Ἠλέκτρα / Electra
Estrenada entre el 418 y el 410 a. C.La escena tiene lugar ante el palacio real de Micenas, desde donde se divisa la llanura de la Argólide.
Al despuntar el día, Orestes comunica a su Pedagogo, que le anima a tomar una decisión, la respuesta que ha recibido del oráculo de Delfos: "Febo me ha respondido... que yo mismo, sin escudo ni ejército, con astucia y disimulo, debo maquinar las muertes justicieras y ejecutarlas con mi mano".
Después, ordena al Pedagogo que se presente en el palacio como un focense y comunique a la reina que ha muerto Orestes en una carrera de carros, en los Juegos Píticos de Delfos. Y añade: "Mientras tanto, siguiendo la orden del dios, iré en primer lugar a la tumba de mi padre, para honrarle con libaciones y rizos cortados de mi cabellera. Volveré (con Pílades) enseguida, sosteniendo en mis manos la urna... que me has visto ocultar entre unas matas, para comunicarles, contándoles una falsa historia, la agradable nueva de que mi cuerpo ya no existe, puesto que el fuego lo ha consumido, lo ha reducido a cenizas".
Orestes y su fiel amigo Pílades se dirigen a la tumba de Agamenón para ofrecerle libaciones. Sale Electra y, en medio de sus tristes lamentaciones, invoca a las Erinias vengadoras. En un diálogo lírico entre el Coro y Electra, ésta muestra su fidelidad a la memoria de su padre y añade que su única razón para vivir es la esperanza de que Orestes vengará su muerte.
El Coro le aconseja calma, confianza en los dioses, esperanza en el retorno de Orestes y paciencia en el trato con su madre y Egisto. Electra replica que no puede adoptar esta actitud, ya que supondría deslealtad hacia su padre.
En una tensa discusión, su hermana Crisótemis advierte a Electra que, en medio de las desgracias, no es bueno navegar a toda vela. Le aconseja que recoja velas, aunque no sea lo justo. Hay que obedecer a los que mandan, si se quiere vivir en libertad.
La impulsiva Electra, que no cede ante las amenazas, echa en cara a Crisótemis su cobardía y le ordena que desobedezca a su madre: "Es inconcebible que tú, una hija nacida de un padre como el tuyo, hayas podido olvidarlo y pienses sólo en tu madre... Debes escoger entre razonar imprudentemente o
bien, obrando con prudencia, olvidar para siempre a los tuyos. Porque acabas de decirme que, si te encontraras con fuerza, mostrarías el odio que albergas contra ellos y, en cambio, cuando yo intento vengar, a toda costa, a mi padre, te niegas a colaborar conmigo e incluso te dispones a impedírmelo".
Crisótemis contesta: "Si no cesas en tus lamentaciones, ellos están dispuestos a enviarte a unos lugares en los que no volverás a ver la claridad del sol y donde, emparedada viva, en una mazmorra abovedada bajo tierra, lejos de este país, podrás cantar tus desgracias a tu gusto. Reflexiona, pues, y no me vengas más tarde con tus quejas..."
El Coro canta su esperanza, al saber que Clitemnestra ha sufrido un terror nocturno, en el que se le ha aparecido la sombra de Agamenón. En la horrible pesadilla, éste había clavado en el hogar el cetro que ahora detenta Egisto y del cetro había brotado un nuevo tallo florecido, que había ensombrecido todo el reino de Micenas. Consternada por este sueño, Clitemnestra había encargado a Crisótemis llevar ofrendas a la tumba de Agamenón para aplacar la cólera vengativa de éste.
Electra intenta disuadir a Crisótemis: "Ofrécele, pues, estos lustrosos cabellos y este ceñidor mío... y, cayendo de hinojos, suplícale que venga en persona del fondo de la tierra... a ayudarnos a luchar contra los enemigos y que haga que Orestes, su hijo, vuelva vivo a nosotros y, tras un combate victorioso, pisotee el cuerpo de sus enemigos..."
