Αἴας / Áyax

La acción tiene lugar en el campamento de los aqueos, durante la guerra de Troya.

Suicidio de ÁyaxCuando Odiseo se halla examinando, ante la tienda de Áyax, unas huellas en la arena, se le aparece Atenea, a la que Odiseo cuenta las atrocidades que, en un rapto de locura, acaba de cometer Áyax: "Esta noche misma ha perpetrado contra nosotros una fechoría increíble... Acabamos de descubrir que una mano humana ha dado muerte a todas las reses del botín y a los hombres que las guardaban. Todos acusan a Áyax de esta matanza. Un testigo presencial lo ha visto... con la espada teñida aún de sangre fresca... Me lancé enseguida sobre la pista de este hombre... ¿Qué motivo ha podido desencadenar esta vio­lencia tan insensata?".

Atenea le contesta: "Es el profundo resentimiento... por haberle negado las armas de Aquiles... (Al degollar a las bestias) creía que manchaba sus manos con vuestra sangre... Habría acabado con los argivos, si yo no hubiera velado (por ellos)... Lo dirigí contra vuestros rebaños, hacia el botín aún no repartido, guardado por vuestros pastores. Se lanzó contra ellos y causó una gran carnicería... entre los animales... Unas veces creía que ante él tenía a los dos Atridas y que los mataba con su propia mano; otras, se imaginaba que atacaba a cualquier otro de los caudillos aqueos..."

Áyax, con un látigo ensangrentado en su diestra, sale de su tienda y, aludiendo a los Atridas, le dice a Atenea: "¡Que vengan, pues, ahora a quitarme mis armas!".

El Coro entona un canto lírico sobre los rumores que corren acerca de Áyax.

Tecmesa expresa al corifeo sus temores sobre la salud mental de Áyax y relata lo sucedido: "Ahora el terrible, el gigantesco, el fiero Áyax yace, tendido en el suelo, víctima de una violenta convulsión,... presa de una crisis de locura... Nuestro noble Áyax ha quedado deshonrado esta noche. Puedes ver, dentro de su tienda, muchas víctimas ensangrentadas, sacrificadas por su mano: él es el autor de tal hecatombe... En este momento Áyax ha recobrado la razón, mas sólo para ser presa de un nuevo tormento: contemplar el mal que ha causado... Tras haber vuelto en sí de su locura, ya curado, es víctima de un terrible abatimiento... Sufre dos males en lugar de uno... Nos hallábamos en el corazón de la noche... De pronto Áyax coge su espada de doble filo; le entraron ganas de partir para una guerra sin fin... Se fue solo... No puedo decir qué ha sucedido allá... pero volvió... con un botín de toros, de perros de pastor... de... A los unos les cortó la cabeza; a los otros,... los degolló...; ... De repente,... se dirige a una sombra y profiere una serie de invectivas contra los hijos de Atreo; después, lo mismo contra Odiseo, acompañándolo todo de sonoras carcajadas...; después,... poco a poco,... va recobrando su razón y..., al ver el desastre que llena su tienda, lanza un grito terrible,... se arranca los cabellos... Queda allí durante mucho tiempo, abatido, mudo. Luego,... me amenaza con los más espantosos castigos, si divulgo todo lo que le ha sucedido... Estalla en prolongados sollozos... Allí está ahora, abrumado por su infortunio, sin comer ni beber, inmóvil, postrado, en medio de los animales muertos por su espada. Es evidente que está maquinando alguna desgracia..."

Áyax se lamenta amargamente y anuncia que ha decidido darse la muerte. El coro y Tecmesa tratan de disuadirle. Ésta le dice: "Si tal es tu deseo, desea también que yo muera contigo, porque, ¿para qué voy a vivir yo, si tú estás muerto?"

