Ἀντιγόνη / Antígona
Estrenada el año 442 a. C.
Los hijos de Edipo, Etéocles y Polinices, se han dado mutuamente la muerte, en feroz lucha fratricida por el trono de Tebas. Se han retirado los argivos que atacaban la ciudad. Al amanecer del día siguiente, Antígona, hija de Edipo, comunica a su hermana Ismene la orden de Creonte, el nuevo rey de Tebas, de prohibir que se sepulte a Polinices: "Para sus funerales, Creonte ha hecho una discriminación entre nuestros dos hermanos: al uno lo ha considerado digno del honor de una tumba; al otro, indigno de ella... En cuanto a Polinices... se ha prohibido... a los ciudadanos que den a su cadáver sepultura y lamentos: se le abandonará en las afueras, sin lágrimas ni enterramiento, como opípara ofrenda a las aves de presa... Se me asegura que Creón nos ha prohibido, tanto a ti como a mí, enterrarlo y que él mismo vendría a proclamar tal prohibición, para informar a los que aún la ignoran... Se ha decretado que sea reo de muerte por lapidación todo aquel que haga algo de esto".
Añade Antígona que ella está dispuesta a desobedecer la orden de Creonte y a enterrar a su hermano. Solicita la colaboración de Ismene y, ante la negativa de ésta, que trata de disuadirla de su intento, declara que actuará por su cuenta y riesgo: "Yo le enterraré. Hermoso será morir haciéndolo".
Ismene trata de justificar su actitud: "Me es imposible obrar en contra de los ciudadanos".
El Coro, que ignora por qué lo ha convocado Creonte, saluda al nuevo día, expresa su alegría por la retirada de los argivos y recuerda la traición de Polinices, que ha puesto en peligro a su propia patria.
Creonte, que ocupa el trono de Tebas tras la muerte de Etéocles, enumera al Coro las obligaciones inherentes a su condición de rey de la ciudad y anuncia las disposiciones que ha ordenado proclamar respecto a los dos hijos de Edipo, que han muerto en duelo personal: "El que, llamado a conducir un Estado, no obra siempre de acuerdo con las mejores decisiones, sino que mantiene su boca cerrada, por miedo a lo que pueda suceder, es, a mi juicio, el más miserable de los hombres. Y el que piensa que se puede estimar a cualquiera más que a su propia patria, en mi
opinión, no es digno de nada... Yo no puedo tener por amigo mío a un enemigo de mi país... He aquí los principios sobre los que pretendo basar la grandeza de Tebas. Para ser fiel a estos principios, en lo que respecta a los hijos de Edipo, he proclamado esto. Etéocles ha caído defendiendo su ciudad, tras haberse cubierto de gloria en la batalla. Por esta razón se le dará sepultura... y se cumplirán todos los ritos que deben acompañar a un héroe... A su hermano, en cambio, a Polinices, que ha vuelto del destierro sólo para incendiar y arrasar el país de sus padres y aniquilar a los dioses de su raza... he prohibido oficialmente que se le conceda una tumba y se le dediquen cantos de duelo. Ordeno que se le deje sin sepultura; que su cadáver sea pasto y juguete de las aves de presa o de los perros..."
El Coro declara que, aunque no las aprueba, acata las órdenes de su rey. Un guardián anuncia a Creonte: "Alguien acaba de dar sepultura al cadáver que tú sabes. Después de haberlo cubierto de fino polvo y de haber practicado todos los ritos requeridos, se ha ido... (Y, aludiendo a Antígona) Se pudo ver a la muchacha. Lanzaba los gritos penetrantes del ave desolada al ver el nido vacío, de donde faltan sus polluelos. Así, al ver el cadáver tan despojado, estalló en gemidos y lanzó tremendas maldiciones contra los autores de tan abominable acción. Después, sin demora, con sus propias manos transporta seco polvo y de un vaso de bronce... esparce sobre el cuerpo el homenaje de una libación triple... Nos hemos apoderado de ella..."
