herido por mi hija, -acción abominable que no aprobaré jamás- él, entablando un proceso ante la justicia, habría debido infligir a la asesina el castigo que merecía por su crimen y expulsar del palacio a su madre. De su desgracia habría sacado fama de prudente y habría seguido el camino que marca la ley, siendo a la vez piadoso. Sin embargo, ha incurrido en el mismo error fatal que su madre, pues, aunque, con todo derecho, la considero criminal a ella, él, al derramar la sangre de su madre, ha resultado aún más criminal... La ley de nuestros antepasados era sobre este punto muy prudente: prescribía purificar con el exilio, no matar por represalias... En la medida de mis fuerzas, defenderé la ley, para poner fin a esta brutalidad sanguinaria, en la que el país y las ciudades encontrarán pronto su ruina".
Orestes replica así a Tindáreo: "¿Qué iba a hacer yo? A estas dos razones, puedes oponer otras dos: mi padre me engendró, tu hija me trajo al mundo. Ella fue la tierra que recibe la semilla de otro. Ahora bien, sin padre no podría nacer un hijo. Pensé, pues, que yo debía ayudar más al fundador de mis días que a la que sólo había soportado mi crianza... Tu hija -porque me avergüenzo de decir mi madre- en un contubernio indecente... se acostaba en el lecho de otro hombre... Egisto era el esposo furtivo en el palacio. Lo maté y después sacrifiqué a mi madre. Mi acción fue impía, pero vengué a mi padre... He hecho un favor a toda la Hélade... Si las mujeres llegaran a ese colmo de audacia de asesinar a sus maridos, buscando después un refugio en sus hijos, ...no tendrían ningún reparo en matar a sus esposos, con cualquier pretexto que hallasen a mano. Pues bien, yo, con una acción, que tú enfáticamente calificas de espantosa, he puesto fin a tal costumbre. Un odio legítimo me ha hecho matar a mi madre..."
Y, tras exponer tan curiosos argumentos, añade: "Ya conoces a Apolo, el dios que, desde su santuario, situado en el ombligo del mundo, dispensa a los mortales sus vaticinios y nos encuentra dóciles a todas sus palabras. Ha sido por obedecerle, por lo que he matado a mi madre. Consideradle, pues, impío a él y hacedle perecer. ¡Él es el culpable, no yo!"
Se va Tindáreo, dispuesto a sostener la acusación contra Orestes y Electra ante la Asamblea de los argivos. Profiere serias amenazas contra Menelao, si éste les presta apoyo.
A pesar de todo, Orestes sigue suplicándole ayuda. Menelao le dice que es su amigo, pero que no puede ayudarle abiertamente, porque teme provocar con ello la hostilidad de los argivos contra su persona. Orestes se encuentra solo ante el peligro.
Aparece Pílades, su compañero del alma, y ambos se cuentan sus respectivas desdichas. Pílades aconseja a Orestes que se presente ante el tribunal de los ciudadanos de Argos y defienda allí su causa.
El Coro lamenta el destino de los descendientes de Tántalo y el horrendo matricidio perpetrado por Orestes. Éste se dispone a defenderse ante los argivos.
Llega, como mensajero, un viejo campesino y cuenta así lo ocurrido en la Asamblea de Argos; dice a Electra: "Por votación los pelasgos han decidido que vais a morir tu hermano y tú... en el día de hoy".
Tras este lacónico mensaje, narra con detalle el debate. He aquí cómo describe la actuación de uno de los oradores:
"Se levantó otro a contradecirle. No tenía un aspecto atractivo a la vista, pero era un valiente, que mantenía escasos contactos con la ciudad y con el público que frecuenta el agora. Era uno de esos labradores que aseguran, por sí solos, la subsistencia del país, hombre de aguda inteligencia, presto a enfrentarse en las controversias dialécticas, íntegro, de conducta irreprochable. 'Pido', dijo, 'una corona para Orestes, el hijo de Agamenón, por haber querido vengar a Agamenón, matando a una mujer culpable y sacrilega, que ha quitado a los hombres el glorioso deseo de armar su brazo y de luchar lejos de su casa, si los que quedan en la retaguardia deshonran a las guardianas del hogar, corrompiendo en él a las esposas de los valientes'. Y a los hombres de bien les parecía que tenía razón".
