Οἰδίπους τύραννος / Edipo Rey
Estrenada el 428 a. C.Asustado por un oráculo, Layo, rey de Tebas, capital de Beocia, había ordenado que fuera abandonado en el monte Citerón su hijo recién nacido. El esclavo encargado de hacerlo entrega el niño a un pastor de Corinto, que se lo lleva a Pólibo, rey de esta ciudad. Llegado a adulto, el joven, llamado Edipo, da muerte, sin reconocerlo, a Layo en una disputa. Tras resolver el enigma de la Esfinge, llega a Tebas y se casa con la viuda de Layo, sin saber que es su propia madre, convirtiéndose así en rey de la ciudad.
Tebas es arrasada por la peste. Edipo decide conocer la causa, para poder conjurar sus efectos desastrosos. Para ello envía a su cuñado Creonte a consultar el oráculo de Delfos:
"He puesto en marcha el único remedio que se me ha ocurrido, tras pensarlo bien. He enviado a Creonte, mi cuñado, al santuario pítico de Febo, a consultar qué debo decir o hacer para salvar a nuestra ciudad... En cuanto él llegue aquí, sería yo un criminal, si me negara a cumplir lo que haya manifestado el dios".
Al regresar del santuario de Apolo, Creonte trae la solución:
"El soberano Febo nos da la orden expresa de 'expulsar la mancha alimentada por este país y de no dejarla crecer hasta que ella llegue a ser irremediable...'Hay que desterrar a los culpables o hacerles pagar una muerte con otra, puesto que es esta sangre... la que está sacudiendo nuestra ciudad... Este país... tuvo como soberano a Layo, en otro tiempo, antes de que tú mismo tuvieras que gobernarlo... Murió y ahora el dios nos obliga claramente a vengarlo, castigando con rigor a sus asesinos".Edipo maldice al desconocido asesino de Layo y el coro, formado por ancianos de Tebas, describe en sus lamentaciones los estragos que causa la peste, suplica a los dioses su ayuda y pide la colaboración del adivino Tiresias:
"Yo sé que el noble Tiresias, como el soberano Febo, posee el don de la clarividencia. ¡Oh rey! Si se recurriera a él para llevar a cabo esta investigación, se obtendría una información muy exacta".
Tiresias, invitado a hablar por Edipo, se muestra reacio a hacerlo, pero ante la insistencia del rey, le dice: "Tú eres el criminal cuya impureza mancha este país... Repito que eres tú precisamente el asesino buscado... Sin saberlo, convives, en una relación infame, con los parientes que te son más queridos, sin darte cuenta del grado de miseria al que has ido a parar".
Edipo echa en cara a Tiresias su incapacidad como adivino, ya que no había podido descifrar el enigma de la Esfinge. Le acusa, además, de haber urdido con Creonte un plan para destronarlo. Tiresias, indignado, prosigue: "Me has echado en cara que soy ciego; pero tú, aunque conservas aún la vista, no ves en qué grado de desgracia te encuentras ahora, ni bajo qué techo habitas, ni con quiénes estás conviviendo. ¿Sabes tal vez de quiénes eres hijo? No dudes de que eres odioso para los tuyos... Muy pronto, como un doble azote, las maldiciones de tu padre y de tu madre se acercan con terrible paso y te van a expulsar de aquí. Tú ves ahora la luz del día, pero muy pronto te sumirás en la oscura noche... Antes que tú, jamás hombre alguno habrá sido más duramente maltratado por la suerte... El hombre que tu buscas desde hace algún tiempo... está aquí mismo. Se cree que es un extranjero, ... establecido en este país, pero se pondrá en claro que es un tebano auténtico... Él veía, pero a partir de ahora será un ciego; era rico y mendigará una limosna y, tanteando ante él su camino con un bastón, dirigirá sus pasos a tierra extranjera. Y... se pondrá de manifiesto que él es, a la vez, padre y hermano de los hijos que lo rodean , esposo e hijo, al mismo tiempo, de la mujer de la que nació y rival incestuoso, así como también asesino, de su propio padre".
Llega Creonte y se defiende de la acusación que ha formulado Edipo contra él: "Para empezar, reflexiona sobre esto: ¿Crees tú que alguien puede preferir reinar en medio de sobresaltos a dormir plácidamente, disfrutando del mismo poder? En cuanto a mí, no he nacido con la pasión de reinar, sino más bien con el deseo de vivir como un rey. Y lo mismo le pasa a cualquiera que tenga uso de razón. Ahora lo obtengo de ti todo, sin abrigar temor alguno. En cambio, si yo fuera rey, ¡qué cantidad de cosas tendría que hacer contra mi voluntad! ¿Cómo podría yo, pues, preferir el poder absoluto a una autoridad que no causa ninguna inquietud?".
