Πέρσαι / Los persas

Estrenada el año 472 a. C. Se trata de la única tragedia de todo el teatro griego cuyo tema es un hecho histórico contemporáneo, ya que la batalla de Salamina tuvo lugar el 480 a.C.

Los griegos creyeron que sus dioses les habían ayudado a conseguir esta inconcebible victoria contra un enemigo muy superior a ellos en naves. Esto le permitió a Esquilo elevar el tema a categoría religiosa y estimarlo digno de convertirse en objeto de una tragedia de aliento patriótico.

En ella no contempla los hechos desde el punto de vista del orgullo propio de los vencedores, sino desde el dolor y el abatimiento de los vencidos, víctimas de su hybris, de su desmedida soberbia. No se trata, pues, de un canto de victoria de los atenienses, sino de un treno o canto fúnebre de los persas, que lloran la catástrofe sufrida.

La acción transcurre en Susa. Los personajes son la reina Atosa (viuda del rey Darío), un mensajero, la sombra de Darío y Jerjes.

Entra en escena el coro, formado por ancianos persas, únicos hombres que no han participado en la expedición contra Grecia. Muestran su angustiosa espera de noticias. Preguntan si se sabe algo acerca del poderosísimo ejército que partió hace tiempo dispuesto a domeñar el mundo griego. ¿No habrá sido víctima de su hybris, del nefasto orgullo que lo llevó a rebasar los límites permitidos? ¿No habrá sucumbido bajo la cólera divina, bajo la vengadora Até?

He aquí sus palabras: "Aquí estamos los hombres que, entre los persas,... recibimos el nombre de Fieles, guardianes de este opulento palacio repleto de oro...".

"Sin duda el ejército real ha llegado ya a la ribera opuesta del continente vecino, tras haber cruzado el estrecho de Hele... sobre un puente formado por barcos unidos entre sí por cables de lino... como un yugo en el cuello del mar..".

"Conduce al ataque, contra héroes famosos por su lanza, un Ares que triunfa con el arco...". "¿Será vencedora el arma que dispara, el arco? ¿O tal vez ha vencido la fuerza de la lanza de punta de hierro?"

Llega la reina Atosa, madre de Jerjes. Ha venido a hacer libaciones propiciatorias y sus palabras, que expresan la misma angustiosa espera que invade al coro, sólo presagian desgracias: "Me paso las noches sumida en innumerables sueños, desde que mi hijo... partió para arrasar la tierra de Jonia; pero nunca hasta ahora tuve una visión tan clara como la que he tenido la noche pasada... Me pareció que dos mujeres, con rico atuendo, se ofrecían a mis ojos. La una, ataviada con vestidos persas; la otra, con vestiduras dóricas. Ambas sobrepasaban en belleza a las mujeres de hoy en día... Me parecía que las dos andaban preparando una discordia entre ellas y que mi hijo, enterado de ello, trataba de contenerlas y de apaciguarlas, tras lo cual, las unce a su carro y les pone los arneses sobre el cuello. Una se mostraba orgullosa de este atalaje y ofrecía una boca dócil a las riendas, mientras la otra se revolvía y con sus manos destrozó de pronto las correas del arnés que la uncía al carro; las arrancó a viva fuerza, quedó sin bridas y, por fin, partió en dos el yugo. Mi hijo cae... He aquí, en primer lugar, mis visiones nocturnas. Pero me levanto,... me acerco al altar para consagrar en él el pastel ritual a los dioses... Y entonces veo un águila que huye hasta el hogar que hay en el altar de Febo... Mas enseguida, ante mis ojos, volando desde lo alto del cielo, un halcón, con rápido aleteo, se arroja sobre ella y con sus garras se pone a desgarrarle su cabeza al águila, que no sabe hacer otra cosa que hacerse un ovillo, indefensa".

Prosigue la reina, refiriéndose a Atenas: "¿Se ve en sus manos la flecha que dispara el arco?".

El corifeo le contesta: "No, sino que arman sus brazos con espadas para el combate cuerpo a cuerpo y con escudos... No son esclavos ni súbditos de ningún hombre".