El Coro entona un canto al ser humano, el más admirable de la creación, dueño de todo pero inerme ante la muerte. Será feliz, si observa las leyes divinas y humanas y desgraciado en caso contrario. Reconoce, asombrado, a Antígona, que es conducida ante Creonte. Éste la interroga y ella reconoce y justifica su acción: "No fue Zeus quien ordenó proclamar estos decretos tuyos. Tampoco fue la diosa Justicia, sentada junto a los dioses infernales, la que fijó tales leyes para los hombres. No pensaba yo que tus proclamas fueran tan poderosas, que permitieran a un mortal transgredir otras leyes, las leyes no escritas, inquebrantables, de los dioses. Estas leyes no son de ayer ni de hoy. Nadie sabe de dónde han surgido. ¿Podía yo, pues, por temor a un mortal, exponerme a que los dioses me castigaran por incumplirlas?... Morir antes de tiempo... es para mí un gran premio: cuando se vive, como yo, en medio de desgracias sin cuento, ¿cómo no encontrar provecho en la muerte?... Me tienes en tus manos: ¿quieres de mí algo más que mi muerte?... ¿Podía alcanzar yo más noble gloria que la de haber dado sepultura a mi propio hermano? Estoy segura de que todos estos que estás viendo lo aprobarían también, si el miedo no les hiciera mantener cerrada su boca. Pero, entre otras muchas ventajas, la tiranía tiene el derecho de decir y de hacer todo cuanto le venga en gana".
Cuando Creonte condena a muerte a Antígona, Ismene quiere compartir su suerte: "¡Hermana, no me prives del derecho a morir contigo y de honrar debidamente al muerto!".
Creonte ordena que ambas hermanas sean apresadas y justifica así su decisión: "Si debo tolerar el desorden en mi casa, entre los que yo alimento, ¿qué sucederá... fuera de ella? El hombre que se comporta como debe con los suyos, se mostrará... como el que le hace falta a su ciudad... Al que ésta ha designado como jefe se le debe obedecer también en los pequeños detalles, tanto en lo que es justo, como en lo que no lo es... No hay plaga peor que la anarquía. Ella arruina los Estados, destruye las casas y, en el día del combate, rompe el frente común de los aliados y provoca las derrotas... Es la disciplina la que salva gran número de vidas... He aquí por qué conviene sostener las medidas adoptadas para mantener el orden y no ceder jamás, a ningún precio, ante una mujer..."
El Coro reflexiona sobre el funesto destino de los Labdácidas y la fuerza del destino en la vida de los hombres. Las dos hermanas, única esperanza de la familia han sido condenadas a muerte. Anuncia la llegada de Hemón, hijo de Creonte y enamorado de Antígona, a favor de la cual trata de interceder ante su padre: "Tu rostro llena de pavor al simple ciudadano y éste lo manifiesta en conversaciones que no te gustaría oir. Pero yo, en la sombra, puedo escucharlas y oigo gemir a Tebas entera por la suerte de esta joven. Dicen los tebanos que, entre todas las mujeres, es ella, sin duda alguna, la que menos merece morir de modo tan ignominioso, por unos actos que constituyen su gloria: no ha consentido que su propio hermano, caído en sangriento combate, sea arrojado fuera, sin sepultura, destinado a ser presa de aves rapaces y de voraces perros".
A pesar de los ruegos de su hijo, portador de la opinión pública, Creonte ordena que Antígona sea encerrada en una prisión excavada en la roca.
El Coro entona un canto al amor y compadece a Antígona, que se encamina, serena, hacia la muerte. Dos esclavos la conducen a la prisión que va a ser su tumba. El Coro compara su triste suerte con la de Níobe y recuerda las desgracias de esta familia, condenada a su extinción por el oráculo. Después, intenta consolarla, pero insinúa que ella misma se ha labrado su propia ruina. Aparece Creonte y ordena que sus órdenes se cumplan sin dilación.
El Coro canta que otras tres personas de sangre real han sufrido el mismo destino del encierro: Dánae, Licurgo y Cleopatra, ejemplos claros de que ningún mortal puede vencer a su destino.