A lo que replica Áyax: "Tras haber conquistado por su bravura el primer puesto en el ejército, mi padre regresó a su patria, desde esta tierra del Ida, trayendo a su casa una gloria sin mancha. En cambio, yo, su hijo,... muero aquí deshonrado por los argivos... Si Aquiles, en vida, hubiera adjudicado sus armas, como premio al heroísmo, habría sido yo, sólo yo, quien las hubiera tenido en mis manos. Pero los Atridas, con sus intrigas, se las han entregado a un tipo indeseable, sin tener en cuenta mis valerosas hazañas... Ha sido preciso que la propia hija de Zeus, la... diosa indomable, en el preciso momento en que yo levantaba mi brazo contra ellos, me haya hecho fracasar, infundiendo en mi corazón un rapto de locura, por cuya culpa debo de haber teñido mis manos en la sangre de estos animales, mientras se ríen de mí los que se han librado de mis iras... ¿Qué aspecto voy a mostrar el día en que me presente ante Telamón, mi padre?... Hay que vivir con honor o morir con honor. He aquí la norma para quien ha nacido de sangre noble".

Tecmesa insiste con nuevos argumentos: "Por favor,... líbrame de las palabras crueles que tendría yo que oir de boca de tus enemigos, si tú me dejaras sometida al yugo de otro. Porque, el día que tú mueras o, quitándote la vida, me hayas abandonado, puedes estar seguro de que, arrebatada a la fuerza por alguno de los argivos, yo seré, lo mismo que tu hijo, condenada a comer el amargo pan de la esclavitud. Y alguno de mis amos, con palabras hirientes, me lanzará este dardo mordaz: 'Ved qué servidumbre soporta la compañera de Áyax, el héroe más valeroso del ejército...' Escucha la voz del honor, que te prohibe abandonar a tu padre en la penosa vejez y a tu madre, cargada de años... Apiádate también de tu hijo... ¿Es que quieres que, privado de los cuidados que requiere su niñez, viva sin ti, completamente solo, bajo tutores que no serían nada para él?"

Impresionado por tales razones, Áyax pide que traigan a su hijo a su presencia: "Tráeme, entonces, a mi hijo, para que yo lo vea... Déjame hablarle y tenerlo ante mis ojos... Dámelo... No se asustará al ver esta carnicería, si es que verdaderamente es hijo mío, si tiene algo de su padre... ¡Hijo mío, ojalá seas más feliz que tu padre!..."

Al ver a su hijo, se conmueve: "Me he enternecido... al escuchar a esta mujer. La piedad me impide dejarla viuda, a merced de mis enemigos y dejar huérfano a mi hijo".

El Coro celebra la nueva disposición de ánimo de Áyax: "No hay nada que no borre el tiempo omnipotente y, por mi parte, yo no diré que exis­te algo imposible, desde el momento en que Áyax,... contra todo lo que podía esperarse, ... ha renunciado a su colera contra los Atridas..."

Un mensajero de Teucro, medio hermano de Áyax, cuenta cómo ha sido aquél recibido en el campamento aqueo: "Le llaman el hermano del loco, del que es el enemigo solapado del ejército y le ase­guran que no se librará de morir destrozado a pedradas... Del círculo de los conseje­ros reales sólo se levantó Calcas... y, poniendo su mano amigablemente en el brazo derecho de Teucro, le ha dicho, le ha aconsejado que encierre, a toda costa, a Áyax en su tienda, durante todo el día, y que no le deje salir, si quiere volver a verlo vivo. Según él, la cólera de la divina Atenea lo perseguirá durante sólo este día..."

Sus palabras renuevan el temor de Tecmesa y del Coro, que sale en busca de Áyax.

Éste, en un monólogo, ante la muerte, dirige a Zeus y a otras divinidades esta plegaria: "¡Oh Zeus! Eres tú, como es justo, el primero a quien pido socorro. Hazme el favor de enviarle a Teucro un mensajero, que le lleve la triste noticia, a fin de que sea él el primero que levante mi cuerpo traspasado por esta espada... No sea que mis enemigos lo vean antes que él y lo arrojen a los perros o a las aves de presa... Invoco a Kermes Infernal, guía de los muertos... Que él me duerma dulcemente... E invoco también, para que me asistan, a las Vírgenes eternas..., a las severas y rápidas Erinias... Que ellas sepan cómo sucumbo, mísero de mí, bajo los hijos de Atreo y... les hagan perecer miserablemente... ¡Vamos, Erinias! Venid al festín y no perdonéis a su pueblo...".

