Según su biógrafo, durante la guerra Samia, el éxito de su Antígona favoreció la elección de Sófocles como estratego, cargo que ejerció juntamente con Pericles. Posiblemente propició tal nombramiento el buen sentido demostrado en esta tragedia por su autor, que, en el verso 737 de la misma, hace decir a Hemón, el hijo del tirano Creonte: "Una ciudad que pertenece a uno solo, no es una ciudad".
Ostentó algún título sacerdotal. A pesar de que, como amigo de Pericles, debió de frecuentar el círculo de intelectuales que se reunían en torno a tan alto personaje, hombres un tanto tibios en sus convicciones religiosas, Sófocles tenía fama de hombre muy piadoso. Había contribuido a introducir en Atenas, el año 420, el culto de Esculapio, dios de la medicina, traído de su santuario de Epidauro. Se contaba que un día fue robada de la Acrópolis de Atenas una corona de oro; Heracles le reveló al poeta el lugar donde estaba escondida y Sófocles, con el premio que recibió por tan feliz hallazgo, erigió un santuario en honor de Heracles.
Fue amigo de Cimón, de Arquelao, del pintor Polígnoto, del poeta trágico Ion y de Heródoto.
Aunque no fue un verdadero político, participó activamente en la vida política de Atenas, en la que ocupó cargos importantes, cosa que favoreció su contacto asiduo con el pueblo, cuyas vibraciones quedaron fielmente reflejadas en sus obras.
Su "jefe político" fue Pericles.
El año 443/2 fue helenotamia, es decir, administrador del tesoro de la confederación ática.
Al estallar esta guerra contra Samos, llegó, al mando de una pequeña flota, a Quíos y Lesbos, en misión más diplomática que militar, en busca de refuerzos. En Quíos conoció a Ion, que dice de él: "En política no valía mucho ni era muy activo; actuaba como un buen ateniense cualquiera".
Es posible que fuera de nuevo estratego, con Nicias, el año 428/7. Después de la paz de Nicias (421) no parece haber desempeñado cargos políticos.
Según Aristóteles (Retar. III 18, 1419 a 26), tras el fracaso de la expedición de Alcibíades a Sicilia, Sófocles fue miembro, el año 413/11 del supremo consejo de los Diez Probulos.
Tuvo un hijo, lofonte, autor trágico, que, según una leyenda, acusó a su padre de demencia senil, para privarle de la administración de su patrimonio familiar. Sófocles, ante los miembros de su fratría, alegó: "Si soy Sófocles, no estoy loco; y si estoy loco, no soy Sófocles". Luego leyó ante ellos su Edipo en Colono, recientemente escrito, lofonte recibió una severa censura.
En la Vida se le presenta como "el más amante de Atenas", ciudad que nunca abandonó y en la que gozaba del afecto de sus conciudadanos, como lo atestiguan estas palabras: "Era de carácter tan simpático, que todo el mundo lo quería".
Su buen carácter era tan proverbial como su "felicidad" (Aristófanes, Ranas 82). Cuando murió Eurípides, unos meses antes que él, el ya nonagenario Sófocles presentó en el teatro a su propio coro, enlutado y sin corona, para manifestar su duelo por la muerte de su rival en la escena.
Al llegar a edad muy avanzada, cobró fama de tacaño. Aristófanes (Paz 695 ss) dice que Sófocles, para ahorrarse el alquiler de un barco, era capaz de "hacerse a la mar sobre una estera".
Acerca de su muerte surgieron varias leyendas sin fundamento. Una de ellas contaba que, como se decía de Anacreonte, se le había atragantado una uva amarga; otra, que se había asfixiado, al forzar demasiado su voz en la lectura de un largo pasaje de su Antígona, carente de pausas; una tercera, que murió de alegría, al conocer la noticia de una victoria en un concurso dramático.
Lo cierto es que abandonó la escena de este mundo poco antes de terminarse la Guerra del Peloponeso.
Frínico escribió acerca de él: "Murió bellamente, sin sufrir mal alguno".