El adivino Tiresias comunica a Creonte los signos evidentes de la cólera divina y le aconseja que ordene sepultar a Polinices y liberar a Antígona: "Este mal que agobia a Tebas es fruto de tu decisión, pues todos nuestros altares, tanto los públicos como los privados, han quedado igualmente contaminados por el pasto ofrecido a las aves de presa y a los perros, por esta carne del desdichado hijo de Edipo, muerto en combate. Por esta razón, ni los dioses aceptan ya las súplicas que les dirigimos en nuestros sacrificios... ni los pájaros dejan oir su canto y aleteo propicios, porque se han atracado de la grasa sanguinolenta del héroe muerto. Piensa en esto, hijo mío. Es propio de hombres el equivocarse, pero, una vez cometido el error, cesa de ser un hombre irreflexivo, un desdichado, quien sabe poner remedio al mal en que ha incurrido y no se muestra inflexible. La terquedad, en cambio, se convierte en insensatez. Haz, pues, una concesión al muerto y no te ensañes más contra quien ya nada es".
Creonte acusa a Tiresias de participar en una conspiración contra él, pero acaba cediendo: "He tomado una decisión. Soy yo quien la ha encerrado en la prisión; seré yo también el que la va a liberar. Me temo que no sea lo mejor para el hombre cumplir hasta el último día de su vida las leyes establecidas".
El Coro, en un alegre canto, invoca la presencia de Dioniso, protector de Tebas. Viene a continuación el triste relato de las muertes de Antígona y Hemón: "En la tumba, al fondo, vimos a la joven... colgada por el cuello... y a Hemón, unido a ella, rodeándola por la cintura en apretado abrazo, llorando por la pérdida de su prometida, desde ahora en los infiernos por las funestas decisiones de su padre... Cuando lo vio, Creonte profirió un alarido espantoso. Entra, gime, lo llama... ¡Sal, hijo mío, te lo suplico de rodillas! Pero el infortunado joven, con ojos enfurecidos, lanza en torno suyo miradas perdidas. Su semblante delata su desesperación y, sin responder una sola palabra, desenvaina su espada de doble filo,... vuelve su furia contra sí mismo y se la clava hasta la mitad en su costado. Después... y antes de perder el conocimiento, estrecha a la muchacha en un lánguido abrazo y, con respiración jadeante, derrama un brusco chorro de gotas de sangre sobre su pálido semblante. Allí yace, en el suelo, un cadáver abrazado a otro cadáver, tras haber celebrado sus ritos nupciales en el reino de Hades y haber demostrado, a la vez, a los hombres que la irreflexión es, con mucho, la mayor de todas las desgracias que pueden abatirse sobre el ser humano".
Aparece en escena Creonte y muestra su tardío arrepentimiento, reconociendo que "la cordura es con mucho el primer paso de la felicidad".
Un mensajero le anuncia el suicidio de Eurídice, su esposa. Creonte, desesperado, abandona la escena, con lo que finaliza esta obra.
* * *
El carácter sombrío de esta obra y la moral elevada que de ella se desprende se han hecho proverbiales en la literatura. Los autores griegos extendieron a sus hijos el destino fatal de Edipo.
En Edipo en Colono, Antígona es la hija abnegada que acompaña a su padre en el destierro. Así la vemos también en Las Fenicias, de Eurípides. Más tarde, afronta serenamente la muerte por haber rendido honores fúnebres a su hermano. No es posible conocer la versión de Séneca, dados los escasos restos de su tragedia Las Fenicias. Algunas vanantes del tema aparecen en La Tebaida, de Estacio (80-92 d.C.), y en las Fábulas, de Higino (s.ll d.C.).
Antígona es la tragedia de Sófocles que ha tenido más éxito en la posteridad y ha dado lugar a las más variadas interpretaciones. Para la mayoría, su protagonista encarna el espíritu revolucionario capaz de enfrentarse con la tiranía del poder constituido. Hegel veía planteado en esta obra un conflicto entre el derecho del Estado, representado por Creonte, y el de la familia, defendido por Antígona. Kierkegaard vio en Antígona la novia de la muerte; busca abandonar la vida en la que está inmersa, porque se siente incompatible con ella. Algunos ven reflejada en Antígona la generosidad propia de la juventud, en pugna con la intransigencia de quienes, ya en su madurez, como Creonte, desempeñan cargos de responsabilidad y tratan de defender a ultranza el orden social contra la anarquía, a la que propende el individuo. Sin embargo, esa defensa, cuando traspasa los límites impuestos por el derecho divino, no está justificada por la utilidad política, ya que el fin no justifica los medios. Antígona se enfrenta con Creonte, porque considera que las leyes divinas, santas e inviolables, no pueden ser anuladas por las leyes humanas, por muy útiles que éstas puedan resultar para la comunidad.
