Οἰδίπους ἐπὶ Κολωνῷ / Edipo en Colono

Estrenada el 401 a. C.

Desterrado de Tebas, anciano y ciego, el desdichado Edipo llega, con su hija Antígona guiando sus pasos, a las cercanías de Colono, demo de Atenas, y habla así a su hija: "Hija mía, si ves algún lugar donde pueda sentarme,... acomódame en él. Nos informaremos... acerca del sitio en que nos hallamos".

Antígona contesta: "Estoy divisando unas murallas en torno de una acrópolis,... pero están aún muy lejos... Ahora nos encontramos en un lugar sagrado..., pues está poblado de laurel, olivos y vides y, entre su follaje, un mundo alado de ruiseñores deja oir sus armoniosos trinos. Descansa aquí sobre esta áspera piedra, puesto que has recorrido una etapa bastante larga para un anciano".

Edipo se sienta a descansar; llega un habitante del país y le advierte que se halla en un recinto consagrado a las
Euménides. Edipo le pide que avise de su llegada a Teseo, rey de Atenas. Edipo presiente que se acerca el final de su vida e invoca a las diosas: "¡Oh soberanas, oh terribles diosas!... No os mostréis insensibles a la voz de Febo y a mi propia voz. Porque, cuando Febo me profetizó este cúmulo de desgracias que todos conocen, me anunció también que yo obtendría una tregua, al cabo de largos días, en el momento en que, llegado a un lejano país, encontrase un refugio, una estancia hospitalaria, en el santuario de las terribles diosas. Me dijo que aquí llegaría yo al final de mi desdichada vida y que, si me instalaba aquí, me convertiría en un benefactor para los que me acogieran y en una desgracia para los que me han arrojado a los caminos y me han desterrado. Y me hizo saber, al mismo tiempo, las señales que yo vería aparecer: el temblor del sol, un trueno, el rayo de Zeus... A vosotras... os corresponde, pues, cumplir las predicciones que me hizo Apolo y dar, sin demora, a mi vida un final, un desenlace..."

El Coro, formado por ancianos de Colono, invita a Edipo a abandonar el recinto sagrado y le promete no expulsarlo del país. Sin embargo, al saber quién es, le ordena que salga del Ática. Antígona suplica por ella y su padre. Edipo pide asilo al Coro y éste decide que aceptará lo que diga Teseo.

Llega Ismene, la hermana de Antígona, con noticias sobre la discordia entre los dos hijos de Edipo, Etéocles y Polinices, en los que: "Una funesta rivalidad ha invadido de pronto el corazón de tus desdichados hijos: los dos quieren apoderarse del cetro y del poder real. El más joven... ha arrebatado el trono... y ha expulsado de su patria a Polinices,... Éste..., tras llegar como desterrado... a Argos, encuentra el apoyo de un nuevo parentesco y camaradas de armas entre sus allegados. Ahora se imagina que Argos va a apoderarse pronto... del país de Cadmo... (Los oráculos aseguran) que llegará un día en que te buscarán por doquier, vivo o muerto, los hombres de allí, para su propia salvación... Dicen que todo su éxito depende de ti... Por esta misma razón va a venir a verte Creonte, dentro de poco tiempo,... Quieren instalarte cerca de la tierra cadmea, para disponer de ti, pero sin que entres en su país... Si a tu tumba le acaeciera alguna desgracia, serían ellos los que lo pagarían caro".

Edipo reacciona maldiciendo a sus dos hijos: "Jamás dispondrán ellos de mí... ¡Que los dioses no extingan su discordia fatal...! Ni el que aún retiene el cetro y el trono los conservará, ni el que ha salido de su ciudad volverá a entrar en ella, puesto que ninguno de los dos, cuando su padre era ignominiosamente expulsado de su país, supo retenerlo allí ni defenderlo... Cuando mi alma hervía aún, cuando me era más grato... perecer lapidado, nadie se ofreció a ayudarme en ese deseo... Gracias a ellos no he cesado de caminar errante sobre tierra extranjera, desterrado, mendigo... Sólo de estas dos, aunque son sólo unas muchachas, obtengo... los medios para subsistir, la seguridad de un lugar y el apoyo de una familia, mientras que los otros dos, en lugar de su padre, han preferido el poder inherente al cetro y al trono, el poder absoluto sobre su ciudad... Pero no con­tarán conmigo como aliado suyo... Si vosotros, oh extranjeros, queréis uniros a estas diosas temibles, soberanas de estos lugares, para asegurar mi defensa, ganaréis para vuestra ciudad un poderoso salvador..."