Dice que Orestes fue el último en hablar y añade: "Pero no convenció a la masa, aunque sí parecía tener razón".
Electra deplora su desesperación, ya que parece que no hay ya salvación para ella y su hermano.
De pronto, Pílades apunta la idea de la venganza. Propone matar a Helena, que sigue escondida en el palacio. De ese modo causarían pena a Menelao, por su cobardía al no defenderlos. Esta propuesta infunde un giro inesperado a la acción.
La idea de la venganza, de morir matando, hace reaccionar por fin al irresoluto Orestes. Trazan, pues, el plan de ataque al palacio, en donde se halla Helena, y la muerte de ésta.
Electra propone tomar como rehén a Hermíone, que ha ido a derramar libaciones sobre la tumba de Clitemnestra; les dice:
"Una vez muerta Helena, si Menelao intenta hacer algo contra ti, contra éste o contra mí..., dile que vas a matar a Hermíone... Si Menelao está dispuesto a salvarte,... deja que el padre recobre a la hija. Pero si, incapaz de dominar la violencia de su cólera, quiere matarte, debes degollar a la joven... Supongo, además, que tras un conato de violencia, Menelao ablandará pronto su furia, ya que no es duro ni valeroso por naturaleza".
Se acepta la idea. Orestes y Pílades entran en el palacio y Electra se encarga de recibir a Hermíone y pide al Coro que vigile si alguien se acerca al palacio en el momento del asesinato de Helena y añade con ello nuevas desgracias.
Se oyen los gritos de Helena, que pide socorro.
Llega Hermíone y, tras un breve diálogo con Electra, es apresada por Orestes y Pílades, que la obligan a entrar en el palacio.
El Coro, incitado por Electra, intenta encubrir, con la danza y el canto, los gritos que salen del interior del palacio.
Sale de éste, muy nervioso y asustado, un esclavo frigio. Cuenta que él, presa del miedo, ha escapado por encima de las vallas de cedro y entre los triglifos del gineceo. Describe la carnicería de que han sido víctimas los sirvientes frigios. Añade a su relato el de un hecho prodigioso: al intentar matar a Helena, ésta se ha hecho invisible y se ha desvanecido misteriosamente en el aire.
Tras un diálogo un tanto cómico entre el esclavo frigio y Orestes, éste le obliga a callarse y le fuerza a entrar en el palacio. El Coro comenta que sobre él se levanta una gran humareda.
Profiriendo amenazas y dispuesto a vengar la muerte de Helena, se presenta Menelao, acompañado de guardias, ante el palacio. Aparecen en la terraza del mismo Orestes y sus compañeros de fatigas. Orestes amenaza con degollar a Hermíone, si Menelao no persuade a los argivos a que lo absuelvan y lo acepten como su rey. Cada vez se muestra más envalentonado; he aquí sus palabras: "Pegaremos fuego al palacio".
Cuando la situación parece más embrollada y todo aboca a un callejón sin salida, llega, como deus ex machina, Apolo, que interrumpe el violento diálogo entablado entre Menelao y Orestes y resuelve, por las buenas, el conflicto, diciendo: "En cuanto a Helena,... está aquí, a mi lado, en las profundidades del éter; está a salvo; no ha sucumbido a tus golpes. Soy yo quien la ha salvado... por orden de Zeus, su padre. Porque, hija inmortal de Zeus, debe vivir eternamente y... tendrá su residencia en los confines del éter, como divinidad propicia para los navegantes... En cuanto a ti, Orestes, tendrás que franquear las fronteras de este país y vivir en el suelo de Parrasia durante el transcurso de un año... Desde allí, irás a la ciudad de Atenas, para someterte a un juicio de sangre por matricidio... Los dioses serán arbitros de este proceso. Sobre la colina de Ares depositarán el más sagrado de los sufragios, que debe concederte la victoria... El destino te ha reservado como esposa a aquella cuyo cuello tienes ahora bajo tu espada, Hermíone... Neoptólemo... jamás se casará con ella... Está predestinado a morir bajo el hierro de los habitantes de Delfos, al pedirme reparación por la muerte de Aquiles, su padre... A Pílades prométele como esposa a tu hermana... Menelao, deja que Orestes reine en Argos y vete a reinar tú en tu tierra de Esparta... En cuanto a las diferencias de Orestes con la ciudad, yo me encargo de arreglarlas, puesto que he sido quien le obligó a degollar a su madre... Poneos en camino y que la más bella de las divinidades, la Paz, sea honrada en vuestros hogares".