La primera adaptación moderna de la Antígona de Sófocles es una versión libre de la misma, escrita el año 1533 por L. Alamanni.
En la Antígone, de I. de Rotrou (1580), Polinices, el protagonista, aparece como un cruel tirano y Etéocles como un héroe.
Entre las numerosas obras sobre el tema destaca La Tebaida o Los hermanos enemigos, de Hacine (1664), en donde Antígona, además de Hemón, tiene otro pretendiente, Creonte, que incita a los hermanos a luchar por el poder y se alegra de la muerte de su propio hijo Hemón, porque desea poseer a Antígona. Al morir ésta, se suicida. Alfieri compuso en 1783 dos dramas sobre el mismo tema. Antígone continúa la acción de Polinices; la protagonista, joven de voluntad heroica, ha visto a su padre Edipo, ciego y mendigo, marchar al destierro; ha presenciado la guerra fratricida entre sus dos hermanos y la horrible muerte de ambos en duelo personal. Ha visto también el suicidio de Yocasta, su madre. Como acto de piedad fraterna, asume, voluntariamente, la sepultura de Polinices, contraviniendo con ello las órdenes de Creonte. Tras cumplir lo que considera su obligación, que entraña un reto al tirano, afronta serenamente la muerte, que para ella significa la purificación de delitos ajenos y la liberación de lo que, a su juicio, es una culpa, es decir, el amor que siente por Hemón, el noble hijo de Creonte. Presa con Argias, la viuda de Polinices, que la ha ayudado a sepultar a éste, resiste los halagos y las amenazas del tirano, que le ofrece el perdón a cambio de la boda con su hijo. Se consuela al ver que Argias vuelve indemne con los suyos llevándose al hijito de Polinices. Muere a manos de los esbirros de Creonte y su querido Hemón se suicida, profiriendo horribles imprecaciones contra su padre Creonte.
En época más próxima a nosotros (1942), J. Anouilh vio en Antígona, que prefiere la muerte a una vida vulgar, la protesta del individuo, que fracasa ante las normas rígidas de la sociedad. En 1948, B. Brecht, en su Antígona-Modelo 48, nos presenta, en el Berlín de 1945, a dos hermanas; una de ellas quiere cortar la soga de la que pende de un árbol su hermano, ahorcado por desertor.
Además de obras como La Antígona de Chipre, drama de F. Lützkendorí (1957), y de La Antígona berlinesa, de R. Hochhuth (1964), ambientadas en el mundo actual, merece citarse la obra que J. Cocteau escribió, en 1922. Se trata de un escueto resumen de la Antígona de Sófocles, para el que A. Honegger compuso la música. Sobre el mismo asunto compuso una ópera C. Horff, en 1949.
Las obras de Sófocles anteriormente reseñadas nos muestran las variadas dotes del poeta, su afán por hallar novedades y la perfección de sus tragedias. En la literatura actual sus personajes más famosos, Edipo, Antígona, Creonte o Etéocles, siguen apareciendo con los mismos rasgos que les dio Sófocles.
Los hijos de Edipo, Etéocles y Polinices, se han dado mutuamente la muerte, en feroz lucha fratricida por el trono de Tebas. Se han retirado los argivos que atacaban la ciudad. Al amanecer del día siguiente, Antígona, hija de Edipo, comunica a su hermana Ismene la orden de Creonte, el nuevo rey de Tebas, de prohibir que se sepulte a Polinices: "Para sus funerales, Creonte ha hecho una discriminación entre nuestros dos hermanos: al uno lo ha considerado digno del honor de una tumba; al otro, indigno de ella... En cuanto a Polinices... se ha prohibido... a los ciudadanos que den a su cadáver sepultura y lamentos: se le abandonará en las afueras, sin lágrimas ni enterramiento, como opípara ofrenda a las aves de presa... Se me asegura que Creón nos ha prohibido, tanto a ti como a mí, enterrarlo y que él mismo vendría a proclamar tal prohibición, para informar a los que aún la ignoran... Se ha decretado que sea reo de muerte por lapidación todo aquel que haga algo de esto".
