Φιλοκτήτης / Filoctetes
Estrenada el 409 a. C.Cuando la flota griega navegaba rumbo a Troya, uno de sus guerreros, Filoctetes, es mordido en un pie por una serpiente. Sus compañeros, a causa de la fetidez que despedía la emponzoñada herida y de los insoportables gritos de dolor, que profería sin cesar Filoctetes, lo abandonan en Lemnos, isla entonces desierta del mar Egeo. En ella Filoctetes, a quien sólo le han dejado un prodigiosos arco y sus flechas, para que no se muera de hambre, se convierte en una especie de Robinsón primitivo y vive solitario, aquejado de horribles dolores, sin que ningún ser humano pueda consolarlo en su inmenso infortunio. A su dolor físico se une su eterna soledad en la inhóspita isla, en la que lleva malviviendo diez años, abandonado a su triste suerte.
Ahora bien, un oráculo había anunciado que Troya sólo sería conquistada por el arco que Heracles había regalado a Filoctetes, por lo que era preciso llevar a éste a la ciudad cercada por los aqueos. Para convencer a este hombre, justamente amargado por la traición de que había sido objeto por parte de sus antiguos camaradas, los griegos recurren al astuto Odiseo, al que acompaña en esta misión Neoptólemo, el impulsivo hijo de Aquiles.
Ambos llegan a Lemnos, dispuestos a emplear la astucia para apoderarse de Filoctetes. Neoptólemo descubre una gruta, que parece estar habitada. Odiseo nos explica por qué vive allí Filoctetes: "He aquí, sobre el suelo de Lemnos... el cabo desierto... donde yo dejé abandonado al hombre del país malíaco... Yo había recibido de los jefes la orden de hacerlo así. Le supuraba, en efecto, uno de sus pies, a causa de un mal devorador, por lo que no podíamos llevar a cabo con tranquilidad libaciones ni sacrificios de ningún tipo, sino que abrumaba al ejército entero con sus siniestros lamentos, gritando y gimiendo sin cesar".
Aparece Filoctetes y nos informa sobre su infortunio: "Yo soy aquel de quien tal vez han oído decir que es dueño de las armas de Heracles, Filoctetes,... a quien los jefes de nuestro ejército... dejaron aquí, de modo ignominioso, abandonado de todos, mientras me consumía una cruel enfermedad, causada por la ponzoñosa mordedura de una serpiente... Se sintieron demasiado dichosos al verme... dormido sobre la ribera, al abrigo de una roca, y, sin dejarme más que unos pobres harapos y un poco de comida, me abandonaron y se fueron... ¡Aquí no había nadie que pudiera socorrerme, que pudiera, cuando yo sufría, compartir mi pena!... Este arco, cuando hería en pleno vuelo a una paloma, me proporcionaba lo necesario para mitigar mi hambre. Cada vez que la flecha disparada por la tensa cuerda alcanzaba el blanco, yo mismo, infortunado, me arrastraba hasta la pieza abatida... Me faltaba el fuego y tenía que frotar una piedra con otra, para lograr, a duras penas, que brotase la oculta llama, que significaba mi salvación. Desde que dispongo del fuego, la cueva en la que me alojo me asegura el resto, salvo la curación de mi mal".
Para captarse su confianza y llevárselo a la nave, Neoptólemo, por consejo de Odiseo, que no se deja ver por el momento, se finge enemigo de los aqueos. Le dice que se vuelve, indignado, a su patria, porque los Atridas han adjudicado a Odiseo las armas de Aquiles, que le correspondían a él, por ser su hijo. Añade que en Troya han perecido todos los buenos: Aquiles, Áyax, Antíloco y Patroclo.
Filoctetes se confía a Neoptólemo y le pide que le lleve con él en su nave: "¡Por tu padre, por tu madre,... por todo lo que más quieras...! Me dirijo a ti como suplicante y te ruego que no me dejes así, solo, abandonado, víctima de semejantes desgracias... Piensa también un poco en mí. Es grande la repugnancia que supone esta carga, lo comprendo. Sin embargo, sopórtala, por favor. Es propio de almas generosas el aborrecer la infamia y ver en la virtud un motivo de gloria... Si te decides a llevarme contigo, ponme donde quieras, en la sentina, en la proa, en la popa, donde yo moleste menos a los marineros..."
El Coro, formado por los marineros que acompañan a Neoptólemo, anima a éste a complacer a Filoctetes: "Ten piedad, señor. Nos ha revelado también las penosas pruebas por las que ha tenido que pasar... Si yo estuviera en tu lugar..., lo llevaría lo antes posible,... a su patria,... para escapar yo mismo a la venganza de los dioses".