En un crispado diálogo entre Clitemnestra y Electra, ambas se reprochan mutuamente su conducta. Clitemnestra trata de justificar el asesinato de Agamenón, alegando que éste había ordenado el sacrificio de su hija Ifigenia: "Este padre, por el que tú no cesas de gemir,... tuvo el descaro... de inmolar a tu hermana en honor de los dioses... Muéstrame a quién pretendía satisfacer inmolándola. ¿A los argivos? Pues bien, ellos no tenían ningún derecho a quitarme la vida de mi hija. Y, al sacrificarla en favor de su hermano Menelao, ¿es que no iba a pagarme el castigo por ello? ¿Es que el propio Menelao no tenía dos hijos? ¿No era más natural que perecieran ellos, en lugar de ella, puesto que su padre y su madre eran los responsables de esta expedición?
Electra contesta: "Lo mataste contra toda justicia y sólo por obedecer al cobarde con el que ahora convives".
Después, Electra trata de justificar el sacrificio de Ifigenia diciendo que Ártemis lo había exigido para ayudar a la flota aquea, retenida en Áulide por vientos adversos. Reprocha también a su madre su conducta con Orestes y con ella misma.
Clitemnestra suplica a Apolo que rija el palacio y el cetro de los Atridas y le permita vivir con los hijos que no la odien.
Llega el Pedagogo, disfrazado, y describe así la supuesta muerte de Orestes: "Orestes había acudido al célebre concurso, orgullo de Grecia, para conquistar las coronas de Delfos... De todas las pruebas... fue siempre el que consiguió el premio... Pero, cuando un dios quiere mal a un hombre,... éste no puede librarse de él... El día siguiente, cuando, al salir el sol, se abría el concurso de los rápidos carros, Orestes se presenta... a competir con otros muchos aurigas... Todos ellos se sitúan en el lugar que los jueces les habían asignado por sorteo y donde les habían hecho alinear sus carros. La trompeta de bronce da la señal y todos parten raudos. Animan a sus caballos con sus gritos y, al mismo tiempo, agitan las riendas en sus manos. Todo el estadio se llena del estrépito de los ruidosos carros; la polvareda se eleva hacia el cielo y todos los concursantes, a la vez, entremezclados, no escatiman los latigazos. Cada uno pretende sobrepasar los ejes de los demás carros y adelantarse a los piafantes caballos de sus rivales... Hasta entonces todos los carros seguían intactos, pero, de pronto, al acabar la sexta vuelta y comenzar la séptima, los caballos del auriga Emano, desbocados, dan media vuelta y chocan de frente contra el carro de Cirene. Entonces... los carros quedan destrozados, se amontonan unos contra otros y toda la llanura de Crisa se llena de restos de carros volcados... Orestes mantenía sus caballos al final de todos, porque se reservaba para la última vuelta de la carrera... Pero, al ver que sólo le queda un rival, hace chasquear su látigo sobre las orejas de sus briosos corceles y se lanza en su persecución. Ambos avanzaban a la par..., cuando, de repente, el carro de Orestes choca contra el borde de la meta, se rompe por la mitad el extremo del eje y el auriga cae desde la plataforma del carro. Se enreda en las bien cortadas riendas y, mientras rueda por tierra, los caballos galopan sin freno por la pista... El pueblo, al verlo caer, lanza gritos de angustia por el joven atleta... Se le ve arrastrado unas veces por el suelo; otras, con las piernas por el aire, hasta que los demás aurigas, deteniendo a duras penas la carrera de sus corceles, lo sueltan cubierto de sangre, en tan lastimoso estado, que ni siquiera uno de sus amigos habría sido capaz de reconocer sus pobres restos..."