El Coro, dividido en dos semicoros, regresa sin haber logrado encontrar a Áyax. Hay un diálogo lírico entre el Coro y Tecmesa. Ésta ha descubierto el cadáver de Áyax y estalla en lúgubres lamentaciones: "Aquí, en tierra, yace Áyax, bañado en su propia sangre, aún humeante, traspasado por la espada que nos oculta su cuerpo..."

Al presenciar el triste espectáculo del muerto, Teucro lamenta la horrible suerte que puede correr el hijo de Áyax: "¿Y su hijo? ¿Qué ha sido de él? ¿En qué lugar de la Tróade se halla?... (Se dirige al corifeo) ¿Es que no vas a traérnoslo cuanto antes aquí, no sea que alguno de núestros enemigos nos lo arrebate, como si fuera un cachorro de leona viuda?"

Llega Menelao, acompañado de su séquito, e intenta impedir que Teucro entierre a Ayax: "¡Te prohibo que entierres ese cadáver con tus manos; déjalo donde está!... Hemos descubierto que este hombre era un enemigo aún peor que los frigios. ¿No ha maquinado la destrucción de todo el ejército? ¿No ha emprendido, en plena noche, la guerra contra nosotros, para destruirnos con su espada? Y, si una diosa no hubiera sofocado su intento, nosotros habríamos sufrido, muriendo, la suerte que ha sufrido él mismo y ahora yaceríamos en tierra, abatidos en una muerte ignominiosa, mientras él viviría aún... Pero felizmente el cielo ha desviado su loca insolencia sobre nuestros carneros y nuestros bueyes. Por esta razón, no existe hoy un hombre tan poderoso, que entierre... su cuerpo; por ello, arrojado sobre la ... arena, su cadáver va a servir de pasto a las aves de la ribera... Si no reinase el temor en un Estado, jamás se cumplirían las leyes... Sin una defensa, basada en el temor y el respeto, nunca podría ser guiado con disciplina un ejército... El país donde cualquiera puede desplegar su insolencia y hacer cuanto le venga en gana, acaba por hundirse, aunque soplen para él vientos favorables..."

El corifeo le contesta: "Menelao, no empieces exponiendo sabios principios, para no mostrar, acto seguido, más que insolencia con los muertos".

Teucro muestra su desprecio a Menelao, con quien entabla una violenta disputa: "Tú has llegado aquí, sólo como rey de Esparta y no como soberano de todos nosotros... Has partido a las órdenes de otro, no como jefe supremo de todos y nunca has tenido derecho a mandar sobre Áyax... Pienso darle una tumba, la que se merece, y tus palabras no me asustan. Porque él no partió para la guerra por culpa de tu mujer..., sino por ser fiel a los juramentos prestados. Y no lo hizo... por ti, ya que él no tenía en cuenta a los que no pintan nada".

Al entrar en escena Tecmesa con su hijo, Teucro exclama:
"He aquí que, en el momento oportuno, se acercan el hijo y la mujer de este hombre, para cuidarse de dar sepultura a este desventurado muerto".

El Coro lamenta los desastres de la guerra y el funesto destino de Áyax.

Teucro y Agamenón se enzarzan en otro violento altercado; el primero recuerda las hazañas de Áyax y la ingratitud de los Atridas.

Se presenta en escena Odiseo, a quien Agamenón informa de la ofensa de que Teucro le ha hecho objeto: "Ha declarado que no permitirá que este muerto sea privado de sepultura y pretende enterrarlo contra mi voluntad".