El Coro aconseja a Edipo que celebre unos ritos expiatorios en honor de las Euménides e Ismene se dispone a llevarlos a cabo. En un diálogo entre Edipo y el Coro se recuerdan de nuevo las desgracias del primero. Llega Teseo y Edipo le diri­ge estas palabras: "Hoy reina la paz... entre Tebas y tu ciudad, pero el transcurso infinito del tiempo engendra días y noches sin cuento y, en el curso de ellos, por el más ligero pretex­to,... la guerra dispersa, a todos los vientos, los amistosos acuerdos que ahora os unen. Entonces, mi cadáver, dormido bajo la tierra, beberá, ya frío, la sangre calien­te de ellos... Jamás podrás decir que, al acoger a Edipo, acogiste a un habitante inú­til para estos lugares, o sería preciso admitir que los dioses tuvieran la intención de engañarme".

Teseo le ofrece su protección en virtud de los vínculos de hospitalidad, por res­peto a los derechos de un suplicante y, además, por la promesa de convertirse en protector de Atenas: "No te sacará de aquí ningún hombre contra mi voluntad".

El Coro entona un canto de alabanza a Colono y a la grandeza del Ática.

Llega Creonte, escoltado por numerosos soldados tebanos. Se presenta a Edipo como representante de los ciudadanos de Tebas y trata de persuadirle para que lo acompañe a esta ciudad. Edipo se niega a complacerle: "Has venido para llevarme; no para llevarme a mi casa, sino para instalarme en pleno campo y poner a la ciudad al abrigo de los peligros que tú temes que puedan proceder de este país. Pero no; no es éste el destino que te está reservado. Tu destino es ver a mi genio vengador fijado para siempre en este rincón del mundo. Y el destino de mis hijos es el de obtener de mi tierra sólo el espacio preciso para caer muertos en ella".

Creonte amenaza a Edipo con llevarse por la fuerza a sus dos hijas y le advierte que ya tiene a Ismene en su poder: "Tienes dos hijas; a una de ellas acabo de prenderla hace un momento y de devolverla a la ciudad; a la otra, me la voy a llevar pronto".

Prenden a Antígona los esbirros de Creonte y, cuando éste intenta llevarse también a Edipo, se presenta, con hombres armados, Teseo, que le increpa con estas palabras:
"No saldrás de este país antes de haberme traído de nuevo a estas jóvenes, hasta que las hayas presentado ante mis ojos".

Creonte intenta justificar el atropello que ha cometido: "No, yo no he obrado así, porque considere a tu ciudad carente de hombres o falta de decisión, sino porque estaba seguro de que no se le podía ocurrir el deseo envidioso de tener en ella a personas que me pertenecen, ni la idea de querer mantenerlas en contra de mi voluntad. Yo sabía que no admitiría a un parricida impuro, ni a un hombre cuyo matrimonio ha resultado ser un incesto. Yo no ignoraba que existe sobre su suelo el prudente tribunal del Areópago, que no permite que tales vagabun­dos residan cerca de esta ciudad. Por estar convencido de ello, me he apoderado de estas presas... Haz lo que quieras... ya que la soledad me hace estar en desventaja, aunque yo podría alegar buenas razones. Sin embargo, intentaré responder del mismo modo a lo que tú decidas".

Teseo ordena a Creonte que lo lleve al lugar en el que tiene prisioneras a Ismene y Antígona. El coro expresa sus deseos de presenciar la lucha entre los raptores tebanos y los soldados de Atenas, predice la victoria de éstos y suplica la ayuda de los dioses para conseguirla.