Al escuchar este falso, pero impresionante, relato, Clitemnestra experimenta un gran alivio, al creerse liberada del miedo obsesionante a la venganza de Orestes. Electra, en cambio, se sume en el más hondo desaliento, al ver disipadas sus esperanzas. En medio de su desolación, aparece Crisótemis. Le trae la feliz noticia de la llegada de Orestes. Ha visto sobre la tumba de su padre un mechón de cabellos de un joven, que, sin duda, es una ofrenda de Orestes. Electra, desesperada, le dice que Orestes ha muerto y que ese mechón de cabellos lo habrá depositado sobre la tumba de su padre alguien en recuerdo de la muerte de Orestes. Y, dirigiéndose a su hermana, añade: "Hoy no existe ya Orestes y yo vuelvo hacia ti mis ojos. Estoy segura de que no vacilarás en unirte a tu hermana, para matar al autor de la muerte de tu padre, a Egisto".
El corifeo comenta: "Tanto el consejero como el aconsejado deben ser prudentes en tales circunstancias".
Al escuchar este falso, pero impresionante, relato, Clitemnestra experimenta un gran alivio, al creerse liberada del miedo obsesionante a la venganza de Orestes. Electra, en cambio, se sume en el más hondo desaliento, al ver disipadas sus esperanzas. En medio de su desolación, aparece Crisótemis. Le trae la feliz noticia de la llegada de Orestes. Ha visto sobre la tumba de su padre un mechón de cabellos de un joven, que, sin duda, es una ofrenda de Orestes. Electra, desesperada, le dice que Orestes ha muerto y que ese mechón de cabellos lo habrá depositado sobre la tumba de su padre alguien en recuerdo de la muerte de Orestes. Y, dirigiéndose a su hermana, añade: "Hoy no existe ya Orestes y yo vuelvo hacia ti mis ojos. Estoy segura de que no vacilarás en unirte a tu hermana, para matar al autor de la muerte de tu padre, a Egisto".
El corifeo comenta: "Tanto el consejero como el aconsejado deben ser prudentes en tales circunstancias".
La prudente Crisótemis le aconseja: "¿No ves que no eres un hombre, sino una simple mujer? Tus brazos no tienen la misma fuerza que los de tus adversarios... Reprime, pues, tu cólera... y, puesto que careces de fuerzas, ten en lo sucesivo la suficiente sensatez para ceder ante los que son más poderosos que tú".
Al ver la cobardía de Crisótemis, Electra decide obrar por su cuenta.
Orestes y Pílades se presentan como focenses. Uno de los dos criados que los acompañan lleva una urna. Orestes se dirige a Electra con estas palabras: "Como estás viendo, traemos en una pequeña urna los exiguos restos del muerto".
Electra se deshace en lamentaciones. Orestes se da a conocer y, para demostrar su identidad, muestra el anillo de su padre Agamenón. Electra muestra, a su vez, su júbilo y ambos hermanos trazan su plan de venganza.
Llega el Pedagogo: "Ha llegado el momento de actuar. Clitemnestra se halla sola. En el palacio no hay ahora ninguno de los servidores. Si os retrasáis, tened en cuenta que tendréis que luchar no sólo contra estos adversarios, sino también contra otros más numerosos y diestros que ellos".
Orestes, seguido de Pílades y del Pedagogo, entra en el palacio. Tras ellos, después de dirigir una breve plegaria a Apolo, entra también Electra.
Se oyen los gritos espantosos de Clitemnestra, que pide ayuda a Egisto.
El Coro presiente lo que están haciendo los vengadores, a los que los dioses conducen a su meta: "Las maldiciones se cumplen. Viven los que yacen bajo tierra. Los que han muerto hace tiempo se cobran la sangre nuevamente derramada de sus matadores".
Electra describe lo que sucede en el interior del palacio, la muerte de Clitemnestra.
Salen del palacio Orestes y Pílades. Llega Egisto y pregunta por los extranjeros que anuncian la muerte de Orestes. Electra lo recibe con palabras ambiguas: "Ellos han cumplido con una amable huéspeda".