Edipo no acepta las razones de Creonte y entre ambos surge una violenta disputa. Interviene Yocasta e intenta calmarlos. Les dice que ningún mortal participa en el arte de la adivinación: "Nadie posee el arte de predecir... Una vez le llegó a Layo un oráculo, no del propio Apolo, sino de sus sacerdotes. Según esta profecía, la suerte que le esperaba era la de perecer a manos de un hijo que nacería de él y de mí. Ahora bien, a Layo, según el rumor público, lo mataron unos bandoleros en un cruce de tres caminos. Por otra parte, a dicho niño, una vez nacido, apenas transcurridos tres días, Layo, atándole los pies, lo hizo abandonar en un monte desierto. Por ello, Apolo no pudo hacer ni que el hijo matara a su padre, ni que Layo, como él temía, muriera a manos de su hijo".
Alarmado Edipo al oir que Layo había sido muerto en un cruce de tres caminos, pregunta a Yocasta en qué lugar y en qué momento sucedió la desgracia. Yocasta le contesta: "El país se llama Fócide; la encrucijada es aquella en que confluyen los caminos que vienen de Delfos y de Daulia... La noticia llegó aquí poco antes de que fuera reconocido tu poder sobre Tebas... (Layo) era corpulento. Sobre su frente comenzaban a blanquear sus cabellos. Su figura no era muy diferente a la tuya".
Y añade que, de los cinco hombres que acompañaban a Layo, el único superviviente, al llegar Edipo a Tebas, había pedido que lo enviaran, como pastor, lejos de la ciudad.
Edipo cuenta a Yocasta su historia en Corinto, donde un borracho le había llamado falso hijo del rey, por lo que había consultado sobre ello al oráculo de Delfos, cuya respuesta había sido: "Febo me profetizó el más horrible, el más lamentable destino: yo ocuparía el lecho de mi madre, haría venir al mundo una raza monstruosa y asesinaría al padre que me había engendrado".
La única esperanza de Edipo es que el servidor de Layo que había escapado de la muerte habló de varios ladrones y él iba solo. Hace venir a este servidor para interrogarle y espera con angustia su confesión.
Llega de Corinto un mensajero y anuncia la muerte de Pólibo, rey de esta ciudad y presunto padre de Edipo, por lo que éste va a ser proclamado su sucesor en el trono. Yocasta y Edipo muestran su alegría al recibir esta noticia, que, a su juicio, invalida el efecto del oráculo en cuestión. Sin embargo, a Edipo le inquieta la predicción de que se casará con su propia madre, que aún vive en Corinto. El mensajero cree disipar sus temores diciéndole que la reina de Corinto, Mérope, no era su verdadera madre, ya que a él se lo había entregado, recién nacido y con los tobillos atravesados, un pastor de Layo en el monte Citerón y que, después, él mismo se lo había ofrecido como regalo a Pólibo, que no tenía hijos.
Yocasta suplica al mensajero que no continúe su relato, pero Edipo, que sospecha que su esposa no quiere sentirse humillada por su presunto origen, quiere conocerlo, por humilde que pueda ser. Yocasta, presa de la desesperación, entra en el palacio.
El Coro vaticina el origen tebano de Edipo y su probable descendencia de un dios; llega el viejo pastor de Layo. El mensajero de Corinto lo reconoce. Edipo le pregunta si le entregó el niño en cuestión. El pastor lo confirma y añade que era uno de los vastagos de la familia de Layo y que se lo entregó la esposa de éste para que lo matara, por temor a funestos oráculos, ya que se decía que él mataría a su padre. Se lo había entregado a otro pastor, pensando que éste lo llevaría a otro país, lejos de Tebas.
Edipo, angustiado, entra en palacio. El Coro lamenta su aciago destino. Sale del palacio un mensajero y anuncia que Yocasta se ha suicidado y que Edipo se ha arrancado los ojos:
"(Edipo) desata la soga que cuelga y el pobre cuerpo (de Yocasta) cae al suelo... Espectáculo horrible... (Edipo) arranca las fíbulas de oro que servían para ajustar sus vestidos sobre ella, las levanta en el aire y se pone a golpear con ellas sus dos ojos..., mientras decía cosas como éstas: 'así no verán ni el mal que yo he sufrido, ni el que he causado; así, las tinieblas les impedirán ver lo que yo no he debido ver y conocer a los que, a pesar de todo, yo hubiera querido conocer'... Está gritando,... profiriendo expresiones impías... Habla como un hombre que se dispone a exiliarse él mismo del país, que no puede seguir viviendo aquí, puesto que es víctima de su propia maldición. Sin embargo, necesita el apoyo de otra persona, necesita un guía. El golpe que le ha herido es demasiado duro, para que él pueda soportarlo..."