Vuelven las dos jóvenes, rescatadas por Teseo. Edipo se muestra satisfecho por la liberación de éstas. Teseo le comunica que ha llegado un suplicante que desea hablar con él. Antígona intercede para que Edipo lo reciba. El Coro comenta que es una locura el querer prolongar la vida cuando la ancianidad priva de sus fuerzas al hombre y evoca las penalidades que lleva consigo la vejez.

Se presenta ante Edipo el suplicante anunciado por Teseo. Se trata de su hijo Polinices; he aquí sus palabras: "¿Por qué he venido? Te lo voy a decir ahora mismo, padre. Tú ves en mí a un desterrado, exiliado de mi patria, porque pretendía, por ser el de más edad, ocupar, a mi vez, tu omnipotente trono. Por ello Etéocles, mi hermano menor, me arrojó del país... Apenas hube llegado a Argos,... tomé por suegro a Adraste y he reunido en torno mío... a todos aquellos que... son considerados como los mejores guerreros... He for­mado con ellos un ejército de siete cuerpos contra Tebas. Yo estaba dispuesto a morir... o a expulsar del país a quienes me habían tratado de tal manera. ¿Por qué he venido aquí? Para hacerte, padre, una petición, una súplica, tanto en mi nombre como en el de todos mis aliados, que en este preciso instante... asedian la llanura entera de Tebas... Soy yo, tu hijo, quien conduce contra Tebas al intrépido ejército de Argos... Todos nosotros, como suplicantes, te rogamos que depongas tu violenta cólera en favor del que está en tu presencia, en el momento en que parte para vengarse de su hermano, del que me ha despojado y expulsado de mi patria. Si hay que dar crédito a los oráculos, la victoria estará del lado de aquellos con los que tú te hayas asociado... Ayúdame en mis proyectos,... dispersaré sus cenizas a los vientos. Y, entonces, te conduciré y te instalaré en tu palacio y yo me instalaré contigo, tan pronto, como lo haya expulsado a él..."

Edipo maldice a Polinices: "Miserable,... cuando poseías el trono y el cetro, que posee hoy tu propio hermano,... tú mismo expulsaste a tu padre y lo has convertido en un apatrida, cubierto de estos andrajos, ante los que ahora estás llorando, cuando... te encuentras en la misma desgraciada situación que yo... No vas a destruir esa ciudad; eres tú quien caerá... manchado con una muerte; tú y tu hermano contigo... Vete en hora mala hacia tu perdición, aborrecido y desde ahora sin padre, malvado entre los malvados, y llévate contigo mis maldiciones... Ojalá tu lanza jamás triunfe del país en que has nacido; ojalá no regreses nunca a... Argos y mueras a manos de tu hermano; ojalá lo mates tú y caigas, a la vez, víctima de quien te desterró".

Antígona intenta en vano persuadir a Polinices, para que éste retire a Argos el ejército que conduce contra su propia patria.
Se oye un trueno y Edipo comprende que le ha llegado su última hora: "Este trueno alado de Zeus me llevará pronto al Hades".

Sigue tronando. Edipo manda que venga Teseo, a quien dice: "Oh hijo de Egeo, voy a mostrarte qué tesoro vais a conservar, tú y tu ciudad,... Yo mismo voy a conducirte pronto, sin que guía alguno me lleve de la mano, al lugar donde debo morir. Pero no digas jamás a nadie, ni reveles dónde se oculta este lugar, ni en qué paraje se encuentra, si quieres que un día sea para ti una protección mayor que mil escudos... Pero los piadosos misterios que la palabra no tiene derecho a revelar, los aprenderás tú mismo, cuando acudas allí solo, porque yo no puedo revelárselos a nadie, ni a ninguno de estos ciudadanos, ni siquiera a mis propias hijas, a pesar de lo mucho que las quiero. Y tú guárdatelo siempre para ti mismo y, cuando llegues al final de tu vida, confíaselo sólo al que sea más digno, para que él, a su vez, y así sucesivamente, no deje de revelárselo a su sucesor. De ese modo, mantendrás a tu país al abrigo de las incursiones de los hombres 'sembrados' (los tebanos)... Vayamos al lugar que te he dicho. Seguidme, hijas mías,... Avanzad sin tocarme y dejadme encontrar por mi cuenta la sagrada tumba en la que el Destino quiere que yo sea enterrado en este país".