Neoptólemo accede a las súplicas del Coro: "A pesar de todo, me avergonzaría de mostrarme menos dispuesto que tú a hacer algo por este extranjero, cuando se me presenta la ocasión...¡Hagámonos a la vela y que él embarque lo antes posible!
Llega un emisario de Odiseo, disfrazado de mercader, y anuncia que los griegos los están buscando, ya que, según un adivino, no conquistarán Troya sin la colaboración de Filoctetes. Los anima a que se vayan inmediatamente. Filoctetes se apresta a huir y entra en la cueva a recoger sus pertenencias. Neoptólemo le pide que le deje tener en sus manos su arco. Filoctetes sufre de pronto una crisis tan aguda de su mal, que pide a gritos que le amputen el pie enfermo. Al sentirse desfallecer y que le va Invadiendo el sueño, entrega el arco a Neoptólemo y le ruega que se lo guarde hasta que él haya recuperado el sentido y que no se lo dé a nadie. Así lo promete Neoptólemo.
El Coro le propone que huya con el arco, aprovechando que está dormido su dueño. Neoptólemo replica que sería inútil robarle su arco, si no se lleva también a quien ha de manejarlo, para que se cumpla lo anunciado por el oráculo: "Desde luego que éste no se da cuenta de nada. De acuerdo. Pero yo veo que nos habríamos apoderado en vano de este arco, si nos hacemos a la mar sin este hombre. Es a él a quien pertenece la gloria. Es él el hombre que el dios nos ordenó que nos debíamos llevar. El jactarse de un fracaso, acompañado además de falsedades, no merece más que oprobio y deshonor".
Cuando despierta Filoctetes, Neoptólemo, torturado por crueles remordimientos, al pensar que sería deshonroso llevarse, mediante engaños y contra su voluntad, a Filoctetes, confiesa a éste toda la verdad: "No voy a ocultarte nada. Es preciso que partas para Troya y te reúnas con los aqueos y la flota de los Atridas".
Para convencerlo promete curarle antes su enfermedad. Sin embargo, Filoctetes se siente traicionado de nuevo y exige a Neoptólemo que le devuelva su arco. Neoptólemo rehusa hacerlo, diciendo: "Imposible. La justicia y el interés común me obligan a obedecer a los que ostentan el mando".
Filoctetes sigue reclamando su arco, sin el que no podría cazar para sobrevivir. Neoptólemo siente hacia él una compasión tan sincera, que está dispuesto a devolvérselo. La llegada de Odiseo se lo impide. Filoctetes reclama con insistencia su arco y amenaza con suicidarse, si no se lo devuelven. Ante su negativa a seguirle, Odiseo ordena hacerse a la mar:
"Dejadlo, no lo retengáis; dejadle vivir aquí. No te necesitamos, puesto que ya disponemos de tus armas. Tenemos entre nosotros a Teucro, que es experto en este arte, para no hablar de mí mismo, no menos diestro que tú en el manejo de este arma y en dirigirla hacia el blanco..."
Al quedarse solo, Filoctetes arrecia en sus lamentaciones, puesto que, sin su arco, el hambre le deparará sufrimientos aún mayores. El Coro le indica que en sus manos está el evitarlos y le invita a irse a Troya. Se niega de nuevo Filoctetes y pide un arma para darse la muerte.
Neoptólemo, que no quiere domeñar a Filoctetes con engaños y mentiras injustas, retorna a su lado, dispuesto a devolverle el arco. Discute con Odiseo, que declara su intención de impedírselo y de llevarse a Filoctetes, si es preciso, por la fuerza: "Voy a enviarte por la fuerza a la llanura de Troya, aunque no quiera el hijo de Aquiles".
Neoptólemo devuelve su arco a Filoctetes y éste amenaza a Odiseo: "En todo caso, no lo harás impunemente, si esta flecha parte hacia su destino".
Neoptólemo le impide disparar y trata de persuadirle para que los acompañe a Troya: "Todo hombre está obligado a soportar la suerte que le imponen los dioses. Pero, cuando sus males tienen origen en sí mismo, cuando se complace en ellos, como haces tú, es natural que no inspire ni indulgencia ni compasión hacia él... Tú no admites consejos y, si alguien te da una lección,... ves en él un enemigo... Entérate de esto y grábalo en lo más profundo de tu corazón. El mal que estás sufriendo procede de los dioses, por haberte acercado a la guardiana de Crisa, la serpiente que, en la sombra, custodia el recinto sagrado sin techo... Jamás tendrá fin para ti este penoso mal, hasta que, por tu propia voluntad, hayas llegado a la llanura de Troya y hayas encontrado, entre nosotros, a los hijos de Asclepio, que te curarán de esta dolencia, para que, por fin, con este arco y en mi compañía, conquistes la ciudadela de Troya... ¿Cómo sé yo que sucederá así? Hemos hecho prisionero a uno de los troyanos, Heleno, excelente adivino, que nos revela con toda claridad que tal debe ser el futuro; y añade que Troya será fatalmente conquistada durante este mismo estío".