La Vida, Plinio y Pausanias aseguran que Lisandro, el general espartano que, a la sazón, asediaba Atenas, obligado por una doble admonición del dios Dioniso, tuvo que dejar paso libre al cortejo fúnebre que conducía los restos de Sófocles a la necrópolis familiar de Decelia, situada a unas ocho millas de Atenas.
Después de su muerte, los atenienses rindieron culto al poeta que había hecho de su obra un testimonio de amor a su patria. Lo heroizaron con el nombre de Dexión, "El Acogedor", porque "había acogido en su hogar al dios de Epidauro... y por su excelencia"; establecieron en su honor un sacrificio anual.
Sófocles manifestó siempre un gran respeto a la tradición legada por los antepasados, lo cual no fue un obstáculo para el desarrollo de sus ansias de progreso. No fue, en modo alguno, un espíritu anclado en el pasado, pero tampoco gustó del salto en el vacío, partiendo de la nada. Su obra arraigó profundamente en sus contemporáneos, porque estaba firmemente basada en su historia, en la esencia de la raza griega, en el pueblo en cuyas entrañas se había gestado. Su teatro fue fruto de su época y de su pueblo. Representa la armonía entre la tradición y la novedad.
Tuvo Sófocles una conciencia muy clara de su misión de artista. Compuso un tratado, hoy perdido, titulado Sobre el Coro y fundó un "Tiaso de las Musas", en el que se les rendía culto y se hablaba de arte. Se le atribuyen las siguientes frases: "Esquilo acierta sin darse cuenta"; "Eurípides representa a los hombres como son; yo, como deben ser". Ambas frases demuestran el concepto que de su arte tenía Sófocles.
Decía que su obra dramática había recorrido tres etapas. En la primera, de la que no quedan obras, había tratado de emular la pompa y magnificencia de Esquilo; en la segunda había logrado una originalidad propia, no exenta de cierta rudeza; en la etapa final su estilo era más sencillo, por haber imitado más adecuadamente la naturaleza humana.
El año 468, a los 28 de edad, en el primer concurso de tragedias en que tomó parte, venció a Esquilo, con su tragedia Triptólemo; ante el peliagudo problema de fallar en contra del que entonces era considerado el rey del teatro, Cimón conjuró a los diez arcontes para que hicieran de jueces y dictaran sentencia con absoluta imparcialidad.
Según Suidas, participó en treinta concursos trágicos, en los que obtuvo 18 primeros premios (72 obras premiadas) y seis victorias en las fiestas Leneas. Nunca quedó en tercer lugar.
De las 126 obras dramáticas que se le atribuyen sólo nos quedan 7 tragedias y numerosos fragmentos; el más extenso corresponde al drama satírico Los Sabuesos.
De estas 7 tragedias, compuestas la mayoría en su vejez, dos tratan el tema de Edipo (Edipo Rey, Edipo en Colono); otras dos tienen como protagonistas sendos caudillos de la Guerra de Troya (Filoctetes, Áyax); las tres restantes son "femeninas" (Antígona, Electra, Las Traquínias).
Frente a los temas míticos tratados por Esquilo, en las tragedias de Sófocles se humaniza la acción y, por vez primera, vemos en escena padres que conviven con sus hijos, como lo harían en la vida real, hermanos y hermanas, maridos y esposas... Incluso se pintan sentimientos amorosos. Sus obras son la representación de la vida diaria.
Disminuye en ellas la intervención de los dioses en los asuntos humanos. Espíritu sanamente conservador, Sófocles acepta la religión existente, sin rebelarse contra ella, como Eurípides, pero sin convertirla en centro de sus obras, como Esquilo, que está obsesionado por la idea de la inexorable justicia divina sobre las acciones humanas.
Entre el hombre y la divinidad no ve Sófocles unas relaciones de consonancia, como aparecen en Esquilo, ni de disonancia, como se plantean en Eurípides, sino el sentimiento de que el hombre no es nada sin los dioses.