El Coro suplica a los dioses infernales que concedan a Edipo un fácil camino al Hades e invoca a la muerte. Un mensajero cuenta los detalles del misterioso final de Edipo: "Ciudadanos,... Edipo ha muerto... Ha conquistado una vida eterna... En el momento en que se alejaba de aquí... ninguno de los suyos le servía de guía; era él quien nos guiaba a todos... Ganó... el umbral... cuyos asientos de bronce arraigan en nuestro suelo. Se detuvo en uno de los caminos que parten radialmente de ese punto... Allí se despojó de sus sórdidos harapos; después, elevando la voz, pidió a sus hijas que le llevaran... agua... para sus abluciones y libaciones... Luego, lo bañaron y le pusieron las vestiduras que requiere el rito. Mas, apenas hubo tenido él el placer de notar que se había hecho todo esto,... se puso a tronar Zeus Infernal... No lo ha hecho desaparecer un rayo inflamado del cielo, ni un torbellino procedente del mar...Fue más bien un mensajero enviado por los dioses; a no ser que el tenebroso suelo de la tierra de los muertos haya tenido la bondad de abrirse ante él".

Tras las lamentaciones de sus hijas, Antígona suplica a Teseo:
"Envíanos a nuestra antigua Tebas, a fin de que, si es posible, podamos bloquear el camino por donde la muerte avanza ya sobre nuestros dos hermanos".

Teseo accede a ello y con sus palabras finaliza la obra.

* * *

Veinte años después de haber compuesto su Edipo Rey y cuando ya contaba 89 de edad, compuso Sófocles esta tragedia, en la que nos ofrece una visión del pasado y entona un extenso himno a la muerte, que es, para él, medida de la vida.

La obra ha sido interpretada por algunos como un eco de la vejez del poeta, una especie de despedida tanto del protagonista como del autor. Edipo desaparece, en medio del tronar de Zeus, en el misterioso recinto sagrado de las Euménides, en donde halla el descanso eterno de sus infortunios, la liberación total de sus múltiples desgracias. Sófocles abandona la escena del teatro y de la vida, pero su espíritu como el de Edipo, sigue viviendo, con benéfica influencia, en el recuerdo de la posteridad. En sus obras se siente aún el latido vivificante de la civilización griega.

La tragedia Edipo en Colono fue representada el año 401 por un nieto de su autor, Sófocles el Joven. Los personajes de la misma están perfectamente delineados. Edipo, anciano, ciego, desterrado de su patria, víctima inocente del destino adverso, sólo confía en los dioses y en los hombres de bien, como Teseo; Antígona, su abnegada compañera, es el prototipo del amor filial, impregnado de ternura y delicadeza; Ismene, de carácter opuesto al de Antígona, es tan activa y generosa como ésta; Teseo, hospitalario y defensor de los débiles, encarna el espíritu gene­roso de Atenas; Créente, hipócrita y cobarde; Polinices, traidor a su propia patria, dominado por el rencor y la pasión de mandar; el Coro, formado por ancianos pru­dentes y obedientes a la voluntad de Zeus.

REPERCUSIONES DEL MITO DE EDIPO EN LA LITERATURA

El mito de Edipo es uno de los temas más hondos y fecundos de la literatura griega y ha pervivido hasta nuestros días en la literatura y en el arte.

La versión más antigua que se conoce parece haber figurado en el poema Edipodia, atribuido a Cineton (s. VIII a.C.)

Ya Homero alude al mito de Edipo, cuando en la Odisea nos presenta a Epicasta (Yocasta) en los infiernos y nos dice que se ha ahorcado, dejando a su esposo sumido en la más honda pena.

El primer poeta trágico que trató del tema fue Esquilo, en su trilogía Layo, Edipo y Los Siete contra Tebas, seguida del drama satírico La Esfinge.