A pesar de estas palabras de Neoptólemo, Filoctetes sigue en sus trece y se niega a plegarse a sus deseos. Entonces se le aparece, como deus ex machina, Heracles y le ofrece una solución, que, a la vez que preserva su dignidad ofendida, permite el cumplimiento de la voluntad divina. Así habla Heracles: "Escucha lo que tengo que hacerte saber... Estoy aquí por tu causa; abandonando las celestes moradas, vengo a revelarte los designios de Zeus y, al mismo tiempo, a detenerte en el camino que quieres emprender... Te aguarda una suerte semejante a la mía. Al salir de estos sufrimientos, vas a conseguir una vida gloriosa. Parte, pues, con este hombre, para la ciudad troyana. Allí verás, en primer lugar, cómo cesa tan horrible dolencia. Después, elevado por tu valor al rango más importante del ejército, harás sucumbir bajo mis flechas a Paris, el causante de vuestros males; conquistarás Troya y la parte del botín que obtengas como premio a tu valor... la llevarás a tu palacio para tu padre..., a tu patria... En cuanto a mí, enviaré a Troya a Asclepio, para que te cure de tu enfermedad. Es preciso que, una vez más, mi arco triunfe sobre Troya".
Filoctetes cierra la obra contestando a Heracles: "No desobedeceré tus órdenes".
* * *
Cuando Sófocles tenía ya más de 80 años, compuso esta obra, en la que el desdichado Filoctetes muestra su júbilo al ver a un ser humano, al escuchar los sonidos de la lengua griega y se ilusiona ante el coro de navegantes, que van a llevarlo con ellos de regreso a su patria.
En realidad, a pesar de su título, es Neoptólemo el auténtico protagonista de esta tragedia, aunque en ella aparece como mero mediador entre Filoctetes y Odiseo. Frente a la proverbial astucia de éste, que es quien ha urdido la intriga para llevar a Troya a Filoctetes y su prodigioso arco, Neoptólemo hace gala, a lo largo de toda la obra, de la nobleza propia de un hijo del valeroso Aquiles. Detesta el engaño y siente compasión sincera por el desventurado Filoctetes, a quien descubre la trama urdida por Odiseo y devuelve su imprescindible arco.
Sófocles se siente subyugado por la figura de Filoctetes, que sólo cede ante la orden de Heracles. Ante la postura altiva del héroe traicionado por sus compañeros, se estrellan, como ante un recio peñasco, la noble energía de Neoptólemo y la astucia de Ulises.
El mito de Filoctetes fue tratado también por Esquilo y Eurípides en sendas obras, que se han perdido.
En tiempos más recientes, André Gide (1869-1951), en su obra en 5 actos sobre este tema, titulada Philoctéte ou le traite des trois morales (1899), nos presenta la llegada de Ulises y Neoptólemo a una isla desierta, en la que está abandonado Filoctetes, cuyo arco fatal es ahora imprescindible para la conquista de Troya. Ulises se dispone a engañar miserablemente a Filoctetes y, para lograr su propósito, explota la ingenuidad del joven e inexperto Neoptólemo. Éste, horrorizado ante el mezquino engaño, vacila y piensa avisar a Filoctetes de la traición de que va a ser víctima. Filoctetes se indigna, pero acaba por ceder y se deja arrebatar su arco.
Como indica el título de su obra, Gide propone en ella tres morales. Según la primera, practicada por Ulises, es lícito llevar a cabo cualquier atrocidad en pro de la patria. En la segunda, la seguida por Filoctetes, se defiende que hay cierta idea divina de la justicia, superior a cualquier otra razón; por ello trata de impedir que Ulises le robe su arco, mas, luego, lo piensa mejor y lo entrega, no en favor de Grecia, sino en provecho propio, ya que con esta renuncia obtendrá su propia salvación.
Entre las diversas soluciones que propone Gide para resolver este dilema moral, prevalece la que propugna, como tercera vía, que debemos estar siempre dispuestos a renunciar a todo, para poseerlo todo, dentro de una libertad espiritual lo más amplia posible.