Creyendo que Electra alude a la muerte de Orestes, Egisto muestra su gozo: "Ordeno que... se abran nuestras puertas, para que todos los habitantes de Micenas y de Argos puedan verlo y para que aquellos que hasta hoy se han dejado llevar por las vanas esperanzas puestas en este hombre, ahora, al ver su cadáver, acepten mi rienda y no me obliguen a corregirlos y a enseñarles cómo se alcanza la edad de la sensatez".
Entra Egisto en el palacio. Se encuentra con Orestes, a quien Electra anima a darle también la muerte. Orestes conduce a Egisto al lugar donde éste asesinó a Agamenón, para que su muerte sea más amarga.
* * *
Culminan en esta obra los intentos de Sófocles de poner en primer plano a los seres humanos y de disminuir la intervención de los dioses en sus asuntos.
La acción de Electra coincide con la de Las Coéforas, de Esquilo, obra en la que todo está condicionado a la voluntad de los dioses y de los muertos, de la que tanto Electra como Orestes son dóciles instrumentos.
El mito de Orestes y del matricidio cometido por éste está enfocado por Sófocles sólo desde el punto de vista de Electra, que espera anhelante a su hermano para consumar su venganza. La figura de Electra está impregnada del más enconado odio, no sólo por el obsesionante recuerdo del asesinato de su padre, sino también por los malos tratos a que la han sometido los asesinos de éste.
Orestes y Pílades son en esta obra meros agentes de la justicia divina. El Coro, que apoya en todo momento a Electra, lleva realmente el peso de toda la tragedia y, al finalizar la acción, canta que la casa de Atreo ha recobrado la libertad.
El tema, tratado ya por Esquilo en Las Coéforas, fue tratado también por Eurípides. Múltiples han sido sus repercusiones en la literatura posterior.
En castellano, Fernán Pérez de Oliva llevó a cabo, el año 1528, una adaptación en prosa de la tragedia de Sófocles.
El húngaro Pedro Bornemisza (1535-1585) publicó una versión, Tragedia en lengua húngara, ambientando el tema en el país magiar. Se ha representado esta versión en época moderna.
P. J. de Crebillon, en su Electra (1708), partiendo de Sófocles, complica la acción, adaptándola al gusto de su tiempo, salpicándola de relaciones amorosas. Electra está enamorada del hijo de Egisto; Orestes, que desconoce su propio origen, ama a la hermana de éste. Ambos estaban a punto de ser infieles a su misión, pero la intervención del padre adoptivo aclara la situación. El plan de venganza de Orestes se limita a Egisto, pero, por error, mata a su propia madre.
En su Electra (1760) Bodmer incluyó el matricidio, ordenado por Apolo. Clitemnestra prefiere morir a manos de su hijo, antes que a las de un esclavo.
A mediados del s. XIX apenas se permiten libertades frente a los modelos clásicos.
El año 1901 se representó la Electra de B. Pérez Galdós, en la que se moderniza el tema.
Eugene Gladstone O'Neil (1888-1953) compuso la trilogía dramática americana Mourning becomes Electra (publicada en 1932). Se trata de una Orestíada localizada en una ciudad americana de los años 1865-1866. Premio Nobel en 1936. Presenta en ella los instintos desencadenados en una sociedad que, bajo su puritanismo, oculta el más frío egoísmo.
Jean Giradoux (1882-1944) publicó en 1938 su Electra, en la que, sobre el mito clásico, compone el drama de la pureza y la justicia. Durante muchos años Electra ha vivido aislada en el palacio, meditando sobre la venganza del asesinato de su padre y su propio aislamiento. Egisto intenta casarla con un jardinero, para evitar que se convierta en una persona capaz de llevar a cabo sus propósitos de venganza. Con la llegada de Orestes, Electra se convierte, como temía Egisto, en una vibrante flecha de pureza, de odio, de justicia. La obra termina con la muerte de Clitemnestra y Egisto, mientras Argos queda sumida en el abismo de la guerra y del incendio.