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La tragedia de Eurípides, se aparta, como otras obras suyas, de la tragedia tradicional. La tensión trágica es sustituida por el tinte melodramático y los efectos escénicos especiales: salida del escalvo frigio por un hueco entre los triglifos del palacio; aparición de Orestes y sus compañeros armados de antorchas encendidas y dispuestos a prender fuego al palacio; final feliz, que acentúa el carácter melodramático de la obra, en la que el papel del Coro se limita a dos cantos continuados y a unos diálogos líricos con Electra. El aria más extensa es la del esclavo frigio.
Abundan los diálogos en que intervienen tres personajes.
El tema de la amistad íntima entre Orestes y Pílades se expone, por primera vez, en esta obra extensamente. También se pone de manifiesto en ella una visión melancólica, casi pesimista, de la existencia humana. En Electra v, aún más, en su hermano, se trasluce el excepticismo de una generación agobiada por los sinsabores y fracasos de la guerra del Peloponeso, la crisis de los valores éticos tradicionales y la pérdida de la fe en sus dioses. Incluso los héroes, aunque conservan sus nombre, han perdido su energía para afrontar la adversidad, son personajes indecisos, carentes del valor que justifica la condición de héroe.
Eurípides censura, al describir el proceso de Orestes en la Asamblea, la estupidez de ese organismo popular en su tiempo.
El aspecto más notable radica en el análisis profundo del espíritu de los personajes, movidos por las pasiones humanas más contrapuestas: amor, odio, amistad, dureza, ternura, vacilación, energía,... Orestes, enloquecido por los remordimientos, víctima de una depresión mortal, presa de alucinaciones constantes, moribundo psíquico, es cuidado amorosamente por su hermana al comienzo de la obra. Después, se va reanimando, impulsado por el instinto de conservación, que le induce a concebir un nuevo crimen, el asesinato de Helena y Hermíone, hasta el punto de que deja de estar obsesionado por el acoso de las Erinias. Electra, que mimaba a su hermano enfermo, con amorosa solicitud, se apresta también a una matanza horrible. Ambos hermanos, al borde de la desesperación, al ver que Menelao no intercede en su favor ante los argivos, se sienten poseídos por el espíritu sanguinario de su estirpe, dispuestos a morir matando, contra Menelao y su familia.
Helena y Menelao, símbolo viviente del egoísmo humano, no quieren jugarse su destino defendiendo a los hijos de Agamenón.
Todos estos personajes carecen de auténtico heroísmo y de grandeza moral. Pílades es el único que se salva de su mezquindad.
La intervención de los dioses es escasa y, cuando intervienen, lo hacen del modo más caprichoso y arbitrario. Apolo, que ha empujado a Orestes al matricidio, expone, al final de la obra, como deus ex machina, unas razones poco convincentes.
Además, ordena que Orestes, que estaba a punto de degollar a Hermíone, se case con ella y que Menelao lo acepte como yerno; Pílades se casará con Electra. Tindáreo y los enfurecidos argivos son olímpicamente marginados por el dios de los ambiguos oráculos de Delfos. Otras divinidades, las Erinias, sólo existen en la delirante y enfebrecida mente de Orestes.
Con Las Fenicias y Hécuba, la tragedia Orestes fue una de las obras de Eurípides más conocidas en el mundo bizantino.
La obra moderna más valiosa sobre el tema es el Orestes de Alfieri (1749-1803), publicada en 1783. Continúa la acción de su Agamenón. El hijo de éste, al llegara la mayoría de edad, vuelve a Argos para vengar a su padre y recuperar el trono que Egisto le ha arrebatado. Orestes está obsesionado por el recuerdo de la muerte de su padre y sus ansias de venganza. Al presentarse en el palacio real de Egisto es apresado junto con Pílades y Electra. Al lograr su libertad, por un imprevisto cambio de la variable fortuna, mata a Egisto y, sin conocerla, a su propia madre.