TrirremeLlega de Salamina un mensajero. Anuncia la derrota, dando detalles terroríficos de la espantosa catástrofe sufrida por la escuadra persa; resume la arenga dirigida a los enemigos:
"Adelante, hijos de los griegos, libertad a la patria, libertad a vuestros hijos, a vuestras mujeres, los santuarios de los dioses de vuestros padres y las tumbas de vuestros abuelos: ¡ésta es la lucha suprema!... Las naves chocan contra las naves... Un navío griego da la señal de abordaje... Las demás naves griegas atacaban... Los cascos de los barcos se iban volcando; todo el mar desaparecía de la vista bajo un montón de restos de naufragios y de cadáveres sangrantes de marinos; las riberas y los escollos se iban llenando de muertos. Las restantes naves bárbaras emprenden, a fuerza de remos, una huida desordenada, mientras los griegos, como si se tratase de atunes o de un copo de peces, golpeaban a sus enemigos, los machacaban, con los restos de remos o con los tablones rotos de los naufragios. Lamentos mezclados confusamente con gemidos reinaban sobre alta mar, hasta que vino a detenerlo todo el rostro sombrío de la noche...".

Describe después el episodio de Pritalea, isla en donde se habían situado los persas más valerosos para aniquilar a los griegos derrotados que allí se refugiaran. Allí hicieron los griegos gran matanza de persas. A continuación, la retirada desastrosa, que sembró de muertos todos los caminos: hambre, sed, frío, hombres ahogados al cruzar el Estrimón helado... Todo ello fruto de la venganza divina, como más tarde interpretará la sombra de Darío.

El Coro entona un canto a la libertad, por la que han combatido tan heroicamente los griegos contra el persa opresor: "Y, tras largo tiempo, sobre la tierra de Asia no se obedecerá ya a la ley de los persas; ya no se pagarán tributos al tirano exigente y nadie se pondrá de rodillas para recibir sus órdenes. Ya no existe el poder del Gran Rey. Ya no tienen los hombres la lengua amordazada. Un pueblo se ha liberado y habla con libertad, puesto que se ha desuncido del yugo impuesto por la fuerza...".

Darío IAparece en escena la sombra del rey Darío, invocada por Atosa. Interpreta la derrota y prevé la de Platea: "¡Él (Jerjes) ha concebido la esperanza de aherrojar con cadenas, como si fuera un esclavo, al sagrado, al fluyente Helesponto, al Bósforo, acuífera corriente de un dios! ¡Pretendía transformar un estrecho y... abrir un inmenso camino para su ejército inmenso! ¡Él, un simple mortal, ha creído, insensato, que podía imponer su dominio a todos los dioses concretamente a Poseidón! ¿Se puede dudar de que la locura ha invadido la mente de mi hijo?... Los griegos tienen, como aliada suya, a su propia tierra... que destruye, por medio del hambre, a las multitudes demasiado numerosas...".

Aludiendo a los restos del ejército persa que continúan en Grecia, prosigue la sombra de Darío: "El ejército que ha quedado en Grecia no conseguirá regresar incólume... Allí les esperan las más espantosas catástrofes, en castigo a su desmesura y a su orgullo sacrílego... Al llegar a la tierra griega, no sintieron pudor alguno en robar las sagradas estatuas de los dioses, ni en incendiar sus templos... Como han sido unos criminales, sufren ahora penas iguales a sus crímenes y aún les aguardan otras mayores... Tan abundante será la ofrenda de sangre vertida en tierra de Platea por la lanza doria... La soberbia, al madurar, produce la espiga de la pérdida del dominio de sí mismo y la cosecha que se recoge está hecha solo de lágrimas... Zeus castiga los pensamientos demasiado soberbios.".

Se desvanece la sombra de Darío, cuya noble figura se contrapone a la grotesca imagen del antes excelso y ahora derrotado Jerjes, superviviente del desastre.

La parte final de la obra es un lamento fúnebre por la desgracia y los caídos: lamentaciones, gritos, cabellos desgarrados, túnicas rasgadas, golpes de pecho,...

* * *

Ya se ha apuntado que, según Pausanias (I 14, 5), Esquilo luchó en Salamina, cuando ya contaba 45 años. Plutarco, en relación con los versos 341 y siguientes de Los Persas, subraya la exactitud de los datos que aporta Esquilo sobre el número de las naves persas, lo que le hace suponer que participó en la batalla. El poeta presenta, sin citarlos expresamente, a Arístides y a Temístocles, elogiando a ambos rivales.

Esquilo logró el primer premio con su trilogía, el año 472. Los Persas era la segunda obra de la misma, antes de Glauco Potnieo y después de Fineo. Es la más antigua de sus obras conservadas. Constituye un canto a la libertad, a Grecia ente­ra y, en especial a Atenas, que aparece como la auténtica artífice de la victoria que defendió a Occidente frente al imperialismo de Persia. Así lo afirma también Heródoto.