Odiseo interviene en favor de Áyax: "Escúchame. No te atrevas, por los dioses, a dejar así, de modo despiadado, insepulto, a este hombre. No permitas que triunfe sobre ti la violencia y que el odio te lleve a pisotear la justicia. También para mí era el peor enemigo que yo tenía en todo el ejército, desde el momento en que me convertí en dueño de las armas de Aquiles... Pero no podría negar que en él he visto al más valiente de entre nosotros..., salvo Aquiles. Sería una iniquidad infligirle una afrenta. Sería un atentado contra las leyes divinas, más que contra él. No hay derecho a maltratar a un valiente, una vez muerto, aunque haya sido objeto de nuestro odio más visceral... Sí, yo le odiaba, pero cuando mi deber era odiarlo... Era mi enemigo, desde luego, pero era también un héroe... Su mérito prevalece en mí sobre el odio..."

El corifeo elogia la actitud generosa de Odiseo: "Quien no reconozca que tú, Odiseo, al comportarte así, tienes el espíritu de un sabio, no es más que un necio".

Con la respuesta de Odiseo termina la obra: "Y ahora... estoy dispuesto a ayudar a Teucro a sepultar al muerto... y a no escatimar esfuerzo alguno que se deba hacer para honrar a un valiente".

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Drama de argumento troyano, en el que aparecen varios héroes homéricos: Áyax Telamón, Odiseo, Agamenón y Menelao.

Ya en la Etiópida y en La pequeña Ilíada se trata de la muerte de este Áyax (el otro es Áyax Oileo), héroe glorioso y esforzado, temido por los hombres y engañado por los dioses.

Al morir Aquiles, Áyax Telamón reivindica el honor de heredar las armas de este héroe. En un concurso de méritos, los griegos se las adjudican a Odiseo, por haber prestado con su astucia servicios más eficaces en la guerra de Troya. La reacción de Áyax, ante lo que considera un agravio personal y el colmo de la injusticia, constituye el tema de esta tragedia, cuya acción comprende dos partes bien diferenciadas; la primera culmina con el suicidio del héroe; la segunda se inicia con la llegada de Teucro y comprende su agria disputa con Menelao y su altercado posterior con Agamenón, los dos Atridas, que tratan de impedir la sepultura del héroe, conflicto que se repite en Antígona, entre ésta y el tirano Créente, que intenta hacer lo mismo con los restos de Polinices. Odiseo, cuya magnanimidad está ya preparada en el prólogo de la obra, consigue de los Atridas que éstos consientan la digna sepultura de su rival. Este rasgo de humanidad contrasta con la dureza de Atenea.

Destaca en esta obra el estudio psicológico de sus personajes, cuya conducta no está predeterminada por el destino, como la de los de Esquilo. Áyax se muestra valiente, pero irreflexivo; Odiseo es un hombre prudente, que rehusa correr riesgos inútiles; Tecmesa, una de las primeras amantes llenas de ternura que aparecen en el teatro, llega a amar a Áyax, a quien ha sido asignada como botín de guerra en el reparto de prisioneras; Agamenón y Menelao aparecen como dos individuos mezquinos, carentes de la majestad propia de los héroes homéricos.

Según Harmann, Sófocles ha considerado la naturaleza humana, de la poesía, y especialmente del arte dramático, desde un punto de vista más filosófico que Eurípides.

En la literatura latina el tema reaparece en las tragedias compuestas por Livio Andrónico, Ennio, Pacuvio, Accio y Séneca.

En su tragedia Aiace (representada en Milán, en 1811), Ugo Foseólo pinta el contraste entre un espíritu libre y la ambición de un señor absoluto. Áyax lucha por Grecia, patria común, contra la ambiciosa tiranía de Agamenón, que aspira a domi­nar todo el país. En esta tragedia se creyó ver una tendencia antinapoleónica y reconocer en Áyax al general Moreau y en Ulises al ministro Fouché.

El año 1933, André Gide publicó un fragmento dramático titulado Ayax(Ajax), en el que trata de rehabilitar la figura del astuto Ulises.

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