Esta disociación entre la divinidad y el hombre convierte a éste en el centro del drama; en él se encuentra dolorido en su angustiosa soledad, carente de toda esperanza en que el dolor que lo tortura será pasajero, ya que sabe que es definitivo, por ser inherente a la humana condición. Es plenamente consciente de que ese dolor no es un simple tránsito entre el sufrimiento presente y el premio que recibirá por aguantarlo, como lo era en Esquilo y volverá a serlo en Eurípides. La vida es dolor y desventura y la mayor felicidad es el no haber nacido, ya que en la condición doliente de la naturaleza humana no existe la esperanza del premio, ni el desahogo de la rebeldía contra un destino inexorable, como ocurría en Esquilo y en Eurípides. Además, los héroes de Sófocles suelen ser seres inocentes, que no expían culpas merecedoras de tan horribles castigos.
En Antígona condena como necias e irreligiosas las teorías de los sofistas. En esta obra y en Áyax triunfa Dike, la justicia, que no aparece en las restantes tragedias, en las que sólo vemos a Ate, la ciega y tremenda desventura, que hace sufrir a los buenos y cuyos oscuros designios son inescrutables. En Sófocles vemos un concepto muy triste de la existencia humana. De su poesía brota una inmensa tristeza, que, sin embargo, puede conducir a la serenidad ante el adverso destino. El hombre llega a encontrar un consuelo del dolor en sí mismo, en la nobleza y el heroísmo propios. Es la grandeza del hombre, que incluso en la adversidad es capaz de conservar intacta su virtud. Todos los héroes de Sófocles son almas nobles jamás abatidas por los golpes de la adversidad. Son personajes perfectamente definidos: Neoptólemo, sincero, animoso, noble; Electra, hermana cariñosa; Antígona, magnánima; Ismene, joven humana; Clitemnestra, apasionada y cínica; Deyanira, celosa; Eurídice, buena madre; Edipo, rey justo, desdichado;...
Sófocles introdujo en el teatro una serie de innovaciones.
El número de los coreutas pasó de 12 a 15. Esto permitió la división del coro en dos semicoros de siete coreutas cada uno y un asistente; además, el corifeo podía intervenir con más facilidad en el diálogo de los actores.
Al mismo tiempo redujo el canto coral, que convirtió al coro en "el espectador ideal", según Schlegel, o, según otros, en portavoz de las ideas del poeta; Aristóteles lo considera como un actor que tiene su personalidad definida. El coro es "parte del todo", pero ocupa un nivel distinto del de la acción dramática.
Añadió un tercer actor. Esto permitía que actuasen a la vez en escena tres personajes, añadiendo al drama más complejidad y variedad (Edipo, Yocasta y Creonte, en Edipo Rey,...). Ya, en el año 458, Esquilo había introducido esta novedad en una escena de Las Coéforas, y más ampliamente en el prólogo y en el pasaje del juicio de Las Euménides.
Inició la composición de dramas independientes, es decir, libres del vínculo de la tetralogía (si se incluye el drama satírico). Sófocles fue el primero que presentó en los concursos tres dramas independientes entre sí, con argumentos distintos. Hizo, pues, de cada una de las tres tragedias un todo autónomo, tanto en el tema como en la acción, que se centra en un solo individuo, el héroe trágico, que afronta en solitario el destino, que anteriormente afectaba a toda la familia, durante varias generaciones.
De hecho, Esquilo, en el año 472, había presentado Los Persas, tragedia de tema actual, sin relación alguna con los restantes de la trilogía, de contenido mítico. En realidad, Sófocles convirtió en regla general lo que hasta entonces era una simple excepción.
Continuó el progreso de la decoración y la escenografía. Un bastón blanco ayudaba a mantener el equilibrio de los actores, que caminaban sobre coturnos de suela muy gruesa.
Según Aristóxeno, en cuanto a la música, adoptó el modo musical frigio. Todo ello contribuía a dar al espectáculo color, sonido y movimiento.
La introducción del deus ex machina, que resolvía una situación complicada, era en esta época una innovación muy apreciada por los espectadores.
A cada personaje corresponde en Sófocles un lenguaje adecuado. Se acerca más que Esquilo al lenguaje común y combina las palabras con una gran perfección expresiva , capaz de cautivar a los oyentes sin desconcertarlos.







Aunque no fue un verdadero político, participó activamente en la vida política de Atenas, en la que ocupó cargos importantes, cosa que favoreció su contacto asiduo con el pueblo, cuyas vibraciones quedaron fielmente reflejadas en sus obras.