Eurípides trató también este mito en su tragedia perdida Edipo y en Las Fenicias.

Séneca inicia su Edipo con un diálogo entre Edipo y Yocasta, asustados ambos por la peste que se abate sobre Tebas.

La Tebaida, de Estado, está inspirada en este mito.

El tema resurge en la Edad Media, en una elegía en latín sobre Edipo (s. XI), y en el Román de Thébes (1150). En el Renacimiento y época posterior el Edipo de Sófocles fue objeto de múltiples traducciones e imitaciones. Algunas de éstas introducen curiosas innovaciones.

Giovanni Andrea DeN'Anguillara compuso, en 1565, la tragedia Edippo, en cinco actos y en verso.

La tragedia Oedipe, de Corneille, compuesta en 1659, en cinco actos, se inspira en el Edipo Rey, de Sófocles, pero incluye en el argumento original los amores de Teseo con Dirce, la hija de Layo.

John Dryden compuso su Oedipus el año 1679.

Voltaire, en su Oedipe (1718), añade al núcleo principal de la obra el amor de Yocasta y Filoctetes, presentando a éste como sospechoso de haber asesinado a Layo.

Ducis relaciona el tema de Edipo con el de Alcestis, haciendo que Edipo se sacrifique por Admeto.

En el s. XIX apenas se trató el tema.

Giovanni Battista Niccolini compone, en 1823, Edipo en el bosque de las Euménides, inspirándose en el Edipo en Colono.

En 1832, el español Feo. Martínez de la Rosa, en una de las mejores tragedias de tema clásico escritas en español, adaptación del Edipo Reytíe Sófocles, suprime todo el episodio de Creonte y hace que el espíritu de Layo se aparezca a Edipo y lo separe de Yocasta.

En el s. XX resurge con fuerza el tema. J. Cocteau compuso el libreto, traduci­do al latín, para el oratorio Oedipus Rex, de Stravinsky (1928).

Cocteau escribió también el drama La máquina infernal (1934), siguiendo la línea de A. Gide; en esta obra, lo mismo que en Séneca y en el drama renacentista, se aparece la sombra de Layo amonestando a su matador.

En Edipo o el crepúsculo de los Dioses, de H. Ghéon (1938), se llega incluso a tocar el tema cristiano de la Redención.

André Gide compuso el drama en tres actos, publicado en 1931 y representado un año después. Inspirado en Sófocles, introduce algunas innovaciones, componiendo variantes sobre el original griego. Reduce a drama esta tragedia. Incorpora a lo trágico lo familiar, lo trivial y hasta lo burlesco. En esta obra, el hombre carece de libre albedrío, es un predestinado y, por consiguiente no es responsable de sus actos.

T.S. Eliot, en El viejo hombre de Estado, intenta una transposición del argumento del Edipo en Colono a personajes actuales. En esta obra, un anciano estadista encuentra la paz interior en el lugar predestinado para su muerte.

En cambio, el drama Edipo y su madre (1950), del holandés M. Croiset, en el que Edipo se casa a sabiendas con su propia madre, está condicionado por el "complejo de Edipo", derivado de este argumento por S. Freud, es decir, "amor hacia la madre y odio al padre". Esta famosa interpretación freudiana del mito de Edipo ha encontrado amplio eco en el campo de la psicología y la literatura modernas.

Por otra parte, el tema del pariente que mata sin saberlo al pariente y el amigo al amigo, con la consiguiente expiación voluntaria reaparece ya en varias tragedias de Eurípides. En tres de ellas el reconocimiento previo evita el desastre: Mérope, Hécuba y Creúsa no consuman la muerte de sus respectivos hijos; Egeo reconoce a Teseo, cuando Medea intenta envenenarlo; Ifigenia reconoce a su hermano Orestes, con lo que lo salva del sacrificio a que estaba destinado.

El tema reaparece con frecuencia en toda la literatura posterior: Chanson de fíoland (h. 1100); Ricardo III (Shakespeare); La devoción de la Cruz (Calderón, 1634); La Henríade (Voltaire, 1723); etc.