Sale a escena Edipo, que suplica al Coro que lo destierren del país o lo maten: "Sacadme cuanto antes de este país. Sacad, amigos míos, al azote execrable, al maldito ente los malditos, al hombre que, entre los mortales, es el más aborrecido por los dioses... ¡Maldito sea... el hombre que me recogió sobre la hierba de un pastizal..., me salvó de la muerte y me devolvió a la vida...! No me hizo favor alguno... Si yo hubiera muerto entonces, no me habría convertido en el sufrimiento que soy ahora para mí y para los míos... No habría sido yo el asesino de mi propio padre ni... el esposo de la que me dio a luz... ¡Si existe una desgracia aún mayor que la desgracia misma, esa le ha tocado en suerte a Edipo!"
El corifeo le dice: "Sería preferible que ya no existieras a vivir ciego".
Edipo le contesta: "Si yo viese aún, ¿con qué ojos, al descender al Hades, habría podido mirar a mi padre y a mi desventurada madre, puesto que con respecto a ambos he cometido acciones más atroces que las que se pagan con la horca?".
Llega Creonte y asegura que no ha venido a burlarse de Edipo ni a echarle en cara ninguno de los ultrajes que de él ha recibido últimamente.
Edipo le suplica: "A ti te dirijo mis ruegos postreros. A la que está allí, al fondo de este palacio, hónrala con los funerales que consideres más oportunos... En cuanto a mí, que jamás esta ciudad, la ciudad de mis padres, me permita residir en ella, mientras yo esté aún vivo. Déjame más bien vivir en las montañas, en el Citerón, que me está destinado por la suerte. Mi padre y mi madre, cuando vivían, lo habían designado para que me sirviera de tumba... Por mis hijos varones no te preocupes... Son hombres y, dondequiera que estén, no les faltará el pan... Pero a mis pobres e infortunadas hijas..., cuídamelas, te lo suplico... No permitas que las que son de tu familia vaguen mendigando, sin esposos; no las iguales a mí en la desgracia".
El corifeo pone fin a la obra con estas palabras: "Ciudadanos de Tebas,... Aquí tenéis a Edipo, el hombre que descifró los famosos enigmas, el más poderoso de los humanos. Nadie en su ciudad podía contemplar sin envidia su destino... Y hoy... ¡en qué abismo de espantosa miseria se ha precipitado! Para juzgar a un mortal, es preciso tener siempre en cuenta el último día de su existencia. No debemos jamás considerar feliz a un hombre, hasta que haya franqueado el límite de su vida sin haber sufrido dolor alguno".
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Aristóteles consideraba la tragedia Edipo Rey la obra maestra de Sófocles, modelo de composición trágica.
Su prólogo es un eco de la peste que estalló en Atenas, durante la guerra del Peloponeso, el año 430 a.C. La obra se representó probablemente en el 429.
En el ánimo de su protagonista podemos ver las pasiones más notables que anidan en el corazón humano. Edipo es un prototipo del héroe inteligente y portador de carisma y autoridad. A él recurre su pueblo, como a un auténtico semidiós, pidiéndole socorro contra la peste que arrasa la ciudad de Tebas. Pero, al mismo tiempo, encarna la fragilidad de la felicidad humana, el símbolo de que hasta el fin nadie es dichoso.
En efecto, Edipo es capaz de descifrar el enigma de la Esfinge, liberando con ello a Tebas del miedo a tan nefasto monstruo. Pero su propia inteligencia y su propio poder le conducen a su ruina. Edipo, el astuto, el experto, no ve ni sabe nada de cuanto rige sus pasos por la vida. Es el destino la fuerza inexorable la que lo arrastra, la que lo induce a cometer sus faltas y la que lo castiga por haberlas cometido, valiéndose de los dioses como instrumento.
¿Es libre el hombre o son los dioses o alguna otra necesidad los que guían las cosas humanas? He aquí la eterna cuestión.
Ahora bien, Sófocles contempla tal cuestión sólo desde el punto de vista de la realización de la misma. Su Edipo es un hombre cuyo espíritu es sacudido por el vendaval de todas las contradicciones. Su ceguera final es una metáfora y, al mismo tiempo, una realidad. Se sume en la abyección y la miseria más abominables, para después purificarse hasta provocar hacia él una compasión inmensa. Sófocles lo convierte en protagonista de los más execrables delitos, para después compadecerlo en su tremenda desolación.
La obra es, esencialmente, un "drama de revelación". Su acción está presidida, del principio al fin, por Apolo, dios de la verdad, que debe prevalecer sobre la mera apariencia.
El parricida, el incestuoso rey de Tebas, Edipo, ha impurificado a todo su pueblo, sobre el que se abate, asoladora, la peste, cuya erradicación exige el castigo y purificación del culpable.
Cuando éste, empeñado en aclarar la verdad, conoce su verdadera personalidad, se considera responsable de tamaño desastre y comprende la ineludible necesidad de su propia purificación por los horrendos crímenes que, sin pretenderlo, ha cometido. Su grandeza de ánimo le lleva a privarse de la vista y a desterrarse de su reino.