Añade Antígona que ella está dispuesta a desobedecer la orden de Creonte y a enterrar a su hermano. Solicita la colaboración de Ismene y, ante la negativa de ésta, que trata de disuadirla de su intento, declara que actuará por su cuenta y riesgo: "Yo le enterraré. Hermoso será morir haciéndolo".
opinión, no es digno de nada... Yo no puedo tener por amigo mío a un enemigo de mi país... He aquí los principios sobre los que pretendo basar la grandeza de Tebas. Para ser fiel a estos principios, en lo que respecta a los hijos de Edipo, he proclamado esto. Etéocles ha caído defendiendo su ciudad, tras haberse cubierto de gloria en la batalla. Por esta razón se le dará sepultura... y se cumplirán todos los ritos que deben acompañar a un héroe... A su hermano, en cambio, a Polinices, que ha vuelto del destierro sólo para incendiar y arrasar el país de sus padres y aniquilar a los dioses de su raza... he prohibido oficialmente que se le conceda una tumba y se le dediquen cantos de duelo. Ordeno que se le deje sin sepultura; que su cadáver sea pasto y juguete de las aves de presa o de los perros..."
El Coro, en un alegre canto, invoca la presencia de Dioniso, protector de Tebas. Viene a continuación el triste relato de las muertes de Antígona y Hemón: "En la tumba, al fondo, vimos a la joven... colgada por el cuello... y a Hemón, unido a ella, rodeándola por la cintura en apretado abrazo, llorando por la pérdida de su prometida, desde ahora en los infiernos por las funestas decisiones de su padre... Cuando lo vio, Creonte profirió un alarido espantoso. Entra, gime, lo llama... ¡Sal, hijo mío, te lo suplico de rodillas! Pero el infortunado joven, con ojos enfurecidos, lanza en torno suyo miradas perdidas. Su semblante delata su desesperación y, sin responder una sola palabra, desenvaina su espada de doble filo,... vuelve su furia contra sí mismo y se la clava hasta la mitad en su costado. Después... y antes de perder el conocimiento, estrecha a la muchacha en un lánguido abrazo y, con respiración jadeante, derrama un brusco chorro de gotas de sangre sobre su pálido semblante. Allí yace, en el suelo, un cadáver abrazado a otro cadáver, tras haber celebrado sus ritos nupciales en el reino de Hades y haber demostrado, a la vez, a los hombres que la irreflexión es, con mucho, la mayor de todas las desgracias que pueden abatirse sobre el ser humano".
Aparece en escena Creonte y muestra su tardío arrepentimiento, reconociendo que "la cordura es con mucho el primer paso de la felicidad".
Entre las numerosas obras sobre el tema destaca La Tebaida o Los hermanos enemigos, de Hacine (1664), en donde Antígona, además de Hemón, tiene otro pretendiente, Creonte, que incita a los hermanos a luchar por el poder y se alegra de la muerte de su propio hijo Hemón, porque desea poseer a Antígona. Al morir ésta, se suicida. Alfieri compuso en 1783 dos dramas sobre el mismo tema. Antígone continúa la acción de Polinices; la protagonista, joven de voluntad heroica, ha visto a su padre Edipo, ciego y mendigo, marchar al destierro; ha presenciado la guerra fratricida entre sus dos hermanos y la horrible muerte de ambos en duelo personal. Ha visto también el suicidio de Yocasta, su madre. Como acto de piedad fraterna, asume, voluntariamente, la sepultura de Polinices, contraviniendo con ello las órdenes de Creonte. Tras cumplir lo que considera su obligación, que entraña un reto al tirano, afronta serenamente la muerte, que para ella significa la purificación de delitos ajenos y la liberación de lo que, a su juicio, es una culpa, es decir, el amor que siente por Hemón, el noble hijo de Creonte. Presa con Argias, la viuda de Polinices, que la ha ayudado a sepultar a éste, resiste los halagos y las amenazas del tirano, que le ofrece el perdón a cambio de la boda con su hijo. Se consuela al ver que Argias vuelve indemne con los suyos llevándose al hijito de Polinices. Muere a manos de los esbirros de Creonte y su querido Hemón se suicida, profiriendo horribles imprecaciones contra